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Nuestra generación del 45

Martes 17 de noviembre de 2009 • 03:14
PARA LA NACION
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No pretendemos compararnos con la generación del 80, pero nosotros, los que nacimos cerca de 1945, mientras el coronel Perón era liberado de su cautiverio en la isla Martín García, merecemos el rótulo de Generación del 45, no por nuestros méritos, sino porque hemos atravesado una serie de cambios en cascada que no son comunes en la historia.

Nosotros, siendo niños, hemos jugado a la canasta con nuestras tías y abuelas. Los hombres morían mucho antes, más que ahora, y había multitud de tías horneando scons, visitando las casas, cuidando los enfermos, tejiendo y escuchando la radio. Los Pérez García, claro. Nosotros escuchábamos Tarzán, por Splendid, a las 16, con César Llanos y Oscar Rovito.

Nunca tuvimos la menor noticia de algo llamado sexo. Había rumores, pero aparentemente estaban vinculados con un asunto turbio y confuso.

Recuerdo que, teniendo 8 años, por las calles de Ramos Mejía, mi amigo Marcelito y yo encontramos un preservativo tirado en la alcantarilla. Era la hora de la siesta, un domingo de enero, y nadie circulaba por esas calles de Dios. Lo recogimos y recorrimos varias cuadras haciendo conjeturas sobre la posible función de semejante adminículo.

Marcelito, que lo sostenía intrigado entre el índice y el pulgar, llegó a una conclusión sensata:

- Debe ser un filtro de Obras Sanitarias que se escapó, anoche, por las bocas de tormenta.

Un viejo que pasaba por ahí nos sacó de nuestra conversación:

- ¡Mocosos de miércoles, tiren esa porquería!

Obedecimos de inmediato. En aquel tiempo, cualquier persona mayor podía reprendernos, gritarnos y darnos órdenes.

Corría el año 1954. Nuestros padres hablaban de Perón, del jefe de la oposición radical Ricardo Balbín, y de los rumores sobre una revolución: todavía no nos imaginábamos la seguidilla de golpes militares que venían.

Estábamos en primer año cuando llegó el gobierno de Arturo Frondizi. La gran polémica del momento era: "laica" o "libre". O sea: educación sarmientina estatal o enseñanza privada, con sesgo católico o británico. En general, los chicos de misa dominical escribían "libre" en los boletos de tren y en los marcos de las puertas. Los que éramos ateos o librepensadores, grabábamos, con el cortaplumas, la palabra "laica" en aquellos pesados marcos barnizados de las ventanillas del Ferrocarril Sarmiento, torturando cruelmente la fabricación de sello inglés.

Cuando tuve cierta edad, mi padre me regaló un rifle de aire comprimido marca Churrinche. Los balines, que venían en cajas de 100, se compraban en la librería-juguetería de la esquina y tenían la forma de una semiesfera hueca, de plomo, con un diámetro de 1 milímetro. También vendían unos cartones marcados para tirar al blanco, pero nuestra pasión era disparar a los pajaritos del jardín. Así logré abatir a una "ratucha", una torcaza y un gorrión. Viendo que sólo había matado a unos pobres pájaros, abandoné el triste pasatiempo. Otros chicos, de mejor fortuna, eran obsequiados con un rifle similar, pero importado, de marca Diana, supongo que en homenaje a Diana Cazadora.

Jugábamos a la pelota de dos de la tarde a ocho de la noche. Seis horas diarias. Y era poco, porque también nos esperaban las bolitas, con el "hoyo antes de quema", la "brasilera" y "el triángulo". Nuestro máximo lujo era masticar un chicle globo americano marca Dubble-Bubble, que algún viajero traía del Norte, y luego lo pasábamos de boca en boca. Nuestros mayores nos llevaron de la mano a los grandes estadios de fútbol, donde los resultados de las otras canchas podían leerse en la cartelera del Alumni. Incluso llegamos a conocer el Hipódromo, jugando algunos boletitos tras leer La Fija y la Palermo Rosa.

Vivíamos encerrados en una burbuja que luego se pinchó: el mundo de los niños. Mucho mejor que Disneylandia. Entre paréntesis: todavía no se había inventado Disneyworld, y casi nadie viajaba al extranjero. Pocos tenían auto. Vimos, eso sí, en los primeros televisores blanco y negro, al maestro Barbita (Jesús Pampín) a Nelly Prince, a Hebe Gerbolés, a Augusto Bonardo y a Guillermo Brizuela Méndez.

