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El engaño de las FARC

Alvaro García Jiménez Para LA NACION

Sábado 16 de enero de 2010
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Hace algunas semanas, se presentó en una sala de cine de Buenos Aires un documental titulado FARC-EP. La insurgencia del siglo XXI . En ese film se registran escenas bien especiales. Por ejemplo, la de un grupo de guerrilleros de las FARC -despojados de sus vestidos camuflados y ataviados como campesinos- recogiendo una cosecha de maíz y asegurando que hacen parte de una organización revolucionaria concentrada en las faenas del campo. Allí mismo, el jefe guerrillero protagonista de la escena muerde una fruta y asegura, sin ruborizarse, que su relación con el negocio de las drogas no existe. Argumento cándido y "cazabobos", por cuanto el mundo entero y los organismos internacionales de investigación criminal reconocen a las FARC como uno de los más grandes operadores del narcotráfico mundial. Y, justamente, mientras las primeras imágenes de esa producción empezaban a conocerse en Colombia, las FARC aceptaban en un frío comunicado ser los autores del salvaje crimen de Luis Francisco Cuéllar, gobernador del departamento del Caquetá, quien fue sacado a rastras de su casa y degollado sin misericordia por asesinos de ese grupo en un bosque cercano.

Este propósito de las FARC de asesinar y amedrentar a los colombianos es una realidad confirmada por hechos. En los últimos días, han certificado el carácter terrorista de su organización. Atacaron un bus de transporte público en el que viajaban 18 personas, mientras cubría la ruta Cali-Tumaco. El vehículo fue baleado desde la carretera, retenido ilegalmente e incendiado con todos sus ocupantes adentro. Cuatro adultos y dos niños murieron incinerados. La OEA condenó el crimen. En el nordeste de Colombia, en la vía que conduce de Medellín a Turbo (Antioquia), las FARC abrieron fuego contra una ambulancia, donde resultó herida una enfermera. Ataques como éste atentan contra el derecho de la población del campo a recibir atención médica oportuna.

Simultáneamente, esa guerrilla aumentó sus amenazas contra gobernadores, alcaldes y concejales, pocos meses antes de las elecciones legislativas y presidenciales de este año. La denuncia fue hecha por la Federación Nacional de Municipios. Así es como las FARC pretenden poner como objetivo la libertad de la gente para elegir a sus mandatarios y participar plenamente de la democracia.

Estas andanzas criminales se suman a un largo prontuario de narcotráfico; reclutamiento forzado de niños; utilización indiscriminada de minas antipersonas y como promotores y ejecutores de un devastador crimen ecológico: ¿sabía usted que para plantar una hectárea de coca son deforestadas cuatro hectáreas de selva, casi siempre mediante el método de tala y quema? De acuerdo con los cálculos, por cada gramo de cocaína consumido son talados cuatro metros cuadrados de bosque tropical.

Durante los últimos veinte años de mi vida -como periodista y reportero- fui testigo de cómo las FARC han asesinado, secuestrado, extorsionado y torturado a varias generaciones de colombianos. Sufrimos la persecución de periodistas, el robo de equipos y el atentado con un misil en la redacción del noticiero que dirigí por registrar los abusos de esa guerrilla.

He oído de la boca de sus jefes cálculos financieros sobre el costo de sostener miles de hombres en armas: según ellos, equipar a cada combatiente puede valer 5000 dólares, y su sostenimiento mensual puede estar cerca de los 1000. Cifra que implica disponer de una caja mensual cercana a los 20 millones de dólares. Dinero que no se consigue, evidentemente, sembrando maíz y cacao en lo profundo de la selva, tal como lo pretende mostrar el documental de la guerrilla del siglo XXI. Es el narcotráfico el que ha soportado la presencia de grupos terroristas como las FARC y los paramilitares en Colombia.

Este artículo tiene como único propósito lanzar una alerta a la opinión pública en la Argentina y el exterior: las FARC no sólo pretenden hacer daño mutilando a niños y mujeres con minas, secuestrando a civiles y militares por décadas, volando clubes llenos de inocentes, traficando con drogas, degollando gobernantes o amenazando periodistas. También lo hacen distorsionando la realidad, creando estrategias de penetración mediática en el exterior. ¿Su objetivo? Lavar la sangre de sus manos y presentarse por medio de realizadores enmascarados, utilizando organizaciones culturales -que creen estar defendiendo libertades democráticas y de expresión- como una guerrilla buena y una opción de futuro para la gente.

Nada más distinto de la realidad. Verlos disfrazados de los campesinos a quienes asesinan es una paradoja. Es como ver a Hitler vestido de rabino. © LA NACION

El autor es embajador de Colombia en la Argentina.

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