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Cultivar

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PARA LA NACION
Domingo 04 de abril de 2010
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En un reciente artículo en el que reflexiona sobre nuestra época, la conocida escritora italiana Susanna Tamaro sostiene que nuestra civilización nació con la agricultura. Señala que las tribus nómadas carecían de una idea precisa del tiempo: cazaban, consumían de inmediato y volvían a cazar. La aparición de la agricultura implicó concebir la circularidad del tiempo y reconocer que se lo puede hacer productivo mediante el trabajo. Para cultivar la tierra hay que conocer el pasado, ver el presente e imaginar el futuro. Esto supone tomar conciencia de que cada uno de nuestros actos puede producir nueva vida. Pero para volver fecundo el terreno hay que observarlo con atención, escuchar, identificar relaciones entre las cosas e intuir aquellas ocultas, menos evidentes. Sobre todo, es preciso desarrollar la curiosidad, la capacidad de experimentar y de realizar un esfuerzo, aun sabiendo que éste no siempre resultará exitoso.

En realidad, lo que sugiere Tamaro es que, detrás del cultivo de los alimentos, subyace el amor por la vida, porque lo que se cultiva es la idea de un futuro en el que las generaciones se sucederán. Esta concepción, que apareció con la agricultura, se expandió a otros campos de la actividad humana: la idea de cultivar la tierra condujo a la de cultivar nuestro propio interior. El cultivo de la mente, mediante todos los aportes que han ido edificando la singular riqueza de nuestra civilización, supone actitudes similares a la del cultivo de los campos: sentido del pasado, del presente y del futuro, capacidad de crear lazos basados en la curiosidad y en la duda permanentes, pilares centrales del conocimiento.

La actitud de la sociedad actual ante la naturaleza muestra que está perdiendo ese sentido profundo del cultivar. Tamaro teme que estemos evolucionando hacia un nuevo nomadismo tribal caracterizado por el debilitamiento de la idea del tiempo y de su construcción. Lo expresa así: "Hoy se está expuesto a imágenes, opiniones, polémicas, indignaciones; se las consume y, rápidamente, con un ansia bulímica, se vuelve a partir en busca de otras imágenes, otras opiniones, otras polémicas, otras indignaciones para consumir. Vivimos en una época de certezas absolutas y pocas dudas. Tiempos en los que no parece haber espacio para la inquietud, la melancolía, los sentimientos más sutilmente humanos que se encuentran en la base de tanta literatura que nos ha formado, ayudándonos a crecer".

La cultura ha sido sustituida por la información, la denuncia, el consumo, la polémica. "Nada sedimenta, todo fluye", señala. El hecho de que el pensamiento quede fracturado de un modo tan profundo lleva a que el saber sólo sea superficial, desprovisto de raíces y, por lo tanto, "incapaz de absorber los nutrientes que, en el ámbito de la cultura, suponen poder elaborar conexiones profundas, conocer el pasado y estar abiertos y atentos al presente sin prejuicios, es decir, vivir la curiosidad y el deseo del descubrimiento como fuerzas esenciales del ser humano."

Curiosidad y deseo de saber, esos son los elementos que nos hacen humanos y que hoy peligran. La nueva tribalidad, que parece caracterizar al mundo actual, más allá de la regresión que representa, reemplaza la duda por certezas absolutas que llevan al enfrentamiento con otras de signo opuesto, bloqueando toda posibilidad de diálogo verdadero y anunciando épocas difíciles. El hallazgo de Tamaro es advertir que, aunque la comparación parezca arcaica y lejana, la decadencia de los valores ligados al "cultivo" del mundo natural que nos rodea constituye el espejo de una sociedad como la nuestra. En ella, "por sus leyes económicas, se ha resquebrajado la relación primaria del hombre con su naturaleza y con lo que lo rodea y se ha dejado, desde hace tiempo, de cultivar el sentido de la vida, alimentando así en su interior el germen de su autodestrucción".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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