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El arco

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PARA LA NACION
Domingo 06 de diciembre de 2009

En geometría, un arco es un segmento de una curva. Para definir un arco cualquiera se necesitan tres puntos: el de inicio, el del final, y otro más en algún lugar entre esos dos que marque la trayectoria. Ese tercer punto es fundamental: marca la diferencia entre una línea recta y una de forma redondeada; entre puntos que avanzan siempre en la misma dirección y puntos que giran y dan vueltas en el plano, como si bailaran. Me gusta pensar que la diferencia que hay entre una línea recta y una curva es la misma que hay entre la monotonía y la sorpresa. Creo que si no fuera por ese tercer punto, muchos geómetras habrían muerto de aburrimiento.

En literatura, el concepto de arco es similar, aunque no tiene que ver con puntos y planos que se cortan, sino con trayectorias vitales: se habla de un arco para hacer referencia al camino seguido por aquellos personajes que, en algún momento de la historia, alcanzan una revelación. A diferencia de las vidas lineales de casi todos los demás, las de ellos son impredecibles. Tomados por el anzuelo de lo inesperado, los lectores seguimos a esos personajes con la misma alegría que si bailáramos; zambullidos en el mar revuelto de sus arcos logramos olvidar, aunque sea por unas horas, la monotonía de nuestros propios días. Claro que hay excepciones, y también existen historias maravillosas acerca de personajes que nunca cambian. Las tragedias de Sófocles y los cuentos de Chéjov son un ejemplo. Sin embargo, cuando se trata de entretener a lectores de la época del zapping, la necesidad de cambios y sorpresas parece tan fundamental que algunos manuales de escritura llegan incluso a sostener que no hay historia que merezca ser contada si el personaje principal no traza un arco.

Me pregunto si, más allá de la geometría y la literatura, esta idea del arco no podría aplicarse también a nuestra vida. ¿Qué distingue una vida lineal de una curvilínea? ¿Qué clase de vidas son más frecuentes? ¿Cuáles anhelamos vivir, cuáles recordamos y por qué? Quizá la mayoría de las vidas no tracen arco alguno, y precisamente por eso las olvidamos pronto. ¿Cuánto sabemos de las biografías de nuestros abuelos y tatarabuelos? ¿Cuánto nos aburríamos cuando nuestros padres nos contaban sus recuerdos? La ausencia de arcos vitales podría, tal vez, explicar esa ingratitud de la memoria. Quizá casi todos avancemos de la infancia a la vejez siguiendo una línea recta: pasamos de un día a otro, de un año a otro, como si transitáramos un desierto, siempre fieles al mismo estilo. Es más fácil así; al fin y al cabo, a nadie le gusta ser revolcado por las olas.

Sin embargo, no todas las vidas se adecuan a la metáfora de la recta. Aunque ocurra sólo de vez en cuando, a veces sucede que una persona violenta empieza a hacerse más suave. Sucede que el padre cruel se da cuenta de que no era necesario tanto rigor, y pide perdón. Esto los hace perdurar más fácilmente en la memoria de sus descendientes y los salva del olvido. Es la presencia de un arco -y no la bondad o la violencia iniciales- lo que hace que las historias de algunas personas sean contadas una y otra vez, desafiando el transcurso del tiempo.

Pero aún más importante que lo anterior es lo siguiente: cuando el personaje o la persona traza un arco con su vida, da un salto más allá de la biología y se hace libre. Cada vez hay más pruebas de que nuestra libertad es casi inexistente, de que nuestras decisiones son el resultado de un cóctel cuyos ingredientes son los genes y el ambiente. Nadie decide nada, dice la ciencia. Nuestra voluntad parece no existir y, seguramente, nuestra conducta persistirá de modo bastante inalterado a lo largo de los años. A no ser que nos suceda algo realmente importante: el punto en la trayectoria. El inicio de una guerra; el advenimiento de un gran amor.

Las historias que merecen ser contadas, las que más nos gusta leer, son historias de libertad. Cuentos, novelas y películas en las que los personajes trazan un arco con su vida, dan un salto más allá del cóctel biológico y se hacen libres.

Vale también para la no ficción: las vidas más ricas son las que trazan un arco. Las de quienes no se quedan en la violencia, la depresión o la extroversión que les tocó en el reparto original.

Las vidas más ricas son las que eligen la libertad.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora

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