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Kirchner gana batallas, pero ¿está ganando la guerra?

LA NACION
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Mariano Grondona
Domingo 04 de abril de 2010

Según el diputado Juan Carlos Vega, el problema de Kirchner es que tiene una concepción bélica de la política. El gran analista militar Carl von Clausewitz definió la guerra como "la continuación de la política por otros medios". Primero venía, entonces, la diplomacia y sólo después, si ésta fracasaba, venía la guerra. Esta prioridad de los medios pacíficos de lucha sobre los medios violentos se acentúa cuando se pasa del campo internacional al campo interno, en el que la pugna de los protagonistas por el poder se parece más a un deporte , ya que en él después de la lucha en la que alguien gana y alguien pierde, los rivales se dan la mano. Es que no pretenden aniquilarse en un campo de batalla, sino obtener solamente el favor del electorado hasta la próxima elección. Por eso en la democracia, en lugar del concepto de "guerra" prevalece el concepto de "competencia" que no excluye el diálogo, y hasta la amistad, entre los contendientes que comparten, en definitiva, un destino común.

Este criterio, compartido por los diversos segmentos de la oposición, ¿es acaso el del propio Kirchner? ¿O él vive cada uno de los episodios de nuestra competencia democrática como si estuviera en medio de una lucha a muerte por todo o nada, cuya salida no puede ser otra que la exaltación o la humillación del rival, del "adversario" convertido en "enemigo"? Kirchner divide nuestra vida política entre aquellos que se le someten y aquellos que lo resisten, y por eso ha llamado a su movimiento Frente para la Victoria, como si la necesidad compulsiva de ganar fuera su excluyente ideología, más acá de ideales superadores como el del "bien común" que, según la ética clásica, debiera sobrevolar a las ambiciones parciales.

En el plano teórico, esta versión belicista de la política es incompatible con la democracia. Si en el plano de la teoría la actitud de Kirchner debiera ser rechazada por atentar contra el pluralismo republicano, ¿no está teniendo para él consecuencias favorables en el escabroso terreno de la práctica? Pese a un impulso reñido con la democracia, ¿no le está ganando Kirchner a sus opositores, aunque ellos estén mejor inspirados que él desde el punto de vista moral?

El orden de las batallas

El hecho es que Kirchner está ganando sus batallas. Está ganando acceso a los vastos recursos del ahora complaciente Banco Central. Hasta en nuestra América, contando con la buena voluntad de gobiernos como el uruguayo y el peruano que antes se le oponían, marcha en dirección de la presidencia de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur) a la que empeñosamente aspira. En el Congreso, por otra parte, enerva la mayoría con la que cuentan en principio sus opositores mediante maniobras tan inescrupulosas como exitosas. Estas observaciones dan lugar a una pregunta inquietante: ¿no será que, como advierte el Evangelio, los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz?

Pero, contra esta inquietante sospecha, también vale advertir que, aun miradas desde la perspectiva "bélica" de Kirchner, una suma de batallas no es la guerra porque la historia abunda en ejemplos de generales victoriosos en batallas que terminaron perdiéndola. Pensemos, por ejemplo, en Napoleón y en Hitler, cuya poderosa corriente de victorias parciales desembocó en una catástrofe final. O pensemos en el general cartaginés Aníbal, quien después de asolar a Italia tuvo que retirarse de ella para defender, sin conseguirlo, a su propia patria. El ejemplo clásico de las victorias en batallas que terminaron mal lo dio el general griego Pirro, a quien el costo que pagaba por cada victoria en el suelo romano no lo acercaba al triunfo sino a la derrota final, y esto hasta el punto de que, después de ganar una gran batalla, exclamó: "¡Con otra victoria como ésta, estaré perdido!". De su caso salió la denominación de "victorias pírricas" que recibieron las victorias parciales tan costosas que presagiaban la hecatombe final.

La razón común de los "destinos pírricos" es que el vencedor de cada batalla, por carecer de reservas, reitera la tragedia de Pirro. Las causas inmediatas de las victorias parciales del propio Kirchner son dos: una, que en cada una de sus batallas pone tal voluntad de poder, mucho más intensa que las de sus oponentes, que hoy algunos empiezan a creerlo invencible, y la otra, que, para él, "ganar" equivale, por lo pronto, a destruir a quienes él considera sus enemigos. Pero ¿cuáles son las reservas con las que cuenta el ex presidente? Ellas disminuyen por el grave deterioro que su conflictiva imagen está sufriendo ante la opinión pública, un 70 por ciento de la cual le ha bajado el pulgar quizá porque, como acaba de señalar el cardenal Bergoglio, se ha cansado del ambiente de "crispación" que han creado las apuestas "bélicas" a todo o nada. Cuando Kirchner "gana", entonces, ¿gana o pierde? Si los resultados electorales del 28 de junio se mantienen, cuando deba enfrentar como debió hacerlo Menem frente a él mismo en 2003, una contundente imagen negativa en el ballottage de octubre de 2011 ante quien sea elevado por el método selectivo que el ballottage exige, ¿cómo hará para evitar la victoria final del candidato aún innominado que lo desafiará? De nada le valieron a Napoleón las cien batallas que había ganado cuando, después, llegó Waterloo.

La lógica de la guerra

El diccionario define a las batallas como "una serie de combates de un ejército con otro". La suerte de cada batalla es precisa, porque en ella un ejército gana y otro pierde. Pero no ocurre lo mismo con la guerra, cuya suerte incierta solo al fin desemboca en la "última batalla" que determinará su desenlace. La raíz etimológica de la palabra "guerra" es el indoeuropeo wir , que significa "confusión". Antes de Waterloo, nadie sabía si Napoleón ganaría o perdería la guerra. Lo que tendríamos que preguntarnos nosotros hoy es si el 30 de octubre de 2011, que es la fecha anunciada de nuestra "batalla final", Kirchner se topará, o no, con su Waterloo.

Cuando escribió sus Memorias sobre la Segunda Guerra Mundial , Winston Churchill extrajo de ellas la siguientes conclusiones morales: "En la guerra, determinación; en la derrota, desafío; en la victoria, magnanimidad; en la paz, buena voluntad". Este lema cuatridimensional era conducente mientras duraba la guerra porque en medio de su "confusión" nadie sabe si al fin ganará o perderá. Por eso, la primera virtud que exige la guerra es la "determinación" que templa a los ejércitos y a los pueblos. Nuestro pueblo y nuestros políticos, que aspiran a consolidar la democracia, tienen que saber desde ahora que, sea cual fuere la salida de cada batalla, sólo aquellos que sigan luchando hasta octubre de 2011 serán leales a su vocación. Todavía nos espera, entonces, un año y medio de "confusión". Llevado por su compulsión "cortoplacista", la inclinación de Kirchner es tomar cada batalla, cada "parte", como si fuera el todo. También Hitler se sentía alentado por su serie espectacular de victorias parciales sin advertir que la suma de todas estas "batallas" estaba preparando la alianza de todos aquellos que le temían hasta que, al fin, cayó Berlín.

Si su obsesión cortoplacista puede animar entonces, por ahora, a Kirchner, también es verdad que, si sus adversarios saben resistir sus embates sin mimetizarse por eso con él, la "guerra" que él le ha declarado a la democracia, y que se traduce en la intención de asegurar para él y su esposa un ciclo interminable de reelecciones, puede desembocar en la consolidación definitiva de esta democracia que, hace veintisiete años, inauguró Alfonsín.

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