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"Ser monjes budistas no nos cambia la vida"

Domingo 24 de enero de 2010
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Le gustaba el trekking y, sobre todo, practicarlo al sur del parque nacional Los Glaciares. Según sus palabras, el lugar más lindo de la Argentina donde debía llover 400 días al año, porque todo era verde, verde, verde. "Pero para llegar a la cabaña donde pensaba pasar mis vacaciones tenía que cruzar un brazo de río de deshielo que normalmente tenía de 5 a 10 metros de ancho, pero ese año llegaba a los 25 metros", recuerda el empresario y monje budista Gustavo Aoki o Shaku Kyoshin, el nombre que le pusieron el día de la ordenación.

"El agua era helada, y uno no podía estar sumergido más de tres minutos porque comenzaban a entumecerse las piernas y a no poder nadar. Creí que llegaría, pero no fue así y, de pronto, tuve la sensación de que mi fin estaba próximo", agrega.

Aoki es monje budista del Jodo Shinshu (escuela Shin de la tierra pura) de la rama Hongwanji-ha (Templo del voto principal) y creador de Furaibo (La casa del dios del viento), un complejo que integra restaurante, casa de té, templo y centro cultural, en el barrio porteño de Monserrat.

Monje y empresario, combina con equilibrio la religiosidad con lo mundano
Monje y empresario, combina con equilibrio la religiosidad con lo mundano. Foto: Gisela Romio

"Desesperado, comencé a rezar, pero entonces escuche una voz interior que me decía: «¿Qué estás haciendo? ¿Rezando? ¿Cuánto hace que no pisás una iglesia?» En realidad, mis padres eran budistas, pero hice la escuela primaria en un colegio católico y cuando estaba en segundo grado, en el colegio, me bautizaron, pero después dejé de ser practicante."

-¿Cómo sigue la historia?

-Todo esto ocurría en segundos. Luego, recordé palabras de Confucio que decía que un ser humano antes de morir debía hacer tres cosas: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro o formar un discípulo. Yo no tenía hijos ni había formado discípulos, pero había plantado muchos árboles, claro que no por voluntad propia, sino obedeciendo a mi padre. También vinieron a mi mente mantras que había aprendido en ceremonias budistas donde había asistido con mis abuelos. Comencé a recitarlas, pero nuevamente la voz interior me advirtió: "¿Ahora qué hacés? Si vos nunca fuiste budista, ibas al templo porque te obligaban". En medio de la confusión, los sermones de la voz interior y mis piernas cada vez más congeladas, llegué a la otra orilla y me pude salvar.

- ¿Por qué se hizo monje budista?

-Esta experiencia me llevó a replantear mi vida, volver a la espiritualidad y repasar las enseñanzas de mis padres y de mis abuelos. Tenía un amigo que era monje budista, se llamaba Fujiyama, igual que el monte. El pudo conseguirme una beca que me permitió viajar a Japón para formarme. Previamente, estuve cuatro meses en San Pablo, donde hay una gran comunidad japonesa, la mayor del mundo fuera de Japón. Son 2.500.000 japoneses, que tiene 40 templos. Luego viajé a Kioto, la antigua capital del imperio, donde están los grandes templos y allí estudié. Para la formación de un monje es muy importante la presencia de un buen maestro y yo tuve la suerte de encontrarlo. Algo que no imaginé cuando lo vi por primera vez.

-¿Qué recuerda del maestro?

-Se llamaba Aiji Nadamoto, medía 1, 55 m y tosía constantemente. Estaba muy avejentado, nos explicó que sufría del corazón y que, por si de pronto se desmayaba, en uno de sus bolsillos tenía un tubo con sellos. Había que tomar uno y ponérselo debajo de la lengua, pero si en 20 minutos no reaccionaba, era que estaba irremediablemente muerto. Aiji nos explicó que en ese monasterio hubo seis grandes maestros: dos habían muerto el año anterior, otros dos estaban muy muy enfermos y el quinto moribundo. Quedaba uno solo. "¿Quién?", preguntamos intrigados. "Yo", respondió, en medio de toses y carrasperas. Hablaba con una voz muy baja y tenía que usar un micrófono para que pudiéramos entenderlo. Pero fue un notable maestro.

-¿Y Furaibo?

-Cuando volví a Buenos Aires, tendría 23 años y durante siete dirigí el templo de la colectividad japonesa. Pero yo buscaba una mayor apertura al mundo y comencé a barajar otras posibilidades. En Japón se estaban instalando empresas dirigidas por monjes que combinaban lo religioso y lo mundano. Café templo, bar templo, restaurante templo, etcétera. Me puse a pensar cuáles eran las cuatro cosas que más me interesaban y concluí que el budismo, cocinar, la ceremonia del té y los dibujos animados japoneses, las mangas. Así nació el proyecto de Furaibo, pero pronto comprendí que para hacerlo realidad tenía que aprender a conducir una empresa de ese tipo y así volví al Japón, donde durante tres años aprendí administración y aproveché para enriquecer mis estudios de budismo. Para pagarme los estudios trabajaba en restaurantes y bares como mozo, ayudante o lo que fuera necesario.

-¿Cómo es ser monje y empresario?

-No hay una contradicción, los monjes trabajamos, tenemos una familia, criamos hijos. Ser monjes budistas no nos cambia la vida. Y para comprenderlo mejor es necesario ver cómo se forma un monje en Japón. Su aprendizaje comienza en un monasterio con grandes maestros, pero luego su formación continúa en los pequeños templos en el diálogo diario con sus feligreses. Eso lo sabe la gente, que comprende que su actitud frente al monje de su templo lo ayuda a crecer, a madurar, a ser mejor religioso. El feligrés también es maestro, por eso trata al monje con respeto y con tolerancia ante posibles errores.

Luis Aubele

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