En ese momento empezaron los cambios, en familias tranquilas donde nunca pasaba nada y los escándalos se ocultaban sabiamente. Nos tocó inaugurar la nueva época:

- Nos colamos en el cine a ver las prohibidísimas películas suecas Un verano con Mónica, Adorado Jon y En una pequeña carpa, un gran amor.

- Fuimos los primeros en acostarnos con nuestras novias, vicio insólito que nuestros padres no comprendían. Mucho peor resultó para las chicas, ya que todavía se consideraba que un varón era un varón, y una mujer era...una mujer.

- Muy jóvenes, aquellas chicas adoptaron la píldora y se liberaron definitivamente.

- Fuimos los primeros en fumar marihuana.

- Fuimos los primeros en acompañar a nuestras noviecitas para un aborto.

- Aparecieron los pasajes baratos y nos fuimos a España, a Miami, a Italia.

- Empezamos una carrera, pero la dejamos por otra.

- Algunos entraron en "la Jotapé", "la Orga", o Montoneros. Muchos están desaparecidos.

- Otros anduvimos descalzos por el Velódromo, Plaza Francia, Villa Gesell y hasta el Golden Gate Park de San Francisco, enrolados en el Flower Power.

- Un tercer grupo cultivaba la noche, frecuentando Mau-Mau o Zum-Zum. Haciendo alarde de esta pertenencia, recuerdo que jugué en un equipo de fútbol llamado "La Noche", dentro del club Atalaya, junto a "Bocha" Herrero y Horacio Tortorelli (gran futbolista) entre otros.

- Naturalmente, algunos se recibieron de ingenieros o abogados, o se fueron a administrar un campo, o pusieron un kiosco de fotocopias.

- Nos casamos a los 23 años para huir de la casa de los viejos y gozar de la libertad.

- A los 28 estábamos divorciados y con 3 hijos. Fuimos los primeros divorciados de nuestras familias. Por falta de experiencia, protagonizamos divorcios traumáticos y perversos, con hijos-rehenes. Gastamos todos nuestros ahorros en este trance.

- Nos compramos orgullosos el primer cero kilómetro: en mi caso, un Citroën 2 CV.

- Aprendimos a escribir a máquina en las Lexikon y Lettera 22 de aquel entonces.

- Yo me compré con esfuerzo un proyector Super-8 en 1978, y a los seis meses se inventó la video. ¡Al diablo el proyector!

- Unos pocos privilegiados, que poseían sueters de ban-lon y jeans Levi´s importados, pronto se vieron desbordados por una marea de marcas nacionales.

Aquí estamos, pues, cómodamente instalados en el desván de los cachivaches. Nuestro equipo no está completo: faltan los desaparecidos, los que murieron en un atentado terrorista, los que se llevó el cáncer, un aneurisma, un infarto masivo, el exilio económico, los asaltos a mano armada, los accidentes en autos nuevos y veloces. Pero aquí estamos. Todavía con novedades. Porque fulano se hizo "swinger", mengano tiene un blog, zutano se compró un plasma, fulanita se puso bótox y perengana, inesperadamente, a los 60 años, se convirtió en lesbiana. Son cosas que todavía pasan.

Tenemos algo parecido a la sabiduría. No llega a la clarividencia, pero desde la cripta del brujo y la pitonisa podemos anunciar lo siguiente: "Todo esto también pasará".

Tiraremos por la ventana las píldoras de viagra, los celulares inteligentes, las laptop, las zapatillas con cápsula de aire, los pechos de silicona y las cremas de día para varones, los frascos de hormonas, las viandas dietéticas. Mañana gobernarán el país unos desconocidos que hoy no figuran ni a placé. Ya no estarán de moda la meditación, el bikram-yoga ni el régimen ovo-lacto-vegetariano, sino que la gente adorará cosas distintas. Nuestros ídolos no serán jugadores de fútbol sino estrellas del surf o el poker televisado. Ya no darán Californication en la tele, sino una serie hindú sobre jugadores de backgammon. Ya no Video-Match, sino un reality-show ambientado en Odessa. Ya no desearemos a la provocativa Rihanna, sino a una transexual afgana totalmente rapada y gorda como un Buda. Otra novedad será el casamiento de a tres (visto que el casamiento gay es -digamos- pan comido) que seguirá la fórmula: HMH, MHM, MMM o HHH. El lector avisado comprenderá estas siglas.

Esa es nuestra profecía. Sucederán todavía muchas cosas increíbles. No hemos dicho maravillosas, sólo increíbles.

Volvemos, pues, a nuestra cripta, y nos envolvemos en el manto negro de Nostradamus. Buenas noches.

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