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Volver a pensar la fotografía

Hernán Casciari Para LA NACION

Domingo 14 de febrero de 2010
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BARCELONA

Leo en la prensa económica que, entre las varias empresas que tienen pensado salir a bolsa este año, se encuentra Polaroid, y me sorprende leer el nombre de esa marca tantos años después, justo ahora que la fotografía doméstica se ha convertido en una colección infinita y sin sentido. Me acuerdo de la Navidad de 1981, cuando Papá Noel me trajo la primera Polaroid. ¡Ah, qué alegría tremenda! Era la primera máquina en donde podías ver la foto un minuto después de sacarla. Cuando apretabas el botón rojo se escuchaba un ruido y salía por debajo una foto negra. Había que esconderla de la luz y agitarla durante unos segundos. El momento en que la foto iba llegando era un milagro irrepetible. La Polaroid era el futuro. Pero sobre todo era una máquina que te obligaba a "pensar la foto" (eso que hoy ya no hacemos más). Había que calcular muchísimo hasta encontrar el momento: dudar sobre la necesidad, elegir la forma, desechar paisajes. Generaba nerviosismo decidirse a sacar una foto, porque el cartucho de las Polaroid solamente venía con diez escasísimas oportunidades y era más caro que casi todas las cosas imaginables. La alegría que me causó el regalo de la Polaroid, en mi infancia, fue directamente proporcional a la frustración de ver allí la máquina, arrumbada, con el cartucho vacío. Nosotros éramos pobres, pero no mucho: como todo el mundo. Mis padres podían comprarme, digamos, un cartucho por año. Y diez fotos por año era más bien poco. La mayoría de las veces yo iba por la calle con mi cámara al cuello, pero sin la opción de hacer nada con ella, solamente alardear.

Los que tuvimos este trauma en la infancia estamos a favor de la salida de Polaroid a la bolsa, de su resurgimiento. Estamos hartos de sacarle fotos a todo: a una nube que tiene el perfil de nuestro perro, a la comida, o la oscuridad absoluta para ver si aparecen fantasmas. Los que tenemos millones de fotos guardadas (fotos absurdas e inútiles) necesitamos regresar al trauma Polaroid, a aquellas primeras máquinas toscas que sólo permitían una oportunidad de diez, y nada más había diez oportunidades al año, y los años eran largos, y cuando pasaban, pasaba también la juventud. Ahora, cuando dejo el dedo en el botón de mi cámara digital (clic, clic, clic) y saco cientos de fotos idénticas por segundo, pienso siempre que aquellas épocas de pensar la foto no estaban tan mal. Si hace veinte años una fotografía salía bien, era casi un milagro de entrecasa. La guardábamos hasta que se ponía amarilla, la mostrábamos, los demás nos felicitaban. En aquel tiempo tener una buena foto tenía que ver con nuestra paciencia, con nuestra destreza, con nuestra esperanza. Podíamos sentirnos orgullosos de la imagen. Ahora tenemos tantas fotografías digitales, tantas, que ni siquiera hay tiempo para verlas todas. Muchas veces las descargamos sin mirarlas. Somos más coleccionistas imbéciles que fotógrafos amateurs. Están todas ellas apretujadas en un monitor y jamás recordamos imprimirlas; nos da la impresión de que no valen nada. Tenemos tantas fotos que, en realidad, ya no tenemos ninguna.

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