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Las almas de los isleños

Con textos e imágenes de jóvenes de la isla Maciel, el libro Ojos y voces de la isla refleja las miradas agudas y esperanzadas de los chicos de uno de los lugares más castigados del conurbano

Domingo 20 de diciembre de 2009

Waltercito

Walter es un amigo. Lo conocí cuando él tenía 8 o 9 años. Hablaba como si fuera una persona grande. Yo le daba consejos pero, como a toda criatura, le entraban por un oído y le salían por el otro. "Metete en tus cosas, hago lo que quiero" me respondía y se encendía un cigarrillo. Para que no lo vieran los padres se iba a fumar al paredón del fondo de la cancha de San Telmo. Le decían Waltercito porque era bajito, nunca crecía. Desde que lo conocí siempre fue de la misma estatura. Y siempre el mismo pelo corto castaño con manchitas rubias, los ojos marrón claro y su bicicleta. La cuidaba como si fuera su novia. Tenía 11 años cuando empezó a ir a los talleres de fotografía y periodismo. Cuando llegaron los cursos en la Asociación Miguel Bru nos reíamos, corte: "¿Y estos payasos?", decíamos. Empezamos a jugar sacando fotos; con el tiempo nos empezó a gustar. Encontrábamos algo en cada una de las imágenes que sacábamos. Waltercito se sumó a los cursos, hizo algunos dibujos para periodismo, pero al final se enganchó con las fotos. Yo encontré el desahogo en la escritura. Con el tiempo tomamos confianza, éramos inseparables. Le tomé mucho cariño, lo cuidaba más que a algunos de mis hermanitos. Si tenía que pelear por él, lo hacía. A veces se enojaba porque no le gustaba que me metiera, entonces no me hablaba por un par de días. El 22 de diciembre de 2007 Waltercito estaba en los videojuegos de Montaña -la calle principal de la isla Maciel- jugando. De repente se armó una discusión tremenda entre dos pibes del barrio. Uno de ellos se acercó al local de los jueguitos a los tiros, otro salió de ahí. Walter se asomó a la puerta y recibió un balazo. "Me dieron, me dieron", le dijo a la dueña de los videos. Pero como él era de hacer chistes, no le creyeron hasta que se cayó. Uno de los pibes que había salido de los videos entró, lo dio vuelta y enseguida salió corriendo. "Lo matamos a Walter", gritaba, y seguía tirando con la voz quebrada. "A mí qué me importa", gritaba el otro, y se fueron. Sólo quedó el cuerpo de mi amiguito tirado entre los videojuegos. Aquellas fiestas los vecinos respetaron el dolor de la familia; era el de todos nosotros. Waltercito se hizo querer. Esa Navidad no brindamos, pero escuchamos la música que a él le gustaba, como si estuviéramos esperando que llegara. Walter es un amigo, llega otra Navidad y lo extraño.

El puente

El lugar que más me gusta es el puente que cruza el Riachuelo. Tiene una buena imagen. Es grande, gris, está hecho de hierro y cemento. Sus escaleras están rotas y las paredes pintadas. El puente está viejo, oxidado, muerto. Hace mucho tiempo el río era limpio y se podía disfrutar. Ahora todo se ve triste y desolado por las contaminaciones de otros riachuelos y fábricas. Se siente como si la gente estuviera aislada de las demás personas, o como si no existieran. Acá los pájaros no pueden vivir porque cuando hacen un nido en las plantas o en los árboles, los huevitos se les caen al río.

Fue a la vuelta de mi casa

La primera vez que me enamoré fue a la vuelta de mi casa. El me pidió para hablar y yo le pregunté dónde. El me dijo ¿en la placita te parece bien? En ese momento yo me reía. Cuando fui a la plaza, él me empezó a decir que yo era linda y de todo un poco. Pasaron como dos días y cada vez me gustaba más. Hasta que empezó a venir a mi casa con mi hermano y me pidió si podía subir. Me saludó y dijo que tenía que decirme algo importante. Yo le dije sí decime. El se quedó como un minuto callado y dijo ¿querés ser mi novia? Me lo quedé mirando y pensé: si me gusta, ¿por qué decirle que no? Cuando iba a bajar, dijo esperá dame un beso.

Una pasión

San Telmo es un club humilde, porque no tiene buenas sillas como otros clubes, y está ubicado en la villa. Allí me junto con mis compañeros, no sólo cuando voy a entrenar, sino también cuando voy a la cancha. Telmo me enseñó a jugar al fútbol. Acá jugué por primera vez en una cancha de once contra otro club, y me dio la alegría y la gloria de ganar. Hoy un arquero que era del club juega en San Lorenzo: Santana. Telmo es el barrio, alegría por el barrio. Aunque este año no tuvo una gran campaña no hay que dejarlo de lado porque hay que estar en las buenas y en las malas. Si pudiera sólo lo haría más grande. ¿Lo más lindo que me dio Telmo? Ver ganar un partido contra el Docke.

El libro no se vende en librerías. Se consigue en: Asociación de Reporteros Gráficos (Argra), Venezuela 1433, lunes a viernes de 13 a 18, o se puede solicitar por mail a Asociación Miguel Bru (ambru@ambru.org.ar). Se pide a cambio un bono contribución voluntario cuyos fondos serán destinados a la escuela y a armar una futura muestra.

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