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Fervor de la Argentina

Rafael Bielsa Para LA NACION

Jueves 19 de noviembre de 2009
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¡Es tan doloroso leer "me da vergüenza ser argentino" o "esto no tiene arreglo"! No es inexplicable, pero también duelen las cosas que se comprenden. ¿Cómo habría de ser posible imaginar y concretar un destino luminoso sembrando sus semillas en almácigos de tinieblas? "Sentir vergüenza de ser argentino" es un sentimiento que no volvió la vista atrás, donde yace el legado de argentinos que honraron nuestro gentilicio. Afirmar que "?esto no tiene arreglo" es sofocar con la soga de la exasperación autorreferencial a miles de compatriotas que luchan para poner de pie un presente áspero. Ambas expresiones alzan un muro entre el maridaje de pasado y presente e impiden ver el futuro.

De este modo, no hay Nación. Y la situación es todavía más grave si se cae en la cuenta del proceso en curso, donde el Estado-nación (e incluso el Estado-región) retrocede en el ejercicio de sus facultades frente la supremacía del mercado transnacionalizado, que toma decisiones más rápido, mejora sin pausas su tecnología y cambia de lugar con fluidez de contorsionista.

La situación por la que pasa hoy la Argentina ha sido suficientemente explicada desde el ángulo de las relaciones de fuerza entre grupos de intereses en disputa. Sin embargo, en un escenario en el cual ninguna facción ejerce una hegemonía clara sobre la otra, si la lógica del conflicto se multiplica sin un piso institucional firme, lo más probable es que se copie de sí misma hasta el infinito, donde sólo esperan ruinas. De este modo, una lectura relativamente armónica de las glorias pasadas y comunes, la vocación por marchar juntos en el día a día y la idea de país al que se destinan las porciones de esfuerzo son esenciales. La consigna debería ser tirar para no aflojar y aflojar cuando se va a romper.

Si ya se hubiese desvanecido el bramido póstumo del Apocalipsis y la Argentina fuera la última piedra insignificante colgada "?inmóvil en la agonía del fulgor del último anochecer", aun así seguiría amando a mi patria, tierra de mis padres, amparo para mis hijos.

No se trata de pensar "?somos grandes, estamos entre los grandes". Hay una diferencia entre el delirio de grandeza y un sentido de destino. No se trata de sonreír al cielo cada vez que destella un relámpago porque creemos que es Dios que nos está sacando una foto. Hay una diferencia entre la vanidad y el orgullo; la vanidad es la exhibición de lo que carece de valor, el orgullo es lo que se experimenta cuando se ha dado todo para alcanzar lo que se desea. Aunque no se lo alcance.

Somos un país joven. Pero ya hemos sufrido la suficiente cantidad de enseñanzas dolorosas como para haber aprendido que lo que encandila rara vez es duradero y que las recompensas merecidas esperan debajo de la blanda arena que lame el mar, y exigen método, paciencia y perseverancia para ser encontradas. Demasiadas experiencias como para no saber que lo que hace poco nos dañó hoy no puede vigorizarnos. Que no existen soluciones a mandobles de ley para los grandes problemas sino que la ley es apenas un instrumento más dentro de muchos otros para formular políticas con anchos consensos que, aplicadas racional y sostenidamente, moderen el efecto de los problemas. La debilidad nacional no reside tanto en la falta de leyes como en el defecto de cumplimiento de las que existen. Para ser una nación tenemos el deber de crecer y la obligación de no adolecer.

Amo a mi país, a veces velado como un útero, otras vibrante como una dentellada, otras inestable como un convaleciente. Daría lo que soy y lo que nunca más seré, lo que tengo y lo que tenga para que esta patria no sea siempre un dolor aunque duela. Para que también sea una gratitud, una alegría prosaica, una esperanza.

A nuestro pueblo puede proponérsele una tarea colectiva. No basta con invocarlo y evocarlo. Hay que convocarlo. Los que más tenemos somos los que debemos aportar más paciencia. Los sin nada pueden ser pacientes si saben para qué, si mañana es algo mejor que hoy, si hoy deja ver el mañana.

Escribió Homero que "?llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga". Esto es lo contrario de la frase banal "?aquí tiene que venir alguien que arregle esto", palabras de baño público de estación ferroviaria, que por un lado alarman y por el otro eximen al alarmista de su propia responsabilidad. No es hora de pensar qué es lo que el país puede darles a sus dirigentes (políticos, religiosos, empresariales, gremiales), sino qué pueden éstos darle al país. No es lo mismo ser hijo del propio esfuerzo que salvarse a costa de los demás.

En todas las sociedades existen los que actúan el ahora y los que piensan el futuro. En las opulentas, existen muchos que pueden vivir sin hacer ni una cosa ni la otra, porque otros las hacen por ellos. Nosotros, nada opulentos, debemos pensar el ahora y el futuro colectivamente, tanto cuanto resulte posible.

Amar nuestro país con gesto vivo. Hoy es siempre, todavía, decía Antonio Machado. Hoy sí; mañana tal vez sea demasiado tarde. © LA NACION

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