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Volver a debatir

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PARA LA NACION
Domingo 21 de febrero de 2010

Para un observador de la sociedad actual, incluida la argentina, resulta llamativa la escasa capacidad que exhibe la gran mayoría de sus ciudadanos para debatir, de modo racional e informado, los problemas que la afectan. Esto es aún más preocupante en los dirigentes, quienes por su propia naturaleza deberían estar especialmente entrenados para encarar tales debates. Basados en informaciones ciertas y argumentos sólidos, tendrían que poder discutir para elegir los caminos por seguir frente a las incertidumbres de hoy y, sobre todo, para enfrentar el futuro. La realidad muestra que rara vez ocurre así.

La escena pública aparece, entonces, notablemente empobrecida, ya que, a diferencia del pasado, casi no existe debate serio de ideas que oponga concepciones, sino que las posiciones contrastantes ante un determinado problema se resumen en agresiones de ramplona vulgaridad. Esa dirigencia nos da el ejemplo cotidiano de un discurso asombrosamente limitado, insólitamente grosero, que ejerce, sin embargo, una poderosa influencia sobre los demás a la que parecen ser ajenos quienes lo generan. Hoy, altas figuras públicas expresan los conceptos más vulgares e insultantes sobre otras personas, incluso representantes de instituciones, sin siquiera tomar conciencia del impacto que ellos ejercen sobre el conjunto de la sociedad debido a la investidura de quien los dice. Se genera así un clima que, en lugar de ayudarnos a evolucionar hacia niveles más racionales y reflexivos, nos hace retroceder, por su violencia, a lo más primitivo e irracional del ser humano.

Con motivo de la celebración del 140º aniversario de la aparición de la nacion, se recordó el editorial que acompañaba el número inicial de Los Debates, el primer diario fundado por Bartolomé Mitre. En ese texto, publicado el 1º de abril de 1852, titulado Profesión de fe, se afirmaba: "El que discute no combate. El que discute por la palabra escrita o hablada renuncia a dirimir su cuestión por las vías del hecho... Discutir es, pues, rendir homenaje a la razón".

La actual pérdida de esa capacidad de discutir está estrechamente ligada a la crisis de la educación. Era precisamente la escuela la encargada de establecer la relación entre la identidad cultural y la esfera pública, como bien lo hace notar el pedagogo italiano Adolfo Scotto di Luzio, quien se ha ocupado de este problema. El profesional sostiene que el ejercicio del "arte civil del discurso" es una de las contribuciones más importantes de la educación a la democracia. En el pasado, la formación escolar demostró cómo resulta posible dirigirse de manera seria y racional a un gran número de personas. Los maestros eran los responsables de cultivar ese arte civil, enseñando a sus alumnos a escuchar, a valorar argumentos, a optar por los más relevantes y a responder a la crítica, expresando con coherencia sus propias opiniones. Lo hacían proporcionándoles saberes concretos y, también, el instrumento para ejercer ese arte: el dominio de la lengua. No la lengua concebida como simple herramienta útil tan solo para el intercambio comunicativo, como lo es hoy, sino ligada a la capacidad de analizar contenidos intelectuales complejos y de expresarlos de manera sencilla y elegante.

La escuela que cumplía esa función, la que rendía homenaje a la razón, se ha ido desvaneciendo con el tiempo. Para comprobarlo, basta con encender nuestros televisores. Allí aparece el descarnado empobrecimiento del lenguaje y, a la vez, la decadencia que experimenta el "arte civil del discurso", lo que reviste una importancia crucial para el devenir de los procesos políticos en las sociedades democráticas. Hablar bien la lengua hace bien a la democracia, ya que "lengua corrupta equivale a democracia corrupta". La escuela debería proponerse reconstruir culturalmente al protagonista político de la democracia, comenzando por darle el dominio del lenguaje que le permita comprender y expresarse, volver a debatir.

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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