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Sueños perturbadores en la era Kirchner

Jueves 15 de abril de 2010
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En estos tiempos políticos tan convulsionados, tan cambiantes, hay noches en las que sueño que soy un dirigente kirchnerista.

Reconozco que la paso muy bien. Me llueven ofrecimientos, me integro a una cadena de la felicidad, me invitan una y otra vez al programa 6,7,8 , me convierto en un paladín de los derechos humanos línea fundadora, tengo a mi disposición una flota de aviones y helicópteros, la Presidenta me incluye en su relato de la historia, Chávez me hace conocer las delicias del Caribe, no tengo una legión de espías que me pinchan los teléfonos, un juez federal muy simpático me dice que no hay fortuna que no pueda justificar, a los intelectuales de Carta Abierta les digo cuándo me tienen que aplaudir, Hebe no me insulta y Héctor Timerman no se acuerda de mis antepasados en una carta desde Washington...

Qué bien estoy. No quiero despertarme. Como por arte de magia, vivo en un país sin inflación, sin inseguridad y que crece, que paga sus deudas, que siempre tiene una caja a mano, que tiene un gobierno con gente venida de todos los puertos (el ex liberal Boudou, el ex hiperduhaldista Aníbal Fernández, los ex menemistas Scioli y Néstor Kirchner, el ex macrista Borocotó, el ex radical Miguel Pesce, el ex carapintada Aldo Rico).

Qué bueno es estar en esta orilla y encontrarme con personas tan trabajadoras como Cristóbal López o Lázaro Báez, qué bueno es que nadie te cargue la pesada acusación de destituyente, qué bueno es eso de poder calificar a alguien de destituyente y ponerlo enseguida a la defensiva, qué descansador es siempre tener a alguien para echarle la culpa.

Qué agradable es, piénsenlo, vivir en un mundo de buenos y malos y estar del lado de los buenos. Cuánto relaja saber que tus patrones son gente de muchos recursos, y qué extraordinario -qué original, qué creativo- es eso de perder unas elecciones y actuar como si las hubieras ganado; qué interesante es recurrir al Congreso sólo cuando estás seguro de que vas a ganar (ya lo dijo un sabio: nunca vayas a una votación que puedas perder).

No me digan que no es reconfortante formar parte de ese microclima tan pum para arriba, tan tren bala, tan Louis Vuitton.

Es cierto: te disparan de todos lados, pero ya se ocuparán de ellos nuestras fuerzas de choque: las tandas publicitarias de Fútbol para Todos, los sabuesos de la AFIP, los piqueteros rentados de D´Elía, el verbo urticante de Aníbal (si don Néstor no lo tiene proscripto), los rompehuesos de Moreno, los jueces amigos, los legionarios de La Cámpora, los periodistas del coro estable.

Hay otras noches, en cambio, en las que sueño que soy dirigente opositor. No la paso mal, realmente.

Tengo mil argumentos para pegarles a los Kirchner, las encuestas me sonríen, me llevo relativamente bien con gente tan distinta como Macri, Solá y Lilita Carrió, Reutemann me dice que lance mi candidatura porque él no está seguro, me llama el duhaldismo para hacer alianzas y De Narváez habla bien de mí y viene a visitarme.

Qué fácil es todo. Cobos no tiene problemas en fotografiarse conmigo, la Comisión de Enlace me deja hablar en un acto, Scioli me sonríe en un canal de televisión, Néstor me hace famoso mandándome sus mastines, un obispo me propone firmar un documento, en 6,7,8 muestran mi foto (con dardos, es cierto), me invitan a comer en la mansión de la zona norte de un encumbrado empresario, en Gran Hermano no soy nominado y hasta puedo pasar a la historia como uno de los cruzados que se les animó a los Kirchner.

Hay otras noches en las que sueño que soy legislador, pero ni oficialista ni opositor. Más bien, un poco de las dos cosas. Digamos, modelo senadora Latorre (ex Reutemann), modelo gobernadora Ríos (ex Lilita Carrió), modelo Carlos Menem (ex menemista). También esta categoría tiene sus delicias. Por de pronto, te buscan de los dos lados. Pasás a ser la niña de los ojos.

Unos te tratan como si fueras un tesoro y otros te ofrecen un tesoro. Te requieren medios de todos los colores. El país está pendiente de lo que digas y, sobre todo, de lo que votes. Tus voceros viven sus quince minutos de gloria. Tus punteros te alientan. Tus asesores urden argumentos. Tu casilla de mails se satura como nunca antes. Tu teléfono no para de sonar. Tu contador cobra horas extras.

Para un independiente siempre hay una razón a mano. Siempre hay un temor a generar una crisis institucional, hay principios que defender, hay una enfermedad o un nieto que cumple años que te justifican borrarte y no dar quórum. Qué dulce vida la del independiente, que no le debe nada a nadie, que se junta con el que quiere, que no tiene ningún patrón (de conducta).

Finalmente, hay noches en las que no sueño nada. Me despierto feliz.

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