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La rotura del tejido social

Opinión

Hace unos diez años, se realizó en Santiago de Chile un seminario organizado por la sección latinoamericana de la Internacional Socialista, para debatir la relación entre desarrollo económico y justicia social. Asistieron, entre otros, Felipe González, los principales dirigentes del gobierno de centroizquierda chileno, varios políticos latinoamericanos -entre ellos, el vicepresidente uruguayo, Danilo Astori- y Guillermo Estévez Boero y Juan Carlos Portantiero por la Argentina. Ricardo Lagos, entonces ministro y luego presidente de Chile, dijo una cosa impactante: que su país había logrado en una década grandes victorias y que había tenido un gran fracaso: 1) había bajado la pobreza y el desempleo y mejorado los estándares en salud, educación y seguridad social, y 2) que, pese a ello, había aumentado la brecha entre ricos y pobres, o entre los más ricos y el resto de la sociedad.

Felipe González, con la agudeza de siempre, respondió que ése era un drama de casi todos los países en la era del "capitalismo tardío" y que el gran desafío para las democracias modernas era corregir esa profunda distorsión, ya que podía llegar un momento en que la desigualdad podía hacerse insoportable para los pueblos. Es lo que está pasando hoy en España, que tras los años de opulencia, consumismo y boom inmobiliario cayó en una recesión que la ha convertido en el país con el más alto desempleo en Europa (20%). Pero el factor económico no es el único que influye, ya que también la inmigración (africana, asiática y del este en Europa, hispana en Estados Unidos) contribuye a promover grandes desequilibrios sociales. Y en cuanto a América latina, la "pobreza estructural", que es una especie de endemia que parece que llegó para quedarse, está creando problemas similares a los de la inmigración.

Porque, en realidad, los nuevos pobres y marginales son una especie de inmigrantes, de extranjeros en su propia tierra, pese a haber nacido en ella y hablar la misma lengua. Hubo una fórmula inventada por los sociólogos de las décadas del 60 y el 70 que ilustraba muy bien esta situación, que en aquella época recién estaba emergiendo: la ruptura del "tejido social", entendiendo por éste la red de lazos sociales, económicos y culturales que mantenían un relativo equilibrio, con una clase media que ocupaba el centro del escenario, los estratos medio-altos y los sectores populares que podían acceder a la educación, la salud y demás servicios sociales.

Ese tejido, esa urdimbre, esa trama, se fue deshilvanando hasta romperse y dar lugar a nuevas y profundas desigualdades sociales, que están en la base de los grandes problemas que azotan a la sociedad argentina: la inseguridad, la violencia urbana, el abandono de la cultura del trabajo, el desprecio a la vida (la ajena y la propia), la deserción escolar.

Este es un proceso que viene de lejos, y no se trata de un mal exclusivamente argentino. Como decía Felipe González hace una década, se trata de un mal del capitalismo moderno, que afecta de una manera u otra a todos los países. La crisis del Estado de Bienestar ha sido otro de los grandes temas del debate político y social de las últimas dos décadas, y se trata de una crisis que, pese al paso del tiempo y de los cambios de gobierno y de políticas, no ha podido ser superada. El ahondamiento de la brecha entre los más ricos y el resto de la sociedad ha sido uno de los fracasos de los excelentes gobiernos de la centroizquierda en Chile, como lo admitió Ricardo Lagos y como ha quedado de manifiesto en el reciente y devastador terremoto, que dio lugar a un terremoto social de igual intensidad. © LA NACION .

Julio César Moreno Para LA NACION
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