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Parientes

Domingo 28 de marzo de 2010
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PARA LA NACION

Desde hace algunos años me da la impresión, cada vez que veo una foto mía, de que mi cara se parece a la de una oveja. Una oveja o, quizás, una jirafa. Eso depende del ángulo de la foto. Hace poco estuve en Perú, en cuyas sierras abundan alpacas y llamas, y descubrí que también con ellas mi parentesco debe de ser cercano.

En Perú, además, me pasó descubrir que el perrito negro de una de mis amigas se parecía mucho más a un mono que a cualquier raza de perro que hubiera visto hasta entonces. Tenía una cola prensil que usaba para colgarse del cuello de los niños, y unos labios con forma casi humana..., aunque más bien debería decir simiesca, para seguir con el parecido. El perro, escurridizo y flaquísimo, a veces daba la impresión de estar sonriendo, y otras lucía contrariado, con los labios en medialuna hacia abajo y los ojos sin su brillo habitual. Una tarde tropecé con la pata de una mesa y me pareció que él se reía: tenía la boca abierta, formando un círculo, y jadeaba haciendo ruidos, como los monos que uno ve en los zoológicos cuando hacen travesuras. Le habían puesto de nombre Blackie, pero yo le empecé a decir Mono Meón -porque hacía charquitos por todos lados-, y Mono le quedó para siempre.

Mirando las fotos que había sacado durante el viaje, mi amiga -la dueña del mono- me dijo que eso de parecerme a una alpaca eran locuras mías. Su comentario me tranquilizó al principio, pero ahora que vuelvo a ver las fotos encuentro la semejanza más fuerte que nunca.

¿Locuras mías? ¡Pero si todos venimos de la misma célula primordial! A la tercera semana de gestación es imposible diferenciar un embrión humano del de una estrella de mar, un lagarto o un caballo. ¿Y acaso no conservamos vestigios de las branquias que teníamos cuando todavía vivíamos en el mar? Con la forma de cuatro hendiduras curvas, esas branquias están presentes en el embrión humano de veinte días; sorprendentemente, durante la gestación se modifican para formar el maxilar inferior, los huesecillos del oído, las glándulas salivares, las paratiroides y el timo.

Un lindo ejercicio para sorprenderse con algunas de las reliquias que aún conservamos de lejanos antepasados es colocarse ante un espejo y mirar bajo nuestra lengua. El lóbulo dentado que vemos es la antigua lengua de reptiles y anfibios: la misma con que parecen amenazarnos las serpientes y con que los camaleones cazan mosquitos y moscas suculentas.

Me dirán que del resto de la creación nos distingue el lenguaje, la construcción de herramientas, la imaginación, el arte, nuestras sociedades. Pero no estoy diciendo que seamos iguales a las llamas o a los simios, sino, simplemente, que nuestro parentesco con ellos es mucho más cercano de lo que solemos creer. Además, algunos de los rasgos que tendemos a pensar como exclusivamente humanos, en realidad, no lo son. De hecho, entre los elefantes, los delfines, los simios y nosotros hay más semejanzas de las que pensamos: compartimos una gran capacidad para la agresión y la competencia, pero también para el altruismo; construimos vínculos y afectos fuertes; tendemos a tomar decisiones equivocadas cada vez que nos guiamos por nuestra emoción, en vez de por la razón o el instinto.

Por supuesto, las diferencias entre los demás mamíferos superiores y nosotros también son notables. Una de las más evidentes es nuestra habilidad para extender la agresión, como también el altruismo y el afecto, más allá de nuestro grupo inmediato, es decir, la capacidad exclusivamente humana de ser agresivos o altruistas con respecto a alguien ubicado en las antípodas del planeta y para pensar que el grupo al que pertenecemos va más allá de los cincuenta o sesenta individuos con quienes mantenemos contacto permanente.

En relación con esto último, me pregunto cuántos humanos capaces de ver más allá de sus narices hay entre nosotros. Cuántos tienen esa capacidad de proyección y logran de verdad verse y sentirse como parte de un todo más extenso, más importante y duradero que la parcialidad de lo inmediato. Cuántos dejan de lado el egocentrismo, propio de los niños, los adolescentes y los simios, para pensar y sentir como miembros de una colectividad, de una historia, de un planeta.

Personalmente, no me incluyo entre los miembros de esa raza superior. Las fotografías lo confirman: soy una oveja. A lo sumo un simio. Y se me ocurre que quizá los grandes escritores, los grandes artistas, y las personas con verdadera grandeza, son quienes logran librarse de los límites del yo para hablar y ocuparse no tanto del pobre mandril que son, sino de los patéticos mandriles que somos todos.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora

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