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La última novela del escritor mexicano

Fuentes en Edén

Opinión

Julio Ortega es un peruano sobresaliente. Es alma máter de los estudios literarios iberoamericanos en Brown University, y Brown University, con sus doscientos cincuenta años en Providence, Rhode Island, es una de las ocho universidades de elite académica de los Estados Unidos. Con un crítico, novelista, poeta y docente de esas calidades, Brown ha escalado a la cima de la enseñanza de la literatura en nuestra lengua, a cuya afirmación y lozanía tanto ha contribuido Carlos Fuentes desde su primer cuento, "Chac Mool", de 1954.

Ortega ha definido en una línea la fecundidad de Fuentes. "Su obra -ha dicho- es una vasta novelización de la contemporaneidad."

Podría hablarse de que es ésa una definición parcial de la obra de quien ha abarcado otros géneros y encontrado en el ensayo una vía en la que, más que brillar, ha iluminado. Pero nada empalidece el acierto de haber apuntado al núcleo central, al corazón del legado que Fuentes deja a las Letras.

¿Qué es Adán en Edén, si no un gran fresco desplegado en una diversidad de géneros? En parte auscultación periodística, por la voluntad que subyace de proyectar la realidad. En parte novela, por el revestimiento en clave de ficción y, por añadidura, con chisporroteos ensayísticos sobre graves fenómenos de la América de hoy. En parte diario personal, por las reflexiones del virtuoso ventrílocuo por quien hablan sucesivos muñecos sujetos a su hilo narrativo.

La trama se vuelca en un engañoso contexto. Está ceñido, en principio, a México y, por supuesto, a los mexicanos. Pero ese mundo desborda, como no era para menos, hacia otros confines. Aguas servidas que llegan al cuello en la cuenca compartida por muchos pueblos.

En el volcánico Adán en Edén , Carlos Fuentes desentierra otro espejo. Allí se reflejan personajes y situaciones de un teatro de la vida que se nos va de las manos, escapándose de las leyes, tal vez porque haya en demasía conciencias que observan con anestesia cívica.

Cambio o delirio. El delirio produce el crimen innúmero y diario, que mata ricos, pero mata más pobres que ricos. El delirio es el narcotráfico y la inseguridad. Delirio de la exclusión, la corrupción que lo mina todo; la impunidad y el descaro de la impunidad.

"Nada escandaliza -dice uno de los protagonistas de Adán en Edén -, nadie se escandaliza." Aforismo sociológico, dardo para quienes miran hacia otro lado. La obra de Fuentes es una vasta novelización de la contemporaneidad, pero no sólo de la contemporaneidad mexicana, sino de la de un tiempo prolongado y de un espacio universal común. Problemas por igual crecientes e insolubles -¿insolubles?- aquí y allá; replicación incuestionable como la composición de nuestras vísceras y huesos.

Adán Gorospe es el empresario que, en Adán en Edén, resuelve combatir al crimen con menos escrúpulos que el peor de los criminales. Barrunta lo difícil que ha de ser manejar, sin distinción de modelos, por calles y orillas últimas de la urbe que habita. Gorospe expone el azaroso temor de que con ninguna de las marcas de autos a las que pasa revista podría rodar por la ciudad de México "sin exponerse al bache, la mentada de la madre, el rayón gratuito, acaso el asalto, la destrucción negativa, ¿por qué tú sí y no yo, cabrón".

¿Tendría Gorospe más garantías de atreverse por aquí, al sur del sur, a que su coche ruede, no ya por andurriales de la marginación más implacable, sino por callecitas de Ciudadela, de Lanús, de Tigre o por esa Avenida del Libertador donde Buenos Aires saca pecho? ¿Qué autoridad le extendería el seguro de que cuando se enciendan las luces rojas del orden vehicular y deba detenerse, no sonará la voz de aura para el desmande contra quien ocupe, desprevenido de lo que se cierne, un automóvil cualquiera, el más modesto, si está al alcance de la tropelía en acecho?

¿Cómo definir las reglas, no ya las del periodismo para el que los hechos deben ser sagrados, sino las reglas de la novela?

Fuentes ha dicho que, fuera del conocimiento de la ciencia, de la lógica y de la política, existe el conocimiento de la imaginación. Curiosa derivación de esa regla, en principio secular, pero que aproxima almas a la religiosidad e inferencia de las verdades que revela la fe. Verdades del Niño Angel o Niño Santo que en Adán en Edén convoca muchedumbres por la avenida Insurgentes, como puede hacerlo, advierte el autor, la jamás olvidada Virgen de Guadalupe, ni más ni menos que por aquello de que en algo hay que creer.

Lo formidable de las novelas como las que, en más de medio siglo, ha dejado la copiosa producción de Fuentes es que su finalidad profunda consiste en lo que Nadine Gordimer, su amiga sudafricana, califica como "la creación de un conocimiento real de lo que ha sido un país". O un mundo. Creación intelectual, desde luego, pero afirmada sobre el piso confiable de la Historia y de las vivencias personales.

Pienso en Sherlock Holmes cuando envía al doctor Watson, a las nueve de la mañana, una carta que éste contesta y aquél recibe a las cinco de la tarde del mismo día. ¿Necesitábamos más para saber cómo funcionaba el correo londinense a comienzos del siglo XX? Pienso en Tolstoi, cuya reconstrucción novelada de la epopeya rusa de 1812 contra Napoleón en Guerra y paz pesa todavía inmensamente sobre el imaginario colectivo, incluso hoy en que los historiadores polemizan con la interpretación del papel cumplido por los generales del zar Alejandro I.

