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¿2011 o 2010?

Mariano Grondona

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LA NACION
Miércoles 17 de febrero de 2010 • 02:09

El primero de marzo, de aquí a doce días, la oposición cerrará filas para acotar decisivamente el poder de los Kirchner no bien comiencen las sesiones ordinarias del Congreso. Frente a temas tales como los decretos de necesidad y urgencia (DNU), el Consejo de la Magistratura, el apriete financiero a las provincias y el vaciamiento del Banco Central mediante el famoso "Fondo del Bicentenario", el matrimonio presidencial perderá la discrecionalidad que lo acompañó de 2003 a 2010 porque ya no habrá "un" poder, el Ejecutivo, sino "dos", el Ejecutivo y el Congreso, sumándoseles gradualmente un tercero, el Poder Judicial, que tímidamente empieza a renacer. La transición hacia las elecciones presidenciales de 2011 se desarrollará, por primera vez en siete años, bajo el signo de la pluralidad republicana de la Constitución.

Si estuviéramos en un país políticamente "normal", este traspaso de un liderazgo al siguiente se estaría elaborando en medio de un clima de convivencia como el que acaba de caracterizar la transición en Uruguay y en Chile. Pero, como dice el refrán, "hacen falta dos para bailar el tango". A la inversa de Tabaré y Bachelet, los Kirchner han pretendido aferrarse al poder residual que aún les queda, denunciando de paso por "golpistas" a sus competidores.

Esta acusación desconoce un hecho elemental: que ya no quedan golpistas en la Argentina. El agotamiento no sólo del golpismo militar, cuyo canto del cisne ocurrió en 1987 cuando el coronel Rico ya no pretendió derrocar a Alfonsín, sino también del golpismo civil, que tuvo su única expresión en torno de la caída de De la Rúa en 2001, se debe a una larga experiencia colectiva en virtud de la cual ya aprendimos que el golpismo, militar o civil, terminó favoreciendo invariablemente a los "golpeados", convirtiéndolos en mártires y eximiéndolos de pagar la factura final de sus propios desaciertos.

Al negarse a dialogar con sus vencedores del 28 de junio y al extremar las tensiones de nuestra vida política, ¿es este beneficio indirecto el que procuran los Kirchner? Estirando la cuerda de la confrontación hasta volverla insostenible, ¿buscan eludir quizá su culpa por el país que nos dejan? Si los Kirchner ya avizoran el final de su liderazgo, ¿preferirán entonces que sea abrupto en vez de suavizarlo por la vía del diálogo, con el objeto de trasladarles a sus sucesores el alto costo político que tendrá la inevitable rectificación? Al precipitar desde ahora la crisis de su sucesión, ¿piensan anticipar su apuesta ya no en dirección del lejano 2011 sino del inminente 2010? Agravando los temblores que se avecinan, esta política de "tierra arrasada" sería nociva no sólo para ellos sino también para la Nación. Intentarla, no sería racional. Pero los Kirchner, ¿son racionales? Deberá serlo en todo caso la oposición, obligándolos con paciencia y firmeza a que sean ellos y no su sucesor quienes paguen las consecuencias por lo que nos están dejando.

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