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Conocimiento privado

Robert B. Laughlin Para LA NACION

Martes 20 de abril de 2010
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PALO ALTO, CALIFORNIA.- Desde pequeños sabemos que el conocimiento es algo hermoso que cada persona tiene la libertad de utilizar como le venga en gana siempre que tenga la paciencia necesaria para leer y pensar. En parte, la idea viene de nuestros padres, que nunca dejan de inventar razones para que estudiemos más y nos destaquemos en los exámenes, pero también es una conclusión a la que llegamos por nuestra cuenta. La mayoría de nosotros entiende, en nuestros primeros años de adultez, que la capacidad de razonar y de comprender es natural, humana y que nos pertenece por derecho propio.

Lamentablemente, la conclusión es errónea. Si bien hay algo de información disponible en la escuela, donde nos la ofrecen, a veces por la fuerza, sin pedir nada a cambio, el conocimiento más valioso en términos económicos es de propiedad privada y es secreto. Los dueños de ese conocimiento no quieren hacerlo público y, ciertamente, no quieren que el Estado le dé dinero a nadie para que lo descubra.

Las personas suelen tener problemas para hablar de este tema; en lugar de profundizar en él, suelen sonreír y repetir que la educación es sagrada y que las diversas formas de ocultar información son detestables, pero que no forman parte de una conspiración. Después desvían el tema de conversación y sugieren que quien piensa distinto está paranoico. La negación refleja una actitud muy irresponsable: se trata de la criminalización del conocimiento. Es algo sobre lo que debemos reflexionar, dado que hoy vivimos en la era de la información, una época en la que, en ciertas circunstancias, el acceso al conocimiento es más importante que el acceso a los medios físicos.

Los intentos, cada vez más tenaces, de gobiernos, corporaciones e individuos por evitar que sus rivales sepan ciertas cosas que ellos sí saben ha llevado a un crecimiento insospechado de los derechos de propiedad intelectual y al fortalecimiento del poder estatal para decidir acerca de la confidencialidad de la información.

La interpretación conservadora de la invención como un robo refleja la creciente ambigüedad existente en la sociedad acerca del poder de la tecnología. Admiramos al joven genio que, en un impetuoso acto racional, aclara la confusión y realiza un glorioso aporte al conocimiento. Pero también tenemos miedo de la manipulación genética, la guerra nuclear, el secuestro de aviones por parte de terroristas o la relocalización laboral que ese nuevo saber puede tener como consecuencia.

Incapaces de decidir qué es más importante para nosotros, catalogamos la contribución genial como delito según principios que cambian con el tiempo y que el joven no conocía en el momento de realizar su trabajo. Así, este genio es como el soldado que toma decisiones valientes en el campo de batalla sin saber si por ellas recibirá una condecoración o deberá presentarse ante la corte marcial. Hay mucho en riesgo.

El conocimiento es peligroso. Nos gustaría que no fuese así. Tendemos a sentirnos más seguros que nuestros antepasados porque sabemos más que ellos, pero eso es un engaño.

Nuestras casas, los lugares de trabajo y los entornos sociales en los que nos movemos están plagados de tecnologías potencialmente peligrosas que, no sin dificultad, logramos mantener bajo control. La tarea de evitar los distintos tipos de accidentes que pueden ocurrir se hace más pesada cada día. Las preocupaciones que nos imponen quienes saben cosas importantes que nosotros desconocemos se concretan más rápido que nuestra capacidad para manejar sus inventos.

Lejos de ser infrecuente, en la vida moderna el conocimiento peligroso está por todas partes. La gran cantidad de conocimiento peligroso que nos acompaña no es una casualidad ni producto de una conspiración demoníaca, sino un efecto secundario de la actividad económica. A medida que el hombre aprende a hacerse camino en el mundo, automáticamente adquiere un poder destructivo que afecta a los objetos y a los demás hombres. Es imposible ilegalizar ese poder, porque generar valor para otro implica manipular el entorno de maneras que los demás desconocen.

Si queremos podemos adquirir conocimiento que no sea peligroso: números telefónicos, formas de granos de arena, etc., pero pronto nos quedaremos sin trabajo. Todo el mundo lo sabe: si queremos sobrevivir tenemos que adquirir un conocimiento que nos confiera algún poder, es decir, que sea potencialmente peligroso. Es eso lo que los demás necesitan de nosotros.

La triste realidad es que evitar la generación de conocimiento peligroso es algo poco práctico. El conocimiento es muy útil y, en cualquier caso, se lo genera en privado con fines industriales o militares específicos, por lo cual no está completamente bajo el control popular. Los científicos que trabajan en la esfera pública suelen presumir de cuán peligrosos pueden llegar a ser, pero la verdad es que normalmente no lo son. Los científicos sin dinero no son muy peligrosos. Entonces, mientras los críticos fantasean con detener la producción de conocimiento, hay personas más responsables que se dedican a pensar en la historia, la economía, el interés personal y las estrategias posibles. Es como el impacto de un cometa contra la Tierra. Fantasear con prohibir los cometas no le hace mal a nadie, pero sería mejor idea pensar en cómo son de verdad los cometas, evaluar la amenaza que representan y considerