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Acerca del difícil problema de la violencia

Miércoles 02 de diciembre de 2009
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LA NACION
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Por qué, si todos los chicos nacen en un estado de inocencia prístina, algunos desembocan en el callejón sin salida de la violencia y la desesperación?

Aunque resulte increíble, hace unos días esta pregunta (filosófica si las hay) surgió naturalmente en medio de una conversación de circunstancia con un taxista porteño que me traía de regreso al diario. Ambos habíamos alabado segundos antes la "viveza" y "rapidez" de las generaciones jóvenes, su habilidad para dominar rápidamente los nuevos medios de comunicación, su innata y espontánea avidez por "entender" y aprender. Ambos observamos que, independientemente de su origen y de su circunstancia, salvo en casos muy extremos, todos los recién nacidos exhiben una inteligencia que deslumbra desde el primer minuto de vida... Cualquiera que haya tenido a uno entre los brazos lo sabe.

Ahí fue cuando se nos plantó el interrogante en el centro del cerebro y ya no pudimos eludirlo. Y aunque la pregunta admite diferentes respuestas, ninguna de ellas debería prescindir de las evidencias que viene reuniendo la ciencia.

Mucha agua pasó bajo los puentes desde que Thomas Hobbes concibió su visión del ser humano como un adicto a la guerra. Hoy se sabe que los humanos somos naturalmente empáticos con nuestros congéneres y estamos deseosos de ayudar. Ya a los tres años, los chicos quieren respetar las reglas, por ejemplo, en sus juegos.

Estas tendencias deberían prolongarse a lo largo del desarrollo... si se dieran las condiciones mínimas a las que debería aspirar todo individuo -una buena alimentación, cariño, estímulos-, que son precisamente las que la pobreza y la marginalidad ponen en riesgo.

En un reciente simposio internacional sobre "el cerebro social" realizado en Buenos Aires, algunos de los más destacados neurobiólogos actuales mostraron, por ejemplo, que el abuso y el maltrato pueden "dislocar" los circuitos cerebrales infantiles de tal modo que, en lugar de empatía frente al dolor ajeno, ciertas personalidades experimenten placer. Agréguese a esto el handicap cognitivo de la falta de hierro en las etapas tempranas del sistema nervioso, la marginación y la falta de horizontes, y la violencia parecerá una consecuencia casi ¿lógica? de una suma de injusticias. Ojalá bastara con agregar agentes para terminar con la violencia... Lamentablemente, el problema no parece admitir soluciones sencillas...

nbar@lanacion.com.ar

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