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Doce canciones en el camino de Fito Páez

Pasado mañana se edita su nuevo disco, Confiá

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LA NACION
Domingo 14 de marzo de 2010
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Un Páez que mira a otro Páez. ¿O no son acaso dos tomas del mismo Páez? La vacilación, la duda que provoca la imagen de tapa parece el mejor resumen para Confiá , ya sea como acto deliberado (Alejandro Ros, el responsable del arte, escuchó el disco, masculló las canciones, pensó, elaboró, trazó líneas, buscó al doble adecuado) o por prepotencia de sincronía (de las que gambetean razonamientos y deducciones para dar de pleno en el concepto).

Porque es sobre el autor, la idea de autor, el lugar de esta idea en el mundo de hoy y los espejismos que ha producido lo que sugiere (lo que me sugiere) la tapa y predispone para la escucha de las doce canciones que forman este todo, aquí y ahora, y que llegará a las disquerías pasado mañana.

Hay ya un sonido paezziano . Y es ahí, en el lugar del autor, donde este disco se convierte en descanso y sorpresa, tan reconocible y tan distinto, tan a años luz de Rodolfo , su álbum anterior, de 2007, en el que la voz y el piano eran los protagonistas excluyentes.

El rosarino se empapó de energía y electricidad en los shows del Luna Park para luego dar forma a las doce canciones de su nuevo álbum
El rosarino se empapó de energía y electricidad en los shows del Luna Park para luego dar forma a las doce canciones de su nuevo álbum. Foto: Archivo / Nespolo

Porque de lleno, desde "Confiá", el tema que abre y da nombre al álbum escuchamos que aquí hay un grupo de rock; guitarras, teclados, bajo y batería que marcan el pulso de temas con definitivo swing, y por sobre eso y por todos lados, caños, vientos, bronces, con su potencia hacia adelante, su ardiente imposición de vida.

Hace rato que a Páez no le importa por dónde va el sonido del mundo, o mejor dicho, los mandatos del sonido del mundo, y va trazando un camino particular. De aquella austeridad de conciertos íntimos, rodeado de público, pasó a la electricidad que mostró en el Luna Park a mediados del año pasado, acompañado por la banda rosarina de los Killer Burritos, que capitanea Coki Debernardi. Ahí, en esos giros, está el autor, el que va marcando su propio destino.

Es allí también donde confronta esa idea con la de quienes buscan en la obra algo más allá de la obra, la actualización, la puesta al día, los derroteros por los que transita la vida del músico. Del músico y no del autor. El tira anzuelos y espejismos (la bella invención de "Desaluz", el Charly que ya cantó "Yendo de la cama al living"), pero es ahí donde trampea para abrir. Para borrar ese lugar creado del autor y ser un músico, aquel que tiene en este mundo la tarea de escribir las canciones que rebotarán, irán y vendrán, y significarán lo que deban significarle a cada uno. Canciones escritas y cantadas para que luego tomen su camino, armadas como arma un artesano su artesanía, y que se vuelven cuerpo en uno cuando el ritmo se apropia de la escucha y lo lleva a su tiempo ("M&M"), cuando se deja llevar por melodías que corren a contramano de la idea principal ("Limbo Mambo"), o cuando alteran las pulsaciones, las puntuaciones precisas y aceleradas de "La ley de la vida" que luego suspende todo para que sólo queden las palmas y la voz, con el resto de los instrumentos como sujeto tácito de la canción.

Sus canciones crecen en las historias intentando borrar ese lugar tan fijado, tan coercitivamente fijado, y volver de alguna manera extraña a separar el que dice del que es. El enunciado de la enunciación. Así, poder contar la historia de la pareja que viaja y esta vez se va lejos para encontrar la ola gigante que todo se lo come. O retratar como en "Fuera de control" la ciudad dura y cruda de todos los días y las noches. Es el que canta, no el que vive.

Grabado en varias locaciones (perdón, esta palabra es del otro lado del espejo Páez, el lado cineasta) el disco se cocinó en Córdoba, en Buenos Aires, en Río de Janeiro y en el norte de Brasil, y se terminó de armar con la potencia conquistadora de los bronces de Nueva York y de los de esencia festiva y bailadora de Brasil.

Como aliados estuvieron Gonzalo Aloras y Coki Debernardi, en guitarras; Eloy Quintana, en bajo; Bolsa González, en batería, y Eduardo Lyra, en percusión. Con ellos armó un disco de muchas escuchas posibles, potente y preciso, sobre todo en la composición y en los arreglos musicales, y al que sólo le hubiera faltado una vuelta de tuerca más en alguna de las letras.

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