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De la inocencia del piropo a la violencia sexual

Entre un halago y una agresión de género puede mediar una sutileza o una obscenidad explícita; expertos reflexionan sobre ese espectro

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LA NACION
Domingo 07 de marzo de 2010 • 16:27
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Tema de conversación entre amigas, colegas, familiares, el piropo puede interpretarse de formas diversas: muchas veces como un halago, pero otras como una ofensa. Aunque es difícil establecer la diferencia, en cada caso puede percibirse a cuál de los dos tipos corresponde. Lo cierto es que cualquier mujer que transite por la vía pública sabe que le dirigirán una palabra o una frase haciendo alusión a su cuerpo o a su sexualidad. Esta relación siempre pasajera encierra algo más que una frase efímera. Lejos de quedar en el aire, esas palabras o gestos pueden atravesar a la mujer, transformándose en algo distinto a un elogio.

Según María José Lubertino, legisladora porteña y ex titular del Instituto Nacional contra la Discriminación y la Xenofobia (Inadi) , se trata de ver qué se dice y en qué contexto, para no caer en generalizaciones. Para que el piropo no se transforme en violencia, aclara, debe existir reciprocidad. "Las relaciones interpersonales se juegan de a dos. A veces hay agrado por quien recibe el piropo, pero en otras ocasiones puede ser una molestia, y la percepción de que algo es indeseable se siente casi inmediatamente. El problema es cuando a los varones les falla la percepción", relató a lanacion.com.

Relevancia y urgencia. Se denomina feminicidio al asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad. Según un informe presentado por la asociación La Casa del Encuentro, en 2009 se registraron 231 feminicidios, y un incremento del 11% de asesinatos por violencia sexista con respecto a 2008. Frente a esta forma de agresión de género, la violencia verbal podría parecer irrelevante. Cuestiones como la violación, el acoso sexual laboral y la trata de mujeres, parecen ser más urgentes que las agresiones verbales en la vía pública.

Sin embargo, desde otra óptica, podría considerarse al acoso verbal como el huevo de la serpiente. "La violencia empieza con la palabra", explicó a este medio la psicóloga y periodista especializada en género Liliana Hendel. "Es una espiral que comienza con un dicho en tono excesivo, con un empujoncito. Cuando se pregunta por el piropo, se pregunta sobre el inicio, y en el camino de la violencia, desde el comienzo hasta el final, que es la muerte, nada es un dato menor".

Alcance de la ley. La ley de violencia de género aprobada en marzo de 2009, denominada "Ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en que desarrollen sus relaciones interpersonales", considera al medio verbal y simbólico como uno de los tipos de violencia hacia la mujer. la legisladora porteña de la Coalición Cívica y estudiosa en temas de género, Diana Maffía, observó que es importante que la ley se haya sancionado, pero aclaró que "para que se transforme en un derecho subjetivo, ejercido, hay que ver cuáles son los caminos, quiénes son los responsables de hacerla cumplir, y de qué manera se van a difundir esos derechos".

La violencia verbal es una de las más difíciles de erradicar, más aún si se produce en la vía pública, de parte de desconocidos hacia desconocidas. Resultaría hasta cómico pensar en idear una forma de tipificar piropos, o registrarlos para sancionarlos. "No creo que el problema pueda resolverse por la vía de las penalidades, es un trabajo educativo", reflexionó Lubertino. Maffía coincidió con la idea de que hacer leyes que penalicen el piropo sería algo grotesco: "La misma palabra puede ser ofensiva en una circunstancia y agradable en otra. En general, la vía de la prohibición no es el camino adecuado".

Colas y lolas en TV. Los medios de comunicación influyen en la forma en que los hombres se dirigen hacia las mujeres. Para Maffía, la idea de la superioridad masculina es reafirmada en los medios. Guadalupe Tagliaferri, Directora General de la Mujer del gobierno porteño, lo ilustró con un ejemplo: "Si en la televisión se muestra una cola como fenómeno de algo bárbaro y se hace rating con eso, difícilmente un chico no le diga a una chica una grosería por la calle. ¿Cómo va a entender que decirle a la compañerita que tiene buena cula no es algo bueno? Como siempre, el trabajo de concientización debe hacerse por la vía de la educación, desde las escuelas, pero también desde las instituciones y las prácticas culturales".

En muchos casos, el piropear se transforma en una actitud sistemática, que va más allá de la atracción hacia una mujer en particular, y pasa a ser dirigido a cualquiera que camine por la calle. La pregunta que surge es qué buscan los hombres cuando dicen palabras groseras, de contenido sexual, a las mujeres que ven transitar. "Muchas veces, cuando los piropos ocurren con otros varones, no tienen que ver con lo que se le diga a ella, sino con una confirmación de la propia hombría frente a los ojos de otro varón, en una especie de masculinismo militante", aseveró Norberto Inda, psicólogo y asesor en cuestiones de género de Unesco. "Es algo que quedó naturalizado, y que forma parte de la afirmación de la propia virilidad", añadió.

Toco y me voy. Una de las características principales del piropo obsceno es que se produce en forma pasajera. No se dice a la mujer que está haciendo la fila en un banco, o en la sala de espera de un hospital, sino desde un auto en movimiento, o cuando la pasa frente a un grupo de varones, como ejemplos típicos. Inda explicó que eso tiene que ver con la suposición de que el otro no es un sujeto, sino un objeto que, en este caso, está destinado a satisfacer la propia pulsión: "La calidad de objeto del otro, que muchas veces es sólo una parte de la anatomía, como la cola, tiene que ver con algo pasajero. Si me quedo, puede aparecer una persona completa, un ser humano. Es condición básica esta cosa de no permanecer" planteó el especialista.

Desarrollo cultural. Cualquier mujer que haya caminado por las calles de alguno de los países denominados desarrollados, como Estados Unidos, o Alemania, habrá notado que allí decir groserías a las mujeres en la vía pública, lejos de ser costumbre, constituye una excepción a la regla. En América latina, en cambio, es algo normal y hasta esperado. "Es una cuestión cultural y responde a qué lugar ocupó la mujer históricamente en esos países", observó Tagliaferri. Con un análisis de las sociedades latinoamericanas, Inda ahondó en lo que denominó una doble moral entre el amor cariñoso hacia las esposas, madres y hermanas, y la existencia de la sexualidad en otro territorio, el de las mujeres que van por la calle. "Por un lado -diferenció Inda- está la iconografía religiosa de la santa madre, y por el otro está la mujer puta".

Antes y ahora. ¿Acaso cambió la forma en que los hombres se dirigen a las mujeres en la vía pública? En una mirada nostálgica al pasado cercano (no más de cuarenta años), podría imaginarse que los piropos no excedían siquiera los límites de lo elegante. Liliana Hendel miró hacia atrás, en su propia experiencia, y desmintió esa idea: "El piropo obsceno en la calle sigue siendo tan aberrante como era antes. No creo que esto haya aumentado, sólo creo que no logramos que retroceda, que los varones tengan conciencia de que es ofensivo".

"A las mujeres también les gusta"


La frase pertenece a cantidad de hombres y mujeres que, haciendo alusión a la forma en que se visten, maquillan y perfuman las mujeres, señalan el otro lado de la historia, el de jóvenes y señoras que buscan ser piropeadas, miradas, ponderadas. Aunque no exista (ni vaya a existir) un censo sobre qué cantidad de mujeres se siente denigrada cuando las palabras o gestos que se le dirigen tienen un significado sexual agresivo, es cierto que existen determinados momentos para cada frase. "Un piropo puede ser considerado agradable en una fiesta, pero molesto a las cuatro de la tarde cuando estoy caminando por Tribunales haciendo mi trabajo", distinguió Lubertino.La legisladora Diana Maffía aportó una visión sobre la lógica subyacente a la violencia de género, en la cual se supone que hay lugares determinados que las mujeres y los varones tienen que ocupar. De esta forma, si una mujer se sale de ese lugar, hay que volverla violentamente a donde le corresponde. Maffía propuso un ejemplo persona. Aseguró haber sufrido ese tipo de acoso en la Legislatura, en pleno ejercicio de sus tareas. "Si un diputado me dice: «Qué lindo escote tiene su camisa», lo que está tratando de hacer es sacarme del papel en el que estoy, que es el papel de una par discutiendo una norma, y ponerme en el papel de un objeto de contemplación sexual. Esta es la violencia", concluyó.
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