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Honduras votó por la normalidad

La comunidad internacional debería reconocer a Porfirio Lobo como presidente electo para facilitar el desenlace de la crisis

Miércoles 09 de diciembre de 2009
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SI algo significa la participación del pueblo hondureño en las elecciones presidenciales del 29 de noviembre, a pesar de tener un presidente depuesto que está refugiado desde el 21 de septiembre en la embajada de Brasil en Tegucigalpa y un presidente de facto que no ha logrado convencer a la comunidad internacional de su legitimidad, es, precisamente, el clamor por la vuelta a la normalidad después de más de cinco meses de zozobras.

La victoria de Porfirio Lobo, candidato del opositor Partido Nacional, abre ahora la posibilidad de resolver la crisis. Más prudente hubiera sido que se formara un gobierno de reconciliación nacional entre Manuel Zelaya y Roberto Micheletti, tal como acordaron el 30 de octubre ambas partes ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) y los Estados Unidos.

Es difícil, en estas condiciones, reencauzar un país cuyo presidente ha sido expulsado por fuerzas militares ante la posibilidad de que llevara adelante un referéndum para reformar la Constitución y, de ese modo, ser reelegido con la venia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, convertido en una especie de cruzado expansionista, gracias a sus petrodólares, que nada debería envidiarle al imperialismo norteamericano que tanto critica.

Tras las elecciones, el Congreso de Honduras se opuso en forma terminante y por amplia mayoría al retorno de Zelaya al gobierno. Le cerró de ese modo la última puerta frente a la nariz tras la decisión de la Corte Suprema de validar la destitución, ejecutada por los militares el 28 de junio.

En ese momento, tanto los Estados Unidos y América latina como la Unión Europea calificaron la medida de golpe de Estado y, por ello, retiraron en forma gradual a sus embajadores de Tegucigalpa. Ha sido la señal diplomática más clara del no reconocimiento del gobierno posterior. La OEA, a su vez, suprimió la membresía de Honduras, mientras el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, premio Nobel de la Paz, mediaba entre las partes en conflicto.

Fue irresponsable, en el proceso, el súbito retorno de Zelaya al país y el ingreso, acordado o sorpresivo, en la embajada de Brasil. Debió ser Luiz Inacio Lula da Silva su virtual sostén en espera de una posición más firme de su par de los Estados Unidos, Barack Obama, ante la insistente presión de Chávez con una hipocresía rayana en el doble rasero: mientras machacaba contra Obama por el envío de militares a bases colombianas acordado con Alvaro Uribe, pedía a los Estados Unidos mayor rigor en Honduras. La coherencia no es su fuerte ni el de muchos otros.

Incumplido el acuerdo de Tegucigalpa-San José, por el cual debía formarse un gobierno de reconciliación nacional, Honduras tiene hoy un presidente electo que, para facilitar el desenlace de la crisis, debería ser reconocido por la comunidad internacional. Es lo que proponen los Estados Unidos en sintonía con Panamá, Perú, Costa Rica y Colombia; se oponen Brasil, la Argentina, Venezuela y, excepto México, casi todos los otros países de la región. El problema es que, de no aceptar al menos que Lobo ha sido elegido en forma democrática y libre, Honduras corre el riesgo de continuar en ese limbo por el cual todo parece estar en suspenso hasta que se defina la situación de Zelaya.

Ningún país puede estar sujeto a la suerte de un presidente. Menos aún de uno que, más allá de la forma en que fue puesto en un avión rumbo al exilio, no respetó la división de poderes ni acató la prohibición dictada por la Corte Suprema y el Congreso para que siguiera adelante con algo tan delicado como una reforma constitucional en beneficio propio y de su principal socio externo, Chávez.

Por Honduras, Lula y Obama han tenido sus primeras diferencias tras casi un año de elogios mutuos. Es comprensible, en el caso del presidente brasileño, que la venia de los Estados Unidos a la validez de las elecciones presidenciales selle el destino de Zelaya, un huésped que, a pesar del apoyo que le ha brindado Lula, incomoda a Brasil mientras continúe en su embajada.

Si se mira hacia atrás, el daño ya está hecho; si se mira hacia adelante, y se respeta la voluntad del pueblo hondureño, debería hacerse borrón y cuenta nueva para permitirle que vuelva a la normalidad. Es el mensaje que pretendieron transmitir en las recientes elecciones.

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