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Adolescentes sin futuro

Martes 16 de febrero de 2010
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El drama de la deserción escolar está alcanzando en la Argentina niveles verdaderamente dramáticos. Según el obispo de San Isidro y presidente de la Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal, monseñor Jorge Casaretto, hay actualmente en el país 900.000 adolescentes que no estudian ni trabajan. Ello significa que el 17 por ciento de los chicos y jóvenes que hoy tienen entre 13 y 19 años no están recibiendo en este momento los elementos mínimos necesarios para afrontar las exigencias que razonablemente habrá de plantearles la vida en un tiempo cercano. Dicho de otro modo, centenares de miles de jóvenes argentinos están hoy -probablemente sin advertirlo- hipotecando su futuro personal.

El inquietante anuncio fue formulado por el obispo en Salta durante el 47° Curso de Rectores del Consejo Superior de Educación Católica (Consudec), frente a una audiencia que incluía más de 1500 docentes y dirigentes del sistema escolar público y privado.

Las autoridades del Consudec, por su parte, advirtieron que en el conurbano bonaerense 800.000 niños y adolescentes de entre 8 y 17 años no concurren habitualmente a la escuela ni reciben ninguna clase de instrucción. Ante esa realidad, la institución considera que es imprescindible convocar a toda la sociedad a emprender una auténtica "epopeya educativa".

Las advertencias formuladas revisten una gravedad inocultable. El Gobierno y la sociedad en su conjunto deben movilizarse sin demora para tratar de hacer frente a una realidad que amenaza con agravar en la Argentina el drama de la exclusión social hasta llevarlo a límites que escapen a todo control. Por provenir de fuentes de probada e incuestionable confiabilidad, como son las que invoca habitualmente la Iglesia, el llamado de monseñor Casaretto y de los demás informantes reunidos en el Curso de Rectores de Consudec debe ser recibido como un diagnóstico que ensombrece hasta lo intolerable el futuro de la Nación.

Una vez más, fuentes oficiales -como era de prever- pretendieron restarle gravedad al anuncio e hicieron circular cifras algo menores en lo que concierne a los efectos de la deserción escolar. El ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, estimó que el número de niños y adolescentes que están fuera del sistema educativo no es de 900.000, sino de 550.000. Más allá de esa discrepancia numérica, que no niega ni desconoce la gravedad del problema, sino que apenas procura disimularlo cuantitativamente, corresponde preguntarse si el sistema educativo cuenta hoy con los elementos técnicos adecuados para prevenir a tiempo los casos de aquellos alumnos que están en riesgo de abandonar la escuela, sea por sus reiteradas inasistencias, sea por los problemas con que notoriamente tropiezan en su relación con el medio escolar.

En la actualidad, el sistema carece de esos elementos o existen factores que conspiran contra su correcta instrumentación. Eso, sin desconocer, por supuesto, que las causas últimas del problema deben buscarse en los datos de un contexto social cada vez más decadente y desfavorable para los sectores castigados por la exclusión.

Las advertencias formuladas en Salta se basan en fuentes de incuestionable seriedad, pues se han utilizado datos e informaciones provenientes de la Cepal y de la Organización de los Estados Americanos (OEA), así como indicadores del Barómetro de la Deuda Social, que seriamente, desde hace varios años, presenta la Universidad Católica Argentina en relación con la evolución de los aspectos más significativos de nuestra realidad social y cultural.

En el año en que los argentinos nos disponemos a celebrar el Bicentenario, duele comprobar que la educación -uno de los soportes fundamentales del admirable desarrollo alcanzado por el país en 1910- esté hoy marcada por una declinación difícil de revertir. LA NACION debe concentrar todos sus esfuerzos en una revitalización del sistema escolar y de las condiciones sociales y estratégicas que posibiliten el retorno a las aulas de quienes, forzados por circunstancias que, sin duda, los sobrepasan y atrapados por la marginación y el desaliento, han dejado de luchar por su propio futuro y por su propia capacidad de crecimiento espiritual y cultural.

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