Cómo olvidar las Memorias de Adriano , de Marguerite Yourcenar; el Yo, El Supremo , de Augusto Roa Bastos, o el Soy Roca , encuentro entre ficción e historia de Félix Luna, que acaba de morir después de haber estimulado a generaciones de argentinos al conocimiento del pasado nacional.

Cómo olvidar el tan cercano y galardonado trabajo del propio Fuentes sobre El Yucatán, de Lara Zavala, el de la novela Península Península sobre una guerra de castas a mediados del siglo XIX y las reflexiones sobre Los de Abajo como novelización casi inmediata de Manuel Azuela de la Revolución Mexicana. O las anotaciones que Fuentes hace, también en aquel texto, a propósito de lo que hubo que esperar, en cambio, para que la Revolución Francesa tuviera con Balzac y Stendhal sus grandes novelistas. Y para que la Revolución Norteamericana se encontrara con su más perdurable ficción histórica después de un siglo de haberse producido.

En el homenaje de la revista Nexos por los ochenta años de Fuentes, Milan Kundera retomó el final de Terra Nostra , en que se discurre sobre que una vida no basta, sobre que "se necesitan múltiples existencias para integrar una personalidad". Quiero decir, una personalidad como la de quien escribió Adán en Edén a la que el famoso novelista checo adjudica el plausible propósito de haber pensado en sucesivas reencarnaciones y haber tenido, agrego, éxito en la empresa.

Fuentes ha elaborado otras existencias, cómo dudarlo. La de aquel que llena la tribuna del orador como si fuera un gran actor, según afirma Felipe González y verificamos los que asistimos al discurso de inauguración del Congreso de la Lengua Española en Rosario, en noviembre de 2004. Cómo nos divertimos cuando el entonces gobernador de Santa Fe, Jorge Obeid, ¿recuerdas, Carlos?, preguntó en un almuerzo que ofrecía si nunca te habían dicho lo igualito que eras a Arturo de Córdoba, el actor mexicano que aturdía aquí corazones, pero, ojo, en la generación de mi madre, y tú contestaste, entre imperturbable y halagado, que sí, que así había sido.

Otra existencia de Carlos Fuentes es la de la generosidad del colega, relatada por Luisa Valenzuela, la escritora argentina de El gato eficaz . Luisa recordó en Nexos que un día, al llamar en Londres a su casa, se encontró con que Fuentes la apremiaba a visitarle. Pero a visitarle ya mismo, para que no se perdiera a Ionesco, que se hallaba a su lado de visita.

Está también el hombre mundano, descrito por Juanita Libedinsky en LA NACION, en aquella misma casa de Londres, con ese fulgor impecable del lustre de pares y pares de zapatos, ¿cuántos tienes, por Dios?, y descrito por Jean Daniel, el notable periodista francés, como "un hombre infinitamente cortés, atento" y que se atreve a todos los desafíos gloriosos del mestizaje. Por eso, a veces hasta juega diciéndonos que nada tiene de indígena y menos aún de mexicano.

Pero ahora, si en alguna de tales existencias múltiples debiera detenerme sería en la que Hugh Thomas, el gran historiador británico, descubre como propia de "un conquistador no de pueblos y civilizaciones, sino de imaginaciones y de sueños." ¿Hace falta que enumere las veces que Fuentes ha sido alistado en las filas de Cervantes?

Ha logrado todo eso en una vida de intensa labor y con un destino que nada le ha ahorrado, ni los golpes más crueles a la paternidad, sin que flaqueara el ánimo y, cuando cabía, el humor. El humor de ese episodio de Adán en Edén en que Adán Gorospe, a quien el devastador terremoto de México de 1985 encuentra en el acto de penetrar a una bella muchachilla de ojos verdigrises y pelo suelto, dejándolo apresado dentro del sexo, convertido en candado por efectos perversos e irresolubles del cataclismo.

El trance del atribulado Gorospe es verosímil, cómo no habría de serlo, en medio de acontecimientos de proporciones descomunales. Lo atestigua otro hecho que, más que verosímil, es verídico. Le sucedió a mi amigo Roberto Millán, ex publicista.

En el momento exacto en que Millán se incorporaba una tarde de la cama para encender el televisor. En el instante en que accionaba con la confianza distraída de siempre y la pinza de los dedos la perilla que daría paso a la imagen de un canal de TV, justo, pues, cuando repetía un hábito mecánico, lúdico y banal de todos los días, estalló en el edificio vecino una bomba. Fue una de las bombas de consecuencias más trágicas que se hubieran hecho detonar nunca en Buenos Aires.

La onda expansiva devolvió a Millán contra la cama y la cama lo expulsó con rabia contra la pared, mientras esquirlas de vidrios se incrustaban en el cuerpo. En el segundo eterno que duró ese desplazamiento compulsivo, con vértigo, daño y angustioso asombro todavía congelado en la memoria, Millán, ajeno a lo que en rigor había sucedido, pero con la lógica natural de concatenar causa y efecto, se preguntó qué había hecho de mal, de distinto, al encender, como lo hacía por años, día tras día, el televisor, y volar, sin embargo, esta vez por el espacio.

Llegado el caso, todos podemos ser Roberto Millán.

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