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El zapatero prodigioso

Tarda 4 meses en terminar una obra. Hace menos de 100 por año y cobra 2200 euros cada par. Norman Vilalta es el artesano argentino en zapatos que consultan en Europa. Pero él asegura que no está ni estará de moda. Jamás

Domingo 14 de marzo de 2010
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LA NACION

Nunca se hizo un tatuaje, pero está pensando en el primero; le ocupará todo un brazo. Puede dedicar 16 horas de trabajo corrido al armado de una pieza. Puede arriesgar y perder un matrimonio por esas horas. Dice -cuantas veces puede- que le gusta mucho su mujer, no las mujeres. Sus movimientos atolondrados acompañan su facundia. Se califica como "un tipo extremo" y cuesta pensar que este hombre sea argentino: su voz precipitada huele a Catalunya. Norman Vilalta es un abogado madrynense de 38 años que en 2002 iba a hacer un master in ló (será la primera pero no la última conquista del catalán sobre el lunfardo) y terminó en Florencia, en un taller de zapatos.

Hoy es uno de los bespoke shoemaker más reconocidos del mundo. Es, en criollo, un artesano zapatero que tiene su taller en Barcelona, donde lo buscan clientes como Ferran Adrià y Jaime Marichalar, ex esposo de la infanta Elena de Borbón. Es un argentino que se dio cuenta a los 32 años que no quería ser el mejor abogado, pero sí un gran zapatero. Es un tipo con una remera blanca, jeans con historia y atisbos de carcajada, que hace menos de 100 pares al año y los cobra arriba de 2200 euros. Sí, mil el izquierdo y mil el derecho.

-No vas a los desfiles de moda...

-No me quiero meter en el mundo de la moda.

-¿Lo peor que puede pasarte es que digan que estás de moda?

-Los zapateros nunca nos pondríamos de moda. La moda pasa, es un mundo muy vacío, donde se pone en evidencia la mediocridad. Nosotros, en cambio, resolvemos zapatos con artesanía. Ojo, en la moda también hay cosas sublimes: Valenciaga, Dior; y zapateros como Roger Vivier: un gran diseñador.

-¿Por qué el tuyo es mejor que un zapato de alta gama, industrial?

-Porque hago uno solo, en el mundo hay sólo un zapato como ése. Y punto, se acabó. Ni hablar de la calidad y los materiales. Un zapato de alta gama no guarda relación en calidad-precio (un Louis Vuitton sale 70 euros), o Praga, que los hace en China, por ejemplo. Sólo la piel que uso cuesta eso.

-Si ponemos 100 pares de zapatos, entre los cuales hay uno tuyo. ¿Lo reconocerías al instante?

-Sí. Por mi línea, mi mano. El diseño es asimétrico: son distintos del lado interno que del externo.

-¿No hay nadie que los haga así?

-No.

-¿Y si aparece alguien?

-Pues entonces llegó a la misma conclusión que yo. Si alguien lo hace así y además lo cierra así... ¡le quemo el taller!

Ríe pero atrapa su cigarro con la comisura. La boca se transforma en una arruga gruesa. Vuelven a ser dos labios cuando cuenta que viaja a Londres a tomar las medidas de unos pies que pertenecen a una billetera que puede costear su arte. Filma el proceso de cada par, arma una peli en su Mac y se la envía al dueño, que participa en el diseño.

"Un zapato usado es más lindo que uno recién entregado: uno es bello; el otro, hermoso, como una sueca."

-¿Tu mujer es sueca?

Ríe y responde rápidamente:

-No. Es española. Yo distingo mucho la hermosura de la belleza. Hay zapatos de una enorme belleza, pero no son hermosos: están rotos, el material no es uniforme. La hermosura es una belleza simple y fácil de entender. Una sueca es una mujer de proporciones simétricas: rubia, nariz perfecta, forma de ojos bonita. Rosie de Palma no es hermosa, es fea, pero tiene una belleza cautivante. Mis zapatos son hermosos cuando los entrego; te podés ver en la suela, es un espejo. Pero con el tiempo empiezan a deformarse, lo justo como para que no se desvirtúen. Empiezan a coger la forma del cliente, comienza a gastarse el cuero y al lustrarlo se oscurece la parte más ajada. Es más sutil e importante la belleza que la hermosura.

-Tenés más clientes hombres. ¿Qué tipo de mujer es la que te busca?

-La que quiere un trabajo muy especial, taconazo. Ellas tienen otra forma de comprar. A los hombres les cuesta muchísimo más variar; las mujeres quieren otra cosa y ya. Un proceso de un zapato mío, de 3 o 4 meses, es muy complejo.

-¿Por qué duelen los zapatos de taco?

-Porque el pie no está preparado para llevar una altura de 12, 10 u 8 centímetros. Estás cargando todo el pie sobre el metatarso. Hay forma de hacerlos para que no duelan, o que no duelan tanto. Pero no es un zapato para caminar: el zapato de tacón es un pedestal para una escultura. Es increíble: una mujer en zapato de tacón se ve de otra manera; es sexual. Es para subirse a un auto, que la lleven a cenar, a una ceremonia. Tiene que ver con la conquista. Le cambia las líneas de la pierna y la hacen al hombre mucho más apetecible. Hasta la postura del cuerpo cambia: los pechos, la cola y los músculos de la pelvis tienen un equilibrio particular. No soy médico, eh. Da mucho poder a las mujeres.

-¿Tiene sentido que duela?

-Si te gusta el durazno, aguantate la pelusa.

