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La pedagogía moral de los desfiles

Para la autora, las figuras de las modelos son siluetas imposibles de imitar que impugnan los cuerpos de los demás mortales. Objetos de deseo y sueños virtuales, fascinan a pesar de que parecen haber perdido el alma

Sábado 27 de marzo de 2010
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Por Paula Sibilia Para LA NACION - Río de Janeiro, 2010

¿En dónde reside la fascinación de los desfiles de moda? El principal atractivo de esos espectáculos no sería la ropa, sino otra cosa: son festivales de cuerpos modelo. ¿Pero de qué cuerpos se trata? ¿Por qué se los celebra como ejemplares? Está claro que son muy distintos a los cotidianos y, por eso, dan la impresión de ser un poco irreales. Esos perfiles esbeltos, de largas piernas y vientres torneados, parecen refractarios a los excesos de la sociedad contemporánea. Con su delgadez extrema y su rígida elegancia, expresan un trabajo arduo ejercido sobre la propia carne. Además, con su mudez casi desalmada -porque las modelos no hablan, ni siquiera sonríen, son pura piel muda expuesta a las miradas-, con su pertinaz ausencia de palabras o de cualquier otro exabrupto que pudiera arruinar el cuadro, esos cuerpos emiten una impugnación dirigida a los simples mortales que los admiran desde lejos. Orgullosos en su andar triunfante, acusan a los demás. ¿Cuál sería la falta inculpada a los cuerpos irregulares que, con devoción y a distancia, rinden culto a sus ídolos?

La tradición occidental abunda en referencias al cuerpo como una oscura prisión del alma. Desde los rigores cristianos de la Edad Media hasta los decoros burgueses de la era industrial, la carne ha insistido en aprisionar aquella esencia etérea que misteriosamente nos anima: el alma, en todas las versiones y formatos que esa entidad supo adquirir con los vaivenes de la historia. Las rudezas de la carne no sólo asfixian con su tosca materialidad las delicadezas inmateriales del alma, sino que también la contaminan con sus impurezas. Basta con recordar la célebre frase del Fedro de Platón, donde el filósofo griego alude a "esta tumba que llamamos nuestro cuerpo", un peso inerte "que arrastramos con nosotros como la ostra sufre la prisión que la envuelve".

Sin embargo, a pesar de ese linaje, los cuerpos altaneros de los desfiles no parecen aprisionar alma alguna, ni en el sentido platónico ni en el cristiano o el burgués, ni tampoco en cualquier otro que pueda rescatarse de las profundidades de nuestra especie. No es nada de eso lo que ostentan las siluetas de las modelos, tan llenas de gracia como vaciadas de grasa. Los cuerpos que relucen en los templos de la moda no se afilian a esa estirpe contaminada y baja, y probablemente sea ése el secreto de su encanto. En vez de degradar con su brutal carnalidad alguna diáfana esencia que estaría más allá de sus dominios, tanto la expresión de sus semblantes como su andar sinuoso parecen tener una función moralizadora. Sus figuras se exhiben como frutos victoriosos de una abnegación que todos deberíamos emular: dietas, gimnasia, depilaciones, cirugías plásticas, y toda una letanía de cuidados y privaciones.

"La fascinación de la mayoría proviene del perfil longilíneo y anoréxico de las mannequins , y el punto físico donde convergen las aspiraciones femeninas de renacer estéticamente coincide con aquel que nos remite al nacimiento original: el ombligo", arriesgaba el ensayista brasileño Nelson Ascher hace algunos años. En tiempos ancestrales, en que la escasez y la sequía eran la norma, la acumulación de grasa en el abdomen de las mujeres se apreciaba como un indicio de abundancia y fertilidad, tal como ilustran las estatuillas prehistóricas de las diosas eróticas de la fecundidad. En cambio, los vientres descarnados de las modelos parecen exorcizar las exageraciones de la fiesta consumista de las últimas décadas, gracias a un diligente menú de las nuevas formas corporales: "estoicismo, fuerza de voluntad, ambición y suerte", resumía Ascher.

Además de encarnar esos valores -más proclives al ideal apolíneo que al dionisíaco, más cerca del ascetismo que del hedonismo-, esos cuerpos se diseñan como imágenes. Son relumbres visuales que pretenden alcanzar una pureza casi inmaterial, cuidadosamente apartada de todo lastre carnal, que evoca el universo digital de los programas para editar fotografías. El mensaje es claro: la carne puede trabajarse como una imagen para ser consumida visualmente, y así deberían proceder todos aquellos que deseen conquistar esos altares contemporáneos. Por eso, no es casual que programas de edición gráfica como el PhotoShop desempeñen un papel tan importante en la construcción de los "cuerpos perfectos" expuestos en los medios. Con esos bisturís de software , los "defectos" y otros detalles demasiado orgánicos presentes en los cuerpos fotografiados se eliminan. Y las imágenes así editadas adhieren a un ideal de pureza digital, lejos de toda imperfección toscamente analógica y de toda viscosidad que parezca excesivamente orgánica.

