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El corazón de Babenco

Espectáculos

"Corazón iluminado" (Argentina, Brasil, EE.UU., 1997-98), presentada por Columbia-TriStar, en español. Guión: Héctor Babenco y Ricardo Piglia, sobre idea de Babenco. Fotografía: Lauro Escorel. Dirección de arte: Carlos Conti. Música: Zbigniew Preisner. Intérpretes: Miguel Angel Solá, Walter Quiroz, María Luisa Mendonca, Xuxa Lopes, Norma Aleandro, Villanueva Cosse, Oscar Ferrigno, Arturo Maly, Pía Uribelarrea, Daniel Fanego. Dirección: Héctor Babenco. 132 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena.

"Corazón iluminado", el film del argentino-brasileño Héctor Babenco, es producto de la salida de una grave enfermedad y de la necesidad del artista de prohijar en la materia con que trabaja -el cine- un recuento de la propia vida, con expresión fragmentaria y por medio de retazos de información que sólo procuran recrear otra sustancia, el tiempo. El tiempo real, lo imposible, y el tiempo interior, un dispositivo del que sólo la memoria es motor. "Corazón iluminado" es asimismo un medio para exorcizar nudos del alma oprimida que no hallan otra puerta que la sustancia del arte.

La obra de Babenco, esta película, es interesante, tanto como compleja, abigarrada, desprovista de ganchos de boletería y necesitada de un vaso comunicador con la platea. No es un film realista, cosa que puede apreciar cualquier argentino que sabe que en Mar del Plata -no nombrada pero visible en algunos de sus sitios de turismo- no hay tren subterráneo, o que en el tiempo de la adolescencia del protagonista no había carteles de fotocopias como se ven o botellas de Coca Cola "mediana". El anacronismo da sentido al tiempo interior. No es un film ideológico; es sólo -y nada menos- una introspección.

La mínima trama habla de un tal Juan en la edad adolescente y en la de adulto. Se trata de un director de cine y del tiempo del primer deslumbramiento con el sexo como si fuera amor y con la atracción por la imagen. El segundo tiempo es el regreso a la ciudad natal para asistir a la muerte del padre y a la penuria de descubrir que aquel viejo amor apenas está herrumbrado. Así de simple y de habitual, sin exhibicionismo ni intención didáctica, con algún pudor.

Probablemente, el único presente de la narración esté en el momento de despertarse Juan adulto (Miguel Angel Solá, austero y sensible como los sueños que encarna) a bordo del avión que lo trae de regreso y en ese otro (emotivo en un film casi sin emociones) en que sus manos y las de la madre (Norma Aleandro) se trenzan sobre los zapatos definitivamente vacíos del padre.

Ejercicio para la memoria

El memorialismo -ésta es una película confesional- no es hábito de nuestro cine ni de otras cinematografías, así como es género común en la literatura, no atada a la boletería como los productos de la pantalla. En esto, "Corazón iluminado" se acerca a otra realización semejante, también nacional, "El camino de los sueños" (1993), que contiene algunos momentos entre los mejores de la filmografía de Javier Torre. Aunque cine de la memoria, su trama no es psicologista.

El arranque del ejercicio de la memoria se sitúa sin previo aviso en el recuerdo solitario del adolescente Juan (Walter Quiroz), apoyada la cabeza sobre la almohada, sudado el cuerpo tras un mal sueño. La memoria inmediata tiene la forma de cualquier "narración interna", pero no lo es: funde los tiempos, gracias a que cierta voz en off inicial no es la del transitado relator sino la de uno de los comensales sobre quien la cámara tarda en llegar. Esa suerte de recuento de la vida juvenil se cierra sobre otro sueño, el del viajero del avión, luego del profundo hiato que sugieren el vacío y la oscuridad de una promesa de suicidio con pastillas.

Tiempo interior

El tiempo evocado, como en tantos relatos autorreferenciales locales, habla de inventores y de esoterismos de entrecasa (Roberto Arlt, Leopoldo Marechal y hasta Eliseo Subiela, en "Ultimas imágenes del naufragio", no citados); nombra a un padre desfachatado y urgido por el dinero; y no deja faltar ni los hoteluchos de mala muerte ni el acoso racista para el chico judío. Las imágenes poetizan con vigor escenas de sexo brutal, arrebatado y en apariencia vengativo. Reproducen asimismo el miedo desde adentro: el miedo al primer encuentro sexual y el temor de los manicomios; y el horror de los biombos de terapia intensiva que seguramente expresan otro presente, más crítico, el de Babenco entre las luces blancas y apenas esperanzadas de un trasplante de médula ósea. Los tiempos se ejecutan en uno solo, abarcador de otros: los pasados de la memoria en el presente real; tiempos visibles e invisibles, reales y construidos, recordados o inventados.

"Corazón iluminado" se corresponde con un texto frío, escaso en emociones y, seguramente, más intenso en el instante de rearmarlo para pensar su articulación en materialidad y sentido -tal como ocurre durante la escritura de esta reseña- que durante su visión, que, por momentos resulta opaca, insensible, abierta por igual a la correspondencia o al rechazo en el acto de la recepción. Sólo hay que comunicarse con el paisaje confesional y reconocer lo regresivo como caudal de franqueza, sin resistirse a la abstracción.

El cine no sólo está en la vocación naciente del muchacho a quien le regalaron "un lente para encuadrar". Es asimismo un obsequio para el espectador advertir el perfil de Walter Quiroz -estupendo en la crispada elocuencia de la sordidez que busca y que la realidad le niega- con el sombrerito de su admirado Buster Keaton; las fotos de directores y actores que penden de las paredes; una calle de puerto con reflejos fassbinderianos; el homenaje (reconstruido) a Francois Truffaut en el festival de Mar del Plata con la proyección (verdadera) de "Jules et Jim"; y hasta la reminiscencia, quizá inconsciente pero evidente, de aquel viejo caballo con el sobrepeso de la carga y de los años que Esther, protagonista de "El silencio", del sesentista Bergman, veía por la ventana como la sobrecarga de su propia vida (justificado aquí en un par de tramos de la anécdota y en relación con el padre de Juan).

Como ocurre en los textos autobiográficos, aun sin el manifiesto narcisismo, el resto de los personajes se mueve por el imperio y el interés de la propia memoria de quien conduce el punto de vista. Esta no es una excepción y sólo la tríada Babenco director, Juan joven y Juan adulto resiste el espesor del encuentro fílmico. El resto son emergencias movidas por la necesidad del recuerdo. .

Claudio España
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