Tiene los dientes parejísimos y los muestra sin empacho. Dice que se siente obligado a reír porque lo acusan de serio.

-No, no tiene sentido que duela.

-¿Pero existe ese que puedas caminar sin que duela?

-No tan alto.

-¿Los fetichistas de los zapatos saben algo que los demás no?

-Es la sensibilidad. No soy profundamente fetichista, pero estoy a favor de ellos... Los zapateros lo somos un poco, pero no del pie, del zapato. Ellos han entrado a una habitación a la que no todos: la piel, el olor del cuero, los lustres, las curvas de mis zapatos son muy amables.

No utiliza clavos de metal; usa, para el forro, lo que Manolo Blahnik para el corte. Sólo trabaja por encargo y hace las hormas de acuerdo a como viste su cliente: jean, traje o para escandalizar. Sin embargo, los mejores zapatos no son suyos, sino de muchos. "La alpargata catalana es el mejor diseño de calzado. Son bellísimas; es una síntesis de tres materiales con un gran sentido estético. Hermès y Christian Dior las han hecho, en versión tacón, lo que quieras, pero las han hecho".

-¿Una ojota es un insulto o el invento de un vago?

-Dejame pensar mientras río. Hay miles de años de tradición de zapatería en una ojota. Lo único que han cambiado son los materiales. En Egipto ya había ojotas. Es un invento de un inteligente: practicidad.

-¿Cuáles fueron tus primeros zapatos?

-Los primeros que recuerdo haber elegido fueron unos náuticos de cuero con lona verde, en el 89. Siempre tuve un sentido estético para vestir.

-Sos de los 80... ¿no usaste Kickers?

-No, no me gustaban. Mi hermano tenía.

-Según has dicho, tenés un estilo barroco, ¿cómo es la lucha por hacer un diseño más limpio?

-Un reto. Tiene que tener una armonía. Pero es algo que está cargado de información estética. Esto -muestra un trabajo- tiene mucha información, pero está simplificado: no tiene ni ojetes [N. de la R.: un españolismo para designar "ojales", en una nueva demostración de que el "partido lingüístico" va Madre Patria 1-Argentina 0]. Quería simplificarlo lo más posible. Tiendo a agregar cosas; es un ejercicio duro para mí.

Vilalta juega. La pieza que muestra la hizo con 4 herramientas: pinza, lija, vidrio y martillo del abuelo pescador. Con ése le hacía las medias suelas a sus hijas. Su mamá lo recuperó y se lo regaló. Ahora, lejos de su Madryn natal, habla del wabi-sabi, estética japonesa.

Estamos en el fondo del negocio de los Correa, legendaria zapatería porteña a la que Norman se acercó hace unos años, cuando comenzaba a pensar sólo en zapatos. Cree que el que tiene puesto es el mejor par que hizo. Fue una prueba de materiales, hace dos años, cuando trabajaba sobre otras hormas. Son de rafia y están ajados. A Daniel, uno de los dueños de Correa, le explota la boca de risa.

-¿Extrañás?

-Cómo no voy a extrañar. Yo me vine de Madryn a Buenos Aires a estudiar y me quedé. Luego, Europa. Pero mi casa, mi lugar, es Puerto Madryn. Yo no siento la lejanía, mis padres sí; es más complejo para ellos. Cada vez que vengo es como si me hubiera ido hace media hora.

-¿Qué hacés para mitigar la nostalgia?

-Escucho la [radio] Rock & Pop, para nunca pensar en volver. [risas]

Extraña "la proximidad de la gente", porque "aquí la diferencia la hace la gente, no las cosas que pensamos. Somos un desastre como país, una sociedad bastante mediocre y fracasada. No sé en qué somos mejores: no somos ni italianos ni españoles, somos apenas parecidos a ellos, mayormente en las cosas malas. Pero tenemos algo que es nuevo, muy diferente: el calor humano, el inventarse. Estamos muy vivos; en Europa no sé si están tan vivos. Son más inteligentes: han hecho las transfugueadas durante siglos antes que nosotros, aunque nosotros creemos en la viveza criolla".

-¿Cuánto valen tus manos?

-Si pudiera cantar como el Polaco Goyeneche, te regalo la izquierda. Me gustaría hacer zapatos como cantaba el polaco.

-¿Y cómo pensás que los hacés?

-Con el alma. Pero lo que yo hago no es importante.

-¿Cuándo considerás que está terminado un zapato?

-Es una buena pregunta... Cuando los resuelo, los pongo en horma, los martillo, los lustro... ¡y no sabés lo que son esos zapatos!

-¿Ahí está terminado?

-No, porque vendrán y vendrán y el zapato estará mejor.

-Entonces, ¿nunca terminaste uno?

-No. Si lo mirás así, no. Es la vida del zapato que va, que tiene una historia.

-No la terminás vos.

-No.

Comparado con los grandes

Se dice que su trabajo es de la calidad de los que salen de los talleres londinenses de Foster & Sons y John Lobb (también en París), Berluti, en Milán, y Stefano Bemer, en Florencia. El primero nació en 1840. Lobb es el fabricante a medida más importante del mundo. Berluti existe desde 1895 y Stefano Bemer es quien le abrió las puertas al argentino para aprender el oficio (en Los Angelitos, cuando preguntó, le dijeron que ya era tarde para él: era viejo). Se dedica por completo a este arte desde 2002 y ya lo comparan con tiendas legendarias.

Más datos

www.normanvilalta.com

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