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La política del discernimiento

Mori Ponsowy Para LA NACION

Miércoles 03 de marzo de 2010
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Los buenos escritores de ficción suelen quejarse de la cantidad de tiempo que dedican a investigar temas que desconocen, para al fin usar apenas una o dos frases relacionadas con todo lo investigado. Pueden pasarse horas en el Botánico mirando plantas y árboles, anotando la forma de las hojas, olfateando flores y ramitas, para que después en la novela todo se resuma en una sola oración que, para colmo, no parece tomar nada de lo investigado. Sin embargo, al escritor no le importa demasiado el tiempo perdido: sabe que para que la escena sea rica y verosímil debe dar suficientes detalles. Otro secreto del oficio, según John Gardner -el maestro de Raymond Carver-, es usar un lenguaje concreto, en vez de abstracto. "Si el escritor dice criaturas en vez de víboras -afirma Gardner-, si queriendo impresionar al lector con un lenguaje erudito usa términos como maniobras hostiles en vez de palabras certeras como azotar, enroscarse, escupir, silbar, si en vez de la arena y las rocas del desierto habla de la morada inhóspita de las víboras, el lector no sabrá qué imagen evocar en su imaginación."

Este énfasis en lo concreto y en la atención al detalle que caracteriza a la buena literatura me ha hecho pensar en el énfasis contrario que a menudo parece caracterizar a la política. "O están con nosotros o están en nuestra contra", afirmó George W. Bush en noviembre de 2001. Exactamente ocho décadas antes, en noviembre de 1920, Lenin había dicho algo similar: "Cada hombre ha de elegir entre sumarse a nuestro bando o al bando contrario". También Mussolini, en decenas de discursos pronunciados a lo largo y ancho de Italia, afirmaba " o con noi o contro di noi ", y Brezhnev justificó la invasión de Praga diciendo que "el mundo está dividido en dos sistemas opuestos". Ni la izquierda ni la derecha están libres de tales exabruptos; ambas caen en la tentación de olvidar las diferencias -¡los detalles que hacen la vida!- y de intentar hacernos creer que todas las ideas pueden catalogarse mediante compartimentos ideológicos estancos. Tampoco hace falta recurrir a la historia universal para encontrar ejemplos de lo que podríamos llamar mala praxis literaria en la política: el pasado y el presente argentino son hervideros de disyunciones de este tipo, de simplificaciones que despojan a la realidad de su riqueza y sus matices, para convertirse en eslóganes publicitarios al servicio de la venta de un producto: los políticos, los grupos de interés y los medios que los pronuncian.

Recordando o escuchando frases como ésas, altisonantes, dichas con índices acusatorios, me pregunto dónde quedamos todos los que osamos descreer de la falsa obligación de decidir entre un lado y otro, todos aquellos que no estamos ni con Bush ni con los terroristas, ni con Braden ni con Perón, ni con el Gobierno ni con el campo, porque creemos en el derecho a tener una identidad propia y a discernir entre un árbol y otro, como hace la buena literatura, notando las diferencias entre un olmo y un abedul, entre apamates y araguaneyes, entre el gentil resguardo de un fresno y la sombra escueta de cualquier álamo.

"Discernir". Creo que ésa es la palabra clave, la que abre la puerta a la riqueza de la vida, de la literatura y -me atrevo a aventurar- también de la política entendida no como mera búsqueda del poder, sino como posible fuente de tolerancia y camino hacia sociedades más justas. Discernir supone reconocer que, aunque sea de noche, no todos los gatos son pardos, ni malas todas las decisiones de un gobierno que no nos gusta, ni buenas todas las propuestas de uno que sí. Claro que dejar el discernimiento de lado para zambullirse en generalizaciones manidas es mucho más fácil: no requiere ningún esfuerzo y la tentación de hacerlo acecha en cada esquina.

Todos generalizamos, muchas veces sin querer o sin darnos cuenta, y caemos en estereotipos y prejuicios. Discernir, en cambio, diferenciar, investigar, separar la paja del trigo -como hacen los buenos escritores, los científicos y los estudiosos de las ciencias sociales honestos- supone ejercitar el pensamiento propio cada día, en vez de arrojar cada cosa que parezca verde en la categoría "árbol", a cada persona próspera en la "derecha", a todas aquellas que pronuncien seguido la palabra "pueblo" en la "izquierda"? o todo acto aparentemente clientelista entre los pecados capitales, y cualquier defensa del gasto público en señal de un camino que lleva al peor de los infiernos. Basta un paseo atento al Botánico para darse cuenta de que no todos los árboles enanos son bonsáis ni carnívoras todas las plantas con pelitos pegajosos.

