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Sin rumbo por Marrakech

Por Mario Moavero

Domingo 29 de noviembre de 2009
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Un soleado martes del verano italiano emprendí mi travesía desde Pisa rumbo al sur de Marruecos, y luego de casi cuatro horas aterricé en la ciudad de Marrakech con mi alma de viajero independiente. Mi primera sensación al salir del aeropuerto de Menara fue la de un fuego proveniente del intenso calor sobre mi rostro, nada comparable con los veranos a los que estaba acostumbrado. Luego me enteré de que estaba conviviendo con ¡48°C!

Por 20 dirham, moneda marroquí, tomé un bus que me dejó frente a la Koutoubia, principal mezquita de la ciudad, con su imponente minarete, desde el cual el imán llama al pueblo islámico a la oración, rito que se repite cinco veces al día.

Luego de alojarme en un albergue donde servían un exquisito pan con manteca, miel y té a la menta, la típica bebida nacional, salí a atrapar la ciudad. A cada paso descubrí los coloridos zocos de la Medina, la parte más antigua de la Perla del Sur, con sus callejuelas, palacios, mezquitas y un tránsito interminable de personas con prendas a la usanza musulmana, destacándose el chador en las mujeres, que apenas dejaban entrever sus ojos. Se sumaban al paisaje desvencijados carruajes, bicicletas y carritos tirados por mulas que transportaban todo tipo de mercancías, conformando una escenografía especial, casi medieval, tan diferente a nuestra cultura occidental -salvo por las ruidosas y destartaladas motocicletas-, con todas sus edificaciones de una misma tonalidad ocre, característica de Marrakech. Era una película filmada en el pasado y yo era protagonista, ahí estaba, acompañado por el calor agobiante que nunca me abandonaría durante mi estancia en Marruecos.

Al llegar a la plaza Djemma El-Fná, patrimonio cultural de la humanidad, todos mis sentidos se amplificaron; estaba viviendo escenas que había visto en documentales. Allí estaba, mimetizándome con lugareños y todo tipo de personajes de las tribus bereberes como malabaristas, ilusionistas, instrumentistas -que tocaban su canción con gallinas en la cabeza-, tatuadoras, peluqueros aficionados, adivinadores, encantadores de serpientes (que vibraban al son de las flautas; por unas monedas se las colocaban alrededor del cuello a los transeúntes).

En fin, un mundo vibrante de seres y objetos escurriéndose entre los infaltables puestos de jugo de naranjas recién exprimidas, que resultaban un bálsamo para el sofocante calor. Con la caída del sol se sumaban al paisaje decenas de concurridos puestos de típicas comidas marroquíes que degusté con placer, como la sopa de garbanzos y los deliciosos dulces hechos a base de miel.

Todo resultó ser una verdadera fiesta de la cual también formé parte, con protagonistas que vociferaban bajo la atenta mirada de la luna y las estrellas. ¡Hasta la próxima, Marrakech y su gente!, ya que estoy convencido de que nos volveremos a cruzar.

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