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El aroma de lo indecible

Del silencio como porvenir (Libros del Zorzal) reúne artículos y conferencias de la autora que invitan a reflexionar sobre el sentido profundo del lenguaje en las relaciones humanas. Los fragmentos que aquí se publican rescatan el valor de la palabra y la importancia de las canciones que se escuchan en la infancia

Sábado 03 de abril de 2010
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Por Ivonne Bordelois

Hay una reflexión que, creo yo, todos compartimos: sabemos que los sentimientos y la música tienen algo en común, algo que se llamaría "lo indecible". La música, por una parte, es un territorio donde caben interpretaciones, glosas, conjeturas; pero nadie, por ejemplo, puede jactarse de haber penetrado en su totalidad lo que significa, sentimentalmente, pasionalmente, un nocturno de Chopin. Y por otra parte, en los sentimientos, aun en nuestros propios sentimientos, siempre hay, también, un margen que no acaba de decirse. Existe la frase "expresar los sentimientos", pero esto es muy distinto de "expresar los pensamientos". Los pensamientos pueden explicitarse totalmente, pero todos hemos experimentado que hay un fondo que se resiste siempre a ser dicho cuando se trata de los sentimientos, sobre todo, cuando son muy profundos.

Esto es lo que hace la particularidad de la canción. La canción ofrece ese lugar excepcional donde lo decible y lo indecible se entrelazan y se rozan, sin confundirse del todo. La canción dice en sus palabras, es decir, trata de decir sentimientos con palabras, y la música va cortejando el sentimiento que intentan decir las palabras, acentuándolo, desplegándolo, a veces contradiciéndolo o callándolo. Pero de esa tensión entre palabras, sentimientos y música, de cómo se resuelve esa tensión, brota el acierto de una canción que se graba para siempre o simplemente cae en el olvido. Piensen, por ejemplo, en una canción tan célebre como "Bésame mucho". Si consideramos la letra solamente, es de una perfecta trivialidad. Se diría que casi no existe, de tan leve que es. Es la intensidad de la música, la fluidez cálida de su melodía, la exactitud de sus tempos lo que la vuelve otra y memorable. La música transforma las palabras, alza los sentimientos a otra esfera y les agrega o, más bien, les arranca ese aroma de lo indecible que es la señal de todo amor.

Por eso creo que son tan importantes las canciones. Pienso que es porque mucha gente se asoma a la belleza sólo a través de esas fugaces apariciones-flechazos que son las canciones, acaso la única oportunidad en que la poesía y la música brillan en el cielo mortecino de sus vidas. Por eso hay que atesorar esas oportunidades, retenerlas y hacerlas brillar y perdurar. En un mundo donde cunde a pasos agigantados el analfabetismo de todo tipo, estas son revelaciones que nos hablan de esa realidad anterior a las realidades que nos rodean, anterior y superior, esa realidad primera que es la palabra, que precede a las cosas, el nombre de la luz que precede a la luz y crea a la luz en la tradición judeocristiana.

La canción que aprendemos en la infancia representa muchas veces esta única ocasión de contacto con lo más central y viviente de la palabra. Las poblaciones analfabetas -más numerosas que lo que el orgullo nacionalista nos permite creer- no tienen acceso a la lectura o a la escritura, pero no se conocen poblaciones, aun las más aisladas y carenciadas, que no cuenten con un inventario de canciones para identificarse y reconocerse. [...]

A través de las canciones escuchadas en mi infancia, supe del amor romántico, de la derrota, de la muerte, del miedo, de los enamoramientos irremediables y místicos, de la pasión cruel, del secreto. Practiqué asimismo diversos estilos musicales y poéticos, desde los litúrgicos y patrióticos hasta los populares y folclóricos. Como se ha visto, mi educación sentimental, fundada en las canciones infantiles o adultas que escuché cuando niña, fue una iniciativa que no careció de contradicciones, eclecticismos ni disparates. Mi vida sentimental, por lo tanto, tampoco careció de contradicciones, eclecticismos ni disparates; pero ha sido y es una vida sentimental plena, varia y libre, como mi educación, y como es, supongo, la naturaleza misma del sentimiento. Tengo la impresión de que, a pesar de la cacareada diversidad y riqueza del mundo actual, con toda su tecnología mediática, la franja de experiencia musical y poética de nuestros chicos se ha restringido, por lo menos en ciertos aspectos, de forma dramática. Puedo equivocarme, y no quisiera incurrir en el tema del tiempo pasado que fue mejor, pero pienso que entre la cumbia y el rock que practican nuestros púberes y adolescentes hay muy poco espacio para otras expresiones musicales y letrísticas que les alimenten el corazón y la vida como a nosotros los tangos, los boleros, el folclore, Elvis Presley, Frank Sinatra, Carlitos y Antonio Tormo. Cuando se habla de la diversidad del mundo global, pienso que se trata más bien de disfrazar la imagen de un globo voraz que alimenta su vacío con alaridos y aturdimientos, que en vez de abrir las mentes de los chicos las va sellando hasta reducirlos a zombis desapasionados y descerebrados. [...]