"La política es el gran generalizador", dice Philip Roth en su novela Me casé con un comunista . Y continúa: "El impulso que nos lleva a individualizar es literatura. ¿Cómo se puede ser un artista y renunciar a los matices? Como artista, los matices son tu misión. Tu misión es no simplificar. Incluso si decidieras escribir de la manera más simple, a la Hemingway, la misión sigue siendo comunicar los detalles, dilucidar la complicación, implicar la contradicción. No borrar la contradicción, sino ver dónde, en medio de la contradicción, yace el atormentado ser humano".

Se me ocurre que quizá convendría pensar más la política como un arte que como se la ha venido entendiendo desde que Maquiavelo escribió El príncipe y difundió la idea -hoy ampliamente aceptada por sociólogos y politicólogos, aunque no siempre confesa por sus verdaderos protagonistas- de la política como técnica cuyo fin es obtener y conservar el poder. En todo caso, aun suponiendo que anhelar arte en los políticos sea un desvarío, quizás al menos la sociedad haría bien en exigir una concepción y una práctica política más generosas -más artísticas- por parte de sus gobernantes y de todo aquel con aspiración a serlo, sobre todo porque reconocer las diferencias y aprender la difícil tarea de pactar a pesar de ellas, sin pretender anularlas, tal vez sea la esencia de la democracia, un sistema en el que también las minorías tienen voz, en el que los matices cuentan.

Discernir, dejar atrás las generalizaciones e intentar desembarazarse de prejuicios supone, para todos -¡izquierda y derecha, peronistas y no!- un desafío intelectual trabajoso y muchas veces incómodo. Para colmo, el desafío también es emocional, pues la mayoría de los prejuicios son irracionales, obedecen más a la pasión que al intelecto y provienen de lo aprendido no en los libros, sino por ósmosis desde pequeños en los círculos a los que pertenecemos. Todo esto hace de prejuicios y generalizaciones vicios obstinados, difíciles de erradicar.

En el tercer episodio de La guerra de las galaxias , cuando el lado oscuro se apodera de Anakin Skywalker, él le dice a Obi-Wan Kenobi: "Si no estás conmigo, eres mi enemigo", a lo que Obi-Wan responde: "Sólo un sith piensa en absolutos". George Lucas, autor y director de esa saga, modeló la historia en mitos tomados de las más diversas culturas, y fue al estudiar la mitología universal cuando encontró que tanto la búsqueda compulsiva del poder como la tendencia a clasificar la compleja infinitud del mundo en compartimentos estancos solía ser un rasgo típico de los personajes "oscuros".

¿De dónde el vínculo de la oscuridad y los absolutos? ¿Por qué esa insistencia de Gardner, Roth, y tantos otros, en prestar atención a los detalles? Es que sin detalles la imaginación y la empatía permanecen dormidas; no creen lo que les están contando; no tienen manera de identificarse con el personaje. Por eso es fácil odiar cuando no se conoce al enemigo: si es sólo un "extranjero", un "bárbaro", un "gorila", un "cabecita", nuestro afecto no está en juego; se trata de un Otro que no tiene nada que ver con nosotros. En cambio, la desconfianza y el odio son barridos por el reconocimiento de nuestra común humanidad cuando conocemos las pequeñas cosas que hacen la vida del otro -su nostalgia al cantar melodías del viejo terruño, el amor que pone en el cuidado de sus hijos, su manera de cruzar las manos sobre la mesa o de hacer bolitas con la miga del pan cuando está nervioso.

La mejor literatura, el arte verdadero, los historiadores honestos, huyen de las generalizaciones. Tal vez la mejor política también lo haga, pues sabe que el discernimiento es la base de la justicia, del verdadero humanitarismo. Albert Camus decía que los absolutos no dejan lugar para la belleza. Creo que a eso se podría agregar que tampoco dan cabida a la bondad, ni a la ternura. La vida y las acciones humanas están hechas de detalles, de matices, de gestos. Simpaticemos con el bando que sea, ignorar esa riqueza tergiversa la verdad, la empobrece y, lo que es peor, nos convierte en marionetas sujetas a intereses que no favorecen nuestro bienestar, sino la acumulación del poder en manos que no nos representan. © LA NACION

La autora es escritora; su último libro es Mujeres y políticas argentinas

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