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Dioses, templos y el Nilo

Por Patricia y Guido Barbieri

Domingo 22 de noviembre de 2009
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Este año tuve la posibilidad de emprender un viaje familiar por Egipto.

Viajar en barco por el Nilo es una experiencia inimaginable, que nos permite conocer los increíbles templos construidos a sus orillas por los antiguos egipcios, una civilización que comenzó hace 7000 años.

Parece imposible que los antepasados de la población que habita actualmente esta zona hayan sido capaces de construir colosales obras arquitectónicas.

Por ejemplo, el templo de Luxor estaba unido al templo de Karnak por la Avenida de las Esfinges, que en la antigüedad recorría casi 3 km. Actualmente dicha avenida con menor recorrido, se encuentra casi intacta.

Frente a estos templos, en la orilla contraria del Nilo está el templo de Medinet Habu, que se cree que fue uno de los primeros lugares en adorar al dios Amón-Ra.

Perdido en medio de la nada nos encontramos con el valle de los Reyes, donde decidieron enterrase los faraones del imperio medio, sin dejar sobre sus tumbas marca alguna, pensando que podían ser usurpadas. Casi por casualidad se descubrió allí la tumba de Tutankamón. Los tesoros hallados se encuentran exhibidos en el Museo de El Cairo.

Seguimos navegando por el Nilo, y llegamos a Edfu y el templo de Horus, que es el más imponente en tamaño después del de Karnak.

Otro templo con gran particularidad es el de Kom Ombo, que está formado por dos templos destinados a distintos dioses, unidos entre sí.

Siguiendo el viaje por el Nilo aparece la isla sagrada destinada a la diosa Isis. Se construyó allí el templo de Philae, uno de los mejores conservados. Lugar reservado para la sepultura del dios Osiris, al cual lo envuelve una fascinante leyenda de amor junto a su esposa, Isis.

De manera más imponente que los restantes templos, como si esto pudiera existir sobre la faz de la Tierra, descubrimos el templo de Abu Simbel. Construido por Ramsés II, pero dedicado a los dioses Amón-Ra, Harmakhis y Phat. Este no sólo es el más hermoso de Egipto, sino también el más insólito y majestuoso, ya que fue tallado en la roca de la montaña. Su ingreso está custodiado por cuatro estatuas colosales de 20 metros, pertenecientes a Ramsés II. Adornan el resto de su fachada, de 31 m, un sinfín de jeroglíficos y estatuas de miembros de la familia real.

En el interior de la montaña se cavó, casi llegando al medio, un santuario, donde aparece la estatua de Ramsés II divinizado, sentado junto a los otros tres dioses del templo.

Lo peculiar del lugar es que dos veces al año, en los días equinocciales, al amanecer el sol entra atravesando todo el templo hasta iluminar tres de las cuatro estatuas del santuario, excepto la de Ptah, dios de los muertos y las tinieblas.

Sin dejar de lado Alejandría, Asuán, El Cairo, las pirámides de Giza y la imponente esfinge, que hacen que toda esta región sea un lugar inigualable en el mundo, el cual hay que ver antes de morir.

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