Tres décadas atrás, Clarice Lispector se burlaba de las azafatas y mannequins de aquella época, afirmando que eran "deshidratadas" y que había que "agregarle al polvo bastante agua para que se vuelva leche". Pero las modelos de hoy en día también han dejado atrás ese parco ideal. El aire de pureza que sus siluetas exhala sueña con liberarse de todo vínculo con la materialidad biológica. De hecho, parecen personificar una naturaleza incorpórea, más compatible con las líneas asépticas diagramadas en software de computadora que con la voluptuosa frescura de la leche. Exentos del incómodo espesor y del peso fatal de la carne, sus cuerpos anhelan convertirse en pura imagen bidimensional, aunque con pulidos efectos 3D que generan la ilusión de los volúmenes exactos. Pero son superficies lisas y puras, en las cuales cada rastro de la impertinencia carnal ha sido retocado o "deleteado".

Una temporada tras otra, los rituales se repiten a escala global: desde sus codiciados púlpitos, las lánguidas celebridades del universo fashion convocan al ávido público a reverenciar e imitar sus contornos. Allá abajo, mucho más cerca del lodo terrenal y de la truculencia carnal, los cuerpos reales deben sufrir para estar a la altura de esos modelos que no son sólo digitalizados sino, y sobre todo, "digitalizantes". Porque esas imágenes corporales desbordan las pasarelas, las pantallas, los carteles y las páginas de las revistas, para impregnar los cuerpos y las subjetividades. Esos perfiles se convierten en objetos que se desea reproducir en la propia carne, que de algún modo también se virtualiza en ese movimiento. Porque la atención insiste en aglutinarse en el propio ombligo, y la obstinación de esa referencia no es casual. Además de metaforizar ciertas exageraciones narcisistas del individualismo contemporáneo y las atenciones desmedidas que el cuerpo no cesa de exigir, esa parte de la anatomía humana -el ombligo, sobre todo el femenino- ha sido particularmente fetichizada en los últimos años. Proliferaron las ropas que permiten exhibirlo en público, como una especie de trofeo esculpido con cotidiana devoción, y, también, se convirtió en un receptor privilegiado de joyas, piercings , tatuajes y otros adornos.

En principio, esa tendencia parece expresar cierta liberación. Cabe recordar, por ejemplo, lo que pasó en el lejano año 1946, cuando se inventó el biquini y se buscó una modelo para promover la novedad. En aquellos tiempos, como se sabe, las muchachas que desempeñaban esas funciones no se conocían como modelos sino como mannequins , lo cual parecía enfatizar su función de "percha para ropas" más que la de "cuerpos ejemplares". De acuerdo con los recatos de la época, no obstante, ninguna profesional consintió en tomarse una foto así vestida-desvestida, y hubo que contratar a una bailarina de cabaret para divulgar la audaz innovación. Casi diez años más tarde, en 1955, la primera mujer que osó aparecer en una playa argentina con un biquini fue violentamente obligada a retirarse del espacio público. Es probable que la desnudez del ombligo haya sido uno de los tabúes que demoraron la aceptación inicial de esa indumentaria.

Para corroborar esas asociaciones pecaminosas, vale acotar que en la Edad Media los ombligos de las damas solían ser púdicamente esfumados en algunos de los cuadros que las representaban, así como hoy se "deletean" las adiposidades y otros "defectos" en las fotografías de cuerpos femeninos estampadas en las vitrinas mediáticas. Conviene señalar que aunque dos prácticas tan distantes puedan parecer similares, sus sentidos divergen: si bien los virtuosos pinceles medievales y los afilados PhotoShop de los diseñadores actuales hacen cosas parecidas, ambos obedecen a pudores y pavores muy distintos. De hecho, en 2005, una modelo fotografiada para la edición brasileña de la revista Playboy apareció sin el ombligo en una de las fotos publicadas, porque el encargado de limpiar las imperfecciones de la imagen exageró en esa expurgación y terminó borrando hasta las rugosidades del abismo umbilical.

¿Pero qué sería, entonces, un cuerpo bello o ejemplar? Ese concepto ha cambiado a lo largo de la historia occidental, y varía más aún en las diversas culturas no occidentales, aunque esté homogeneizándose al ritmo de la globalización de los mercados. No faltan los ejemplos de crueldades y violencias aplicadas al cuerpo humano para acercarlo a un estándar de belleza. No obstante, esos martirios solían limitar su alcance a determinados grupos sociales. Las doncellas de cierta posición social en busca de marido, por ejemplo, en los escenarios burgueses del siglo XIX y buena parte del XX, debían someterse a severos rituales: del corsé al blanqueamiento de la piel, pasando por el modelado de cabellos, uñas, pestañas, cejas y demás. Pero el resto de la población estaba relevada de esa penosa obligación, puesto que la belleza se consideraba algo que se tenía o no se tenía, por obra del azar natural o de la divina arbitrariedad. Ahora, en cambio, ese imperativo no sólo afinó sus medidas y se ha vuelto más exigente en sus demandas -hay que ser cada vez más juvenil, delgado y en forma-, sino que también amplió sus tentáculos para alcanzar segmentos crecientes de la población. Con sus ambiguos mecanismos de aparente exclusión, el imperativo del "cuerpo perfecto" detenta una voracidad inclusiva jamás imaginada.

Aun así, mientras hay una fuerte incitación a adecuarse a los parámetros del fitness , en contrapartida se expande también una insólita proliferación de lo monstruoso. Por todas partes asoman los cuerpos inadecuados y estigmatizados, que se distancian del modelo ideal y constituyen el contraejemplo de lo que se debería ser: aquella supuesta perfección corporal que, sin embargo, es ostensivamente inalcanzable para casi todos. Hoy en día las encuestas revelan que casi la mitad de las mujeres con peso inferior al normal se consideran demasiado gordas, y la mayoría confiesa su deseo de adelgazar cinco kilos en vez de conquistar otras metas personales o profesionales. Esas creencias, que se diseminan con tanto vigor, no surgen de los desfiles de moda. Esos sucesos festivos y cada vez más mediáticos tan solo participan de esa compleja trama; sin duda se alimentan de ella y contribuyen a nutrirla, pero no son su causa. Hay toda una atmósfera cultural en la cual estamos inmersos, abastecida por un mercado ávido y floreciente, que suscita una lucha contra el propio cuerpo siempre inadecuado: una batalla contra esa imagen monstruosa que los espejos insisten en delatar, que demanda un trabajo de purificación constante por carecer del cuerpo modelo de las modelos.

No es casual que la industria del embellecimiento invierta casi todo su presupuesto en publicidad, pues de eso se trata y tan sólo de eso. De las vibrantes pantallas y de las páginas multicolores irradia un catálogo de tipos corporales para copiar o evitar, y el consiguiente recetario para acercarse a esa utopía corporal. Una miríada de productos y servicios, recién descubiertos y casi mágicos, prometen lograrlo. Pero hay que pagar por eso, no sólo con tiempo y dinero sino también con sufrimientos. Los cuerpos reales deben penar para adecuarse a esa poderosa irrealidad que es del orden de la imagen. Por eso, hay algo paradójico en esa idolatría por los cuerpos purificados de las modelos: ¿cómo explicar que esa adoración se disemine como un virus paralizante en la sociedad contemporánea, una cultura que supo conquistar libertades individuales inéditas sobre los cuerpos y los modos de vida? Una sociedad renovada por la liberación femenina y la revolución sexual, que hoy pregona la defensa de la libertad de elección en todos los ámbitos y que, con tal necedad, se deja atrapar por las promesas de esa imagen corporal desalmada y sin espesores.

Aunque las luchas sociales y políticas de los siglos XIX y XX lograron que la mujer se liberase de las históricas ataduras que la sujetaban como un corsé de hierro, hoy resulta que su cuerpo debe someterse alegre y placenteramente a métodos todavía más cruentos de cincelado y sujeción corporal. Y lo más curioso es que nadie parece querer "liberarse" de esas tiranías. Al contrario, el mandato de la belleza no abraza solamente a las mujeres, sino también a los hombres: gente de todos los sectores socioeconómicos y culturales, de todas las edades y partes del planeta, que hoy se esmeran hasta el agotamiento para convertirse en un cuerpo modelo. Una meta que se presenta como moralmente admirable, un objetivo por el cual hay que esforzarse hasta fenecer en el intento. Quienes asumen esa batalla quizá deberían preguntarse, parafraseando a Gilles Deleuze, "para qué se los usa". ¿Cuáles son los dispositivos de poder que demandan ese insólito sacrificio vital? ¿Qué engranajes alimentan semejante energía, insumiendo tanta dedicación y tantos sufrimientos? ¿De qué son capaces -y de qué son tristemente incapaces- esos cuerpos?

© LA NACION

adnSIBILIA

Autora de La intimidad como espectáculo y El hombre post-orgánico , esta antropóloga argentina reside en Brasil desde 1994. Su obra indaga las turbulencias culturales producid as por las nuevas tecnologías

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