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Inundaciones / El drama de los damnificados

Los habitantes de Concordia sienten una impotencia infinita

Información general

La crecida del río Uruguay inundó la ciudad; críticas por haber dejado rebalsar una represa

Por   | LA NACION

CONCORDIA, Entre Ríos.- Sergio Panciani grita desde el segundo piso de su casa que le manden ayuda. Pide por él y por su hijo, Lucas, de 19 años, que sufre discapacidad mental. No hay nadie. Su barrio y sus calles son un páramo acuático. Dice que no quiere irse. Teme que le roben lo poco que le queda y, entonces, aguanta como puede desde la atalaya de cemento.

La repentina crecida del río Uruguay aguas abajo de la represa de Salto Grande empezó el domingo pasado. El lunes, unas 5000 personas tuvieron que evacuarse en pocas horas. Las lenguas marrones del río avanzaron sobre la ciudad como una mancha voraz. Unas cinco cuadras de la costanera hacia el punto más alto de Concordia quedaron sumergidas por los desagües del embalse, que está al límite de su capacidad.

Ayer no llovió y el tiempo dio un respiro a los habitantes de los barrios más afectados, que intentaban sacar en botes -los que pudieron conseguir uno, cabe añadir- sus pertenencias. "Hay que empezar a rezar", sugirió Enrique, parado al borde del agua, mientras miraba sólo el techo de su vivienda? El resto había desaparecido. Unas nubes negras habían empezado a asomar en el horizonte, pero más tarde, por fortuna, se disiparon.

En la base de operaciones de las tareas de rescate, en el cuartel de bomberos, el gobernador entrerriano, Sergio Uribarri, consideró que la situación permanece bajo control. "No falta nada; estamos muy comprometidos en coordinar las actividades y eso hace que no haya que lamentar muertes, ni delitos", dijo ayer a LA NACION.

Tiros en la noche

Pero los vecinos que hacen guardia por la noche en los techos de las casas no piensan lo mismo. "Ayer andaban en un bote, tirando tiros para que nos asustáramos y nos fuéramos; ahí se meten y no te dejan nada; eso ya lo vivimos y, por eso, nadie quiere irse", explicó Juan Francisco Magnin ("Bichi"), mientras rema en un bote en el que LA NACION recorrió la zona más afectada del barrio Vélez Sarsfield. "La gente del regimiento nos acercó un plato de guiso de lentejas. Si no, no comíamos", agregó Ramiro, otro de los tripulantes del bote de "Bichi".

 
 

A todo esto, el fallecimiento del camionero Hugo Alberto Cabaña, que había prestado servicios como voluntario en las evacuaciones, encendió ayer una luz roja de alarma. Más tarde, Uribarri y José Goldfarb, jefe de Defensa Civil, tuvieron que aclarar que Cabaña no estaba cumpliendo tareas de salvataje cuando sufrió un paro cardíaco.

El parte oficial informó que 600 personas tuvieron que ser evacuadas en Colón y en Concepción del Uruguay, aguas abajo del río Uruguay. "Lo que nos complicaría mucho la situación sería una lluvia de 60 milímetros", reconoció por lo bajo un funcionario. Sucede que la represa de Salto Grande comenzó a evacuar unos 28.000 metros cúbicos de agua por segundo para no quedar superada, cuando el promedio es de 4400 m3.

Los damnificados denunciaron a LA NACION que nadie les avisó que el embalse estaba casi colapsado, y que debía liberarse semejante volumen de agua en forma urgente. "Durante meses mantuvieron el caudal alto del embalse para generar energía, pero se olvidaron de nosotros cuando subió de repente el nivel y tuvieron que desagotar", enfatizó Jesús, un vecino que acampa en la calle, a pasos de su casa anegada.

El agua y la inundación hacen emerger el drama de miles de cientos de personas que se quedaron sin hogar. La impotencia y la tristeza infinitas flotan impasibles por las calles, mientras a unos cuatro metros de profundidad yace la vida real, esa que tuvieron que dejar a las apuradas.

Bolsas de basura; una rata que nada de un lugar a otro buscando reparo; una patineta de plástico a la deriva; una heladera y la desolación son la cara "no oficial" de la emergencia. Y lo peor, asegura Nora Pariz, que desde el lunes vive evacuada en la Escuela N° 3 Vélez Sarsfield, será el regreso a sus casas destruidas, húmedas y llenas de barro, cuando la atención haya pasado.

Sobre el pizarrón del aula, que habita junto a su madre y otras familias, un cartel hecho por los alumnos anuncia: "¡Feliz primavera!". .

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