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Los desafíos que enfrenta el cine argentino

Con cuatro o cinco films por año, como El secreto de sus ojos, el público se reconciliaría con la producción local

Domingo 07 de febrero de 2010
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Pensar que hasta no hace tanto los sectores supuestamente más iluminados de la crítica le tiraban a matar.

No conformes con haber sido persistentes y entusiastas defensores de los bodrios más notables que se hayan visto por estas tierras, y que llegaban de a toneladas a la cartelera por culpa de los dineros que el Instituto del Cine malgastaba indiscriminadamente en ellos, la aparición de una película de Juan José Campanella, encima, les producía como cierta alergia que no podían disimular. Llenaban sus fastidiadas reseñas y críticas de insidias y melindres; le recriminaban su simpleza y siempre le encontraban algún pero. Hasta con El secreto de sus ojos se las ingeniaron algunos para decir por qué tampoco estaban conformes y que Campanella debía ajustar tal cosa o tal otra.

Pero con la reciente segunda nominación al Oscar para Campanella por El secreto de sus ojos -la primera fue en 2001 por El hijo de la novia - se cuidaron muy bien de no quedar tan descolocados porque ya venían reacomodando desde hace un tiempo sus opiniones sobre la película. Además, ahora se los ve más entretenidos con una insólito e infantil debate de escasísimas calorías: si Avatar , el multinominado megatanque norteamericano de James Cameron, que bate récords de taquilla en la Argentina y el mundo, es o no una película trascendente.

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Lo cierto es que si la Argentina tuviese cada año cuatro o cinco películas del porte, la originalidad y la calidad de El secreto de sus ojos , la mala imagen que tiene nuestro cine entre los habitantes de este país no tardaría en revertirse.

Los números son muy claros -algunos estuvo publicando LA NACION en estos días- y no dejan mentir: mientras que con sus más de 2.400.000 espectadores, la película de Campanella se quedó nada menos que con el 45 por ciento de los espectadores que fueron a ver cine nacional en 2009, sólo 20 de los 85 estrenos argentinos del año pasado superaron las 10.000 entradas vendidas.

Y conste que 10.000 tickets es una cifra nimia en comparación con lo que significa la inversión de una película. Pero hay una noticia peor: ¡65 películas ni siquiera alcanzaron ese número! Y sólo nueve títulos locales pudieron atraer a más de cien mil personas.

Todo este caprichoso desbarajuste de números, en el que muy pocos ganan y muchos pierden, se debe a una política oficial que durante años demagógicamente financió proyectos sin destino, películas de principiantes o de elitistas pretenciosos a los que los tiene sin cuidado si el público va a verlos o no, total ya tienen sus gastos cubiertos y viven del torrente de billetes que expele el Incaa, cuyo presupuesto asciende a 250 millones de pesos.

El perjuicio no es sólo económico: con tanta peliculita gris, chata, sin argumento, sin elenco, sin dirección, empiojando la cartelera y apuntalada con ditirambos absurdos en los que se empeñó con increíble militancia cierta crítica, la gente se alejó más todavía del cine nacional. ¿Cuántos se habrán ensartado un sábado a la noche por culpa de una de esos engendros, por lo general sobrecalificados?

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Menos mal que la gestión al frente del Incaa de Liliana Mazure, desde abril de 2008, aplicó un poco el freno a ese inconducente despilfarro que había sobre aquellos operaprimistas a los que, está claro, todavía les falta dos o tres golpes de horno antes de salir a la palestra. Está bien que experimenten -sin duda, entre muchos de ellos surgirán realizadores talentosos si van paso a paso y adquieren progresiva experiencia al lado de quienes los preceden en la industria-, pero que crezcan puertas adentro de sus escuelas de cine o en sus reuniones cenaculares, sin necesidad de martirizar a la opinión pública o, peor para ellos, exponerse a la humillante indiferencia que ésta permanentemente le profesa.

Mediante tres concursos (pues les quitó la posibilidad de elegirlas a los comités), Mazure bajó drásticamente el número de óperas primas anuales a sólo nueve (en 2009 habían seleccionado nada menos que 27) y ya se empezaron a oír varios lamentos por distintos rincones. En cambio, la presidenta del Incaa aumentó el costo promedio reconocido de los films a 3.500.000 pesos, monto máximo a otorgar como subsidio para largometrajes nacionales con interés especial declarado.

Por otra parte, en una entrevista que otorgó al sitio O trosCines.com, Mazure expresó malestar hacia los comités de créditos y preclasificación. "Están aprobando proyectos de forma excesiva", le dijo al periodista Diego Batlle.

Mazure busca, además, que el Congreso declare al cine como industria y así poder contar con planes de promoción industrial.

Lamentablemente, la página del Incaa está tan desactualizada que, por ejemplo, el film Andrés no quiere dormir la siesta , ópera prima de Daniel Bustamante, con Norma Aleandro, que se estrenó el último jueves, aparece aún en el apartado "Preproducción". Como las iniciativas en materia de cine nacional se disparan desde muy distintos lados, no es fácil concentrar toda la información. Según una lista confeccionada por el periodista Claudio D. Minghetti para apuntalar informativamente esta columna, hay más de setenta películas argentinas en gateras (algunas, en distintas etapas de producción; otras, ya terminadas).

Con gran expectativa se espera conocer este año Dos hermanos , de Daniel Burman, con Graciela Borges y Antonio Gasalla; Las heridas , de Pablo Trapero, con Ricardo Darín; Francia , de Israel Adrián Caetano, con Natalia Oreiro; Verano amargo , de Juan Carlos Desanzo, con Federico Luppi y Esther Goris; El mural , de Héctor Olivera, con Luis Machín y Carla Peterson; El niño argentino , de Luis Puenzo, con Mike Amigorena; Rehén de ilusiones , de Eliseo Subiela, con Daniel Fanego y Romina Ricci; Los Marziano , de Ana Katz, con Guillermo Francella, Arturo Puig, Mercedes Morán y Rita Cortese y, entre otras, dos películas de animación en 3D ( Plumíferos , con producción precisamente de Campanella, que se estrena el 18 de este mes, y Gaturro , de Gustavo Cova).

Películas con grandes nombres delante y detrás de cámaras; películas que cuenten algo, que apasionen, que diviertan, que emocionen, que nos electricen, que nos hagan reflexionar. A eso hay que apuntar.

Hay varios caminos que la producción local puede intentar para reconciliarse con su público. Las cartas empiezan tímidamente a jugar a favor para hacerlo. En 2008, gracias, a Un novio para mi mujer , y el año pasado, en virtud del éxito de El secreto de sus ojos , mucha más gente vio cine argentino.

Insistir y profundizar por este lado, mal que les pese a unos pocos, es el único y lógico camino a seguir.

psirven@lanacion.com.ar

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