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Una regresión a los 80

Carlos Melconián Para LA NACION

Martes 02 de marzo de 2010
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La decisión del Gobierno de redoblar la apuesta desdoblando el DNU 2010/09 en nuevos decretos de necesidad y urgencia para sacarle los US$ 6500 millones al Banco Central es, económicamente, lo mismo que hasta ahora, pero tiene tres vertientes: la política, la jurídica y la económica.

Políticamente, sigue siendo una movida de dudosa institucionalidad, provocativa y desafiante para con un Congreso que, a diferencia de diciembre pasado, ahora está funcionando. Ratifica la estrategia oficial de no enviar como Dios manda un proyecto de ley al Parlamento. Insiste en un decreto, "más prolijo".

Jurídicamente, la ofensiva significa ningunear fallos de la Justicia que ya han resultado adversos. Reconocidos institucionalistas siguen afirmando que el único camino para aprobar el uso de las reservas es el legislativo.

Por lo tanto, la política y la judicial siguen siendo dos vertientes intrincadas y a final abierto, con la diferencia de que, a priori, esta vez ha habido "pelito pa´ la vieja" en materia de transferencia de fondos al Tesoro.

En lo económico, desde el punto de vista macro y sus consecuencias, poco y nada cambia con respecto a lo anterior. El Fondo del Bicentenario fallido venía a blanquear, y no a subsanar, el problema fiscal de la Argentina, y los nuevos decretos reafirman la misma idea. Lo relevante es que las cuentas fiscales y las del BCRA volvieron a mezclarse en un esquema de caja única, porque el Gobierno no dispone de otro tipo de financiamiento. El Tesoro anexó al Banco Central como mecanismo de asistencia permanente.

Las consecuencias concretas de esta regresión en materia de inflación e impacto sobre la gente estarán dadas por la magnitud del agujero fiscal y por la emisión monetaria que genere.

Por eso, conceptualmente, queda ratificado que la macroeconomía argentina está entrando en una regresión ochentista. El rasgo más distintivo es que el sector público consolidado, Tesoro y provincias, tiene déficit fiscal antes de los servicios de la deuda pública, y que el Banco Central no sólo usa reservas, sino que además tiene que emitir pesos para que el Tesoro se financie con el impuesto inflacionario. La Argentina está todavía lejos de las magnitudes de los desbarajustes macro de aquella época, pero le queda de herencia a futuro para el que le toque, incluida esta misma administración.

Corre al mismo tiempo con una enorme ventaja: la Argentina posee hoy un ancla externa, cuando el clima acompaña, que son los dólares de la soja, que no existía en el pasado.

El meollo de la regresión es que el BCRA volvió a ser el álter ego del sector público, "el otro yo". Doméstica y económicamente no quedan dudas. Externa y jurídicamente será otro cantar, que no está tan claro. El Banco Central es un apéndice financiero del Tesoro. Así era cualitativamente en los 80. No tenía objetivos propios, era un eslabón del financiamiento del sector público.

En 2009, el ochentismo asomó. Este será el año de la regresión completa, porque el agujero fiscal en pesos y en dólares es más grande y sigue sin haber financiamiento genuino disponible. El sector público utilizará al máximo la asistencia del BCRA y eso dejará las consecuencias mencionadas.

A esta altura, tanto el déficit fiscal como la tasa de inflación se están convirtiendo en fenómenos permanentes y no pasajeros, que condicionan el futuro. No será fácil dar vuelta un deterioro fiscal tan marcado como el de los últimos años ni revertir 55 meses consecutivos de inflación de dos dígitos anuales y en ascenso.

El autor es economista y socio de la consultora M&S

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