Amar las palabras

Es verdad que se escribe, cuando se escribe para la felicidad propia y ajena, por amor a las palabras; pero sería relevante comenzar explicando lo que este amor por las palabras no significa. No significa sepultarse en diccionarios, seguir arduas carreras de filología o lingüística, doctorarse en letras en alguna nebulosa universidad del hemisferio norte. No significa preguntarse si se dice "yo apreto" o "yo aprieto", "yo enredo" o "yo enriedo".

Significa saber que las palabras son como personas que nos asisten y presencian noche y día, que están alrededor nuestro en ciertas circunstancias, como seres atentos, siguiendo nuestros propósitos afectivos o comunicativos, como amigos o amantes cordiales y gentiles. Pueden asimismo ser amantes o amigos esquivos y enigmáticos, apuntando a nuestras ignorancias o carencias. Pero también, unos y otros, como todos los amigos y todos los amantes, deseando reciprocidad. Deseando que las escuchemos. Deseando que las interpretemos.

¿Qué significa escuchar las palabras? Yo diría que es estar atento a ese núcleo primero y lejano que a la vez las constituye. Hay que pensar en las palabras como esas granadas enterradas luego de una guerra que, pisadas por descuido, estallan y producen catástrofes. Las palabras son como granadas enterradas bajo el polvo de los siglos. Son granadas inversas: cuando se escarba ese polvo - escarbar es "escrutar" y "escribir", ambas palabras provienen del mismo árbol genealógico-, cuando se las desentierra, explotan, no en estallidos asesinos, sino en estallidos de sentidos durmientes de pronto resucitados.

Hablo de esa energía oculta, aletargada, que se llama la raíz de una palabra. Cuando descubrimos su raíz, la palabra se pone a hablarnos de una manera reveladora, de una manera magnética. Es sorprendente percibir algunas de las interpelaciones que nos dirigen las palabras. Pienso, por ejemplo, en palabras como piropo : "ojo de fuego", anorexia : "ausencia de deseo" o amamantar , que comparte su raíz con amor . Lo que nos dicen, por ejemplo, las lenguas indoeuropeas es que el sexo tiene que ver con la ira y la locura antes que con el amor, que el amor se relaciona con la maternidad antes que con la pareja; que el varón, con la violencia; la mujer, con la felicidad, y la familia, con la esclavitud. Pocos son capaces de escucharlas en su verdadera profundidad, nos parece: los etimólogos tradicionales se calzaron guantes tan espesos para tocar las palabras, que perdieron todo contacto con la electricidad intensísima que transporta el lenguaje.

Se entra, a través de la etimología, en un espacio semejante a una catedral de vitrales antiquísimos que se animan con los rayos del sol y arrojan nuevas luces sobre el pavimento, permitiéndonos reelaborar viejas historias, urdir nuevas alabanzas, inventar nuevos coros, adentrarnos en una sabiduría anciana y renovadora, tradicional y revolucionaria a la vez. No entramos solos, sino en compañía de legiones de sabios que recorrieron antes que nosotros los jardines de senderos que se bifurcan: las galerías del sánscrito, los recovecos del hitita, las cavernas iluminadas del hebreo, los palacios del griego, las salas retumbantes del latín.

Nosotros, los modernos, entramos con equipos de poetas, de expertos en mitología, en historia, en hermenéutica, con los grandes profetas del psicoanálisis y los adalides de la lingüística. Entramos bajo la sombra poderosa de Jorge Luis Borges, amante de las etimologías, aquel que preguntado acerca de su oficio, a los veinticinco años, contestaba: políglota.

Entramos y nos adentramos en este territorio, siempre nuestro aunque apenas reclamado, el de la historia de las palabras que más entrañablemente nos expresan y a veces parecen traicionarnos, como esas abuelas de las cuales la familia guarda memoria de secretos escandalosos e irrepetibles, que sólo llegaron a nosotros como distantes murmullos apenas escuchados. De esas abuelas heredamos, sin embargo, inescrutables gestos, conocimientos tácitos, pasiones imprevisibles: un testamento irrenunciable.

Entramos con temor, entramos con temblor, entramos con amor porque confiamos en las energías sapienciales de las lenguas humanas que están allí para decirnos y para constituirnos. Y entramos con alegría y esperanza, porque el territorio que se nos brinda es inabarcable, es inacabable. Esta procesión que formamos reverencia al lenguaje, lo reconoce como su tesoro inalienable, pero no se detiene en solemnidades innecesarias. Va excavando cada día nuevos materiales y los arroja a la red como señales de vida, de alimento y de asombro, para que todos participen de nuestro deslumbramiento.

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