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El fin de la empatía

Mori Ponsowy Para LA NACION

Lunes 07 de diciembre de 2009
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A los primeros astronautas de la NASA todos los periodistas les preguntaban cómo había sido su experiencia en el espacio exterior. Era lo que la gente quería saber: ¿qué se sentía estar ahí afuera, tan lejos de la Tierra? Para no decepcionar al público, ellos contestaban lo que todos esperaban, pero la verdad era que no habían sentido absolutamente nada. Increíble, pero cierto.

La mayor preocupación del primero de los astronautas, el único momento en que sus pulsaciones se descontrolaron un poco, fue cuando, ya dentro de su traje, atado al asiento con correas y con la escotilla cerrada, el lanzamiento del cohete se retrasó más de cuatro horas y a él le vinieron ganas de orinar. Como ese primer vuelo duraría apenas cinco minutos, a nadie se le había ocurrido incluir en el traje un receptáculo para la orina. Alan Shepard estaba embutido dentro de la cápsula diminuta, apoyado sobre la espalda en un asiento hecho a su medida, esperando que por fin llegara el minuto cero, y lo único que pensaba era cómo dominar el dolor que la presión de su vejiga le estaba causando. Finalmente, no aguantó más y anunció su problema por el circuito cerrado de radio. "¡Hazlo en el traje!", le contestaron. El asiento estaba en ángulo hacia atrás y, segundos después, Shepard sintió la orina tibia resbalando hacia su cabeza. Pero no le importó porque la desazón de su vejiga había desaparecido. A partir de entonces, sus pulsaciones permanecieron inalteradas: idénticas durante el despegue, la órbita y también mientras la candente nave atravesaba la atmósfera, ya de regreso a la Tierra.

Quizás aún más sorprendente sea el caso de Gordon Cooper. Lo insertaron en el cohete a primera hora de una mañana de mayo de 1963, pero hubo una larga demora antes del lanzamiento. En un momento dado, los médicos que recibían sus signos vitales se quedaron atónitos ante lo que veían: ¡los datos indicaban que el astronauta se había quedado dormido! Millones de personas en el mundo entero se preguntaban qué pensaría Cooper durante esos minutos, antes de ser lanzado al espacio en un cohete que circunvalaría la Tierra 22 veces y que podría explotar en cualquier momento con sus 80.000 kilos de oxígeno líquido, pero el hombre estaba tan tranquilo que se quedó profundamente dormido.

Y bien: últimamente me da la impresión de que me he convertido en astronauta. He dejado la gravedad terrestre, ese peso que me ataba a la Tierra y a mis semejantes, para vivir en la cómoda ingravidez cibernético-televisiva. Me veo metida en mi pequeña cápsula, muy informada acerca de una cantidad inconmensurable de grandes y pequeños acontecimientos mundanos, pero, en el fondo, sólo preocupada por mi vejiga. ¿La cantidad de basura en el planeta amenaza con dejar sin bosques a la generación de mis futuros nietos? ¿El hambre y la desnutrición matan a no sé cuántos niños cada día? ¿A mi hijo la escuela no le enseña valores? ¿El lenguaje se va degradando? ¿Nuestros políticos -gobierno y oposición- no son las mejores personas de nuestra sociedad? ¡Qué temas importantes! ¡Qué graves! ¿Y qué puedo hacer yo para aliviarlos, si son tan complejos? Al fin y al cabo, puedo dormirme una entretenida siestita cibernética, antes de que despegue la nave y todo se vaya al diablo.

¿Adormecida como Gordon Cooper? ¿Desde cuándo me invadió este sopor? ¿Será esto la adultez? ¿Son mis 40 años o acaso las generaciones de adolescentes y jóvenes que vienen detrás de mí no están también preocupantemente anestesiadas? Y este "ombligocentrismo" ¿habrá sido siempre igual o se acentuó en la última década por la incontenible avalancha informativa? Lo que hasta hace poco me parecía sólo una sospecha ha empezado a convertirse en evidencia: en abril de este año, un grupo de investigadores de la Universidad de Southern California, en Estados Unidos, encontraron que el actual bombardeo de información ocurre con mayor rapidez de la que nuestro cerebro es capaz de procesar. "Si las cosas acontecen demasiado rápido, podemos no sentir las emociones vinculadas con otras personas, y eso podría causar algunos cambios en nuestra moralidad", dijo la investigadora Mary Helen Immordino-Yang. La idea que se desprende de esta investigación es que nuestra atención se posa en la próxima noticia antes de que hayamos tenido tiempo de procesar el contenido emocional de la anterior. Al tener menos tiempo para asimilar la información, tampoco hay tiempo para la empatía. Sabemos un montón de cosas, pero estamos menos conectados a todo eso que sabemos.

¿Acaso no tenían sentimientos los astronautas? ¿No se daban cuenta de lo que significaba ser los primeros humanos en salir al espacio? ¿No temían por sus vidas, no sentían curiosidad por lo que verían? ¡Claro que tenían sentimientos! ¡Por supuesto que sabían que pasarían a la historia! Sin embargo, habían sido entrenados para conservar la calma. Gran parte de su adiestramiento consistía en "desaprender" reacciones naturales. Era lo que en esa época los psicólogos llamaron "descondicionamiento" o "desensibilización", un principio según el cual la emotividad excesiva puede eliminarse mediante una serie graduada de exposiciones al estímulo que provoca la angustia.

"Hasta el proyecto Mercury no había habido un programa de instrucción de vuelo tan largo y detallado, tan perfeccionado y, no obstante, tan marcadamente destinado a insensibilizar al instruido y a desadaptar los temores ordinarios del hombre -escribe Tom Wolfe en su libro Elegidos para la gloria -. Después de todos los minuciosos ensayos y todas las simulaciones de vuelo, después de más de un centenar de simulaciones de aquel momento, después de subir una y otra vez por el ascensor del andamiaje de la plataforma de lanzamiento y de embutirse en la pistolera humana y de dejarles cerrar la escotilla e iniciar la cuenta regresiva, después de tenderse día tras día en aquella misma cápsula, oyendo la voz del comunicador por el cabezal, hasta que cada centímetro y cada segundo de la experiencia le resultara familiar y la cápsula se convirtiera en algo más parecido a una oficina que a un vehículo espacial, era difícil para cualquiera percibir alguna diferencia en su propio sistema nervioso, aunque intelectualmente supiera que éste era «ese día»."

¿No estará el exceso de información operando en nosotros del mismo modo que el entrenamiento de los astronautas? ¿Qué sucede en la sensibilidad de una persona si todos los días en sus múltiples pantallas ve noticias de robos, asesinatos, guerras y de injusticias? Ya sé que se trata de situaciones que siempre han pasado, pero ¿qué ocurre en lo más profundo de la psique humana cuando esas noticias no sólo son legión, sino que no se detienen y, más aún, son narradas y mostradas como si tuvieran la misma importancia que el último romance de Susana Giménez? No exagero: la otra mañana encendí la tele y en menos de diez minutos me enteré de que un adolescente estaba grave, con dos fracturas de cráneo y respirador artificial, tras un extraño intercambio con la policía mientras intentaba entrar en un recital; de que la belleza más duradera para mis axilas me la proporcionará una marca determinada de desodorante; de que la pobreza en nuestro país es dramática; de que el Gobierno les dará 3200 millones más de pesos a los sindicatos de las obras sociales; de que Daniel Radcliffe, el actor que personifica a Harry Potter, fue sorprendido consumiendo marihuana, y de que la periodista que narraba las noticias no había entendido de qué se trataba una de las noticias que ella misma acababa de comentar. "No sé si me gusta esta noticia", dijo, mirando sorprendida a su compañero. Luego sonrió, como si se tratara de una travesura, y agregó: "La verdad es que no la entendí mucho".

Los seres humanos no nacemos con el criterio moral desarrollado. Jean Piaget dedicó años a investigar cómo la conciencia ética se desarrolla año tras año hasta que termina de adquirir forma en la adolescencia. Mucho antes que él, Adam Smith, en su injustamente olvidado Tratado sobre los sentimientos morales , señaló que toda moral se basa en la empatía, es decir, en la capacidad humana de ponernos en el lugar del otro e imaginarnos lo que sentiríamos si estuviéramos en su piel. Me pregunto: ¿qué nos ocurre cuando nos ponemos miles de veces por día en la piel del adolescente con fractura de cráneo, en la piel de sus padres, desesperados; en la piel de Daniel Radcliffe, alucinando; en la piel de los sindicalistas, celebrando; en la piel de la actriz con axilas lindas, seduciendo; en la de la periodista, ignorando? ¿No nos ocurrirá, de a poco, como a los astronautas? ¿De tanto repetir la misma experiencia terminaremos sabiendo intelectualmente, sí, de qué se trata, pero seremos incapaces de sentir de verdad junto con nuestros semejantes?

No tengo una respuesta para estas preguntas. En el fondo, no creo que nuestra empatía, la de nuestros hijos y nuestros nietos, muera alguna vez... No por completo, al menos. Pero también creo que haríamos bien en levantar algunas voces de alarma, en desenchufarnos un rato, en detenernos a sentir, en facilitar y propiciar que nuestros chicos se relacionen con el mundo amplio de carne y hueso, con lugares y situaciones que les sean ajenas, y no sólo con la fría comodidad familiar de sus pantallas. ¿Cuáles de todos los bits de información que recibimos cada día son de verdad importantes? ¿Las axilas, la periodista que no entiende lo que acaba de decir o la apabullante pobreza de nuestros hermanos? ¡Mantengámonos despiertos!

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