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Nacer a 340 kilómetros de la cuna

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 06 de diciembre de 2009
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BARCELONA

Nací en la Argentina, vivo en España y mi pasaporte dice que soy italiano. Puedo votar en los tres países, pero las elecciones que más me interesan son las de la Banda Oriental. Y es que desde la más tierna infancia entendí que soy un uruguayo atrapado en el cuerpo de un argentino. Ya de chico pensaba, vivía y sentía como uruguayo. De chico miraba con fascinación, a escondidas, un mapa enorme del país de al lado, y pronunciaba en voz alta los nombres de las ciudades en donde me hubiera gustado nacer: Durazno, Canelones, Treintaitrés. En el colegio, cuando todos cantaban el Himno, yo cambiaba secretamente algunos versos. Oíd mortales el grito sagrado: Uruguay, Uruguay, Uruguay.

Con el tiempo, en vez de menguar, la necesidad de ser uruguayo crecía en mi pecho, incesante. Por eso en mi adolescencia adoraba las noches limpias de verano en que la señal del canal doce de Montevideo llegaba perfecta al televisor de casa. Más tarde, con la llegada de la literatura, supe que mi obsesión no estaba mal encaminada. Leí una frase de Cortázar a los quince años: "Un argentino que nunca fue a París es una especie de uruguayo". Y me juré, como nomás jura un imbécil en la edad del pavo, que jamás pisaría Francia. En una temporada de mi vida hasta aprendí a ponerme el termo en el sobaco y cebar con la misma mano. Salía con el mate a la calle para que la gente dijera: "Ahí va un uruguayo". Durante los mundiales 86 y 90, por un odio cultural hacia Bilardo, hinché abiertamente por Uruguay y lloré con el gol de Pasculi que nos dejó afuera. A lo largo de mi vida no conocí nunca, pero nunca, a un uruguayo malo, o cancherito, o pretencioso. Todos los que pasaron por mi vida fueron como ángeles, como hermanos reencontrados. Incluso los muertos, los que nunca toqué. Quiroga, Felisberto, Onetti. (Y entre los vivos, Jaime Ross, Francescoli, y ahora también Pepe Mujica.) A veces, cuando un uruguayo me quiere hacer enojar diciendo que Gardel nació del otro lado del Plata, yo para mis adentros pienso: "A mí me pasa lo mismo". La milonga de Borges me pone la piel de gallina. Hace un rato la busqué en un libro porque quería poner unos versos en este artículo, y volvió a conmoverme: "Hombro a hombro o pecho a pecho,/ cuántas veces combatimos./ ¡Cuántas veces nos corrieron,/ cuántas veces los corrimos! [...] Milonga para que el tiempo/ vaya borrando fronteras;/ por algo tienen los mismos/ colores las dos banderas". Habla de eso mismo, Borges. De ese extraño sentimiento en donde no importan las diferencias sino las similitudes. Somos un mismo pueblo que no comparte nombre, pero da igual. Yo me siento partido al medio, pero muchas veces más de aquel lado que de éste. No sé por qué. Estamos hechos del mismo barro. Esa es la diferencia entre ser hermanos de sangre o ser nomás un país limítrofe. Yo ya tengo un país limítrofe a la derecha, y es suficiente. Pero a la izquierda, del lado del corazón y por suerte, tengo a unos hermanos del alma. Tan cerca, tan pero tan cerca, que a veces pienso que soy un uruguayo que el domingo pasado no pudo votar, pero que nació, por un error del viento, a trescientos cuarenta kilómetros de su cuna.

© LA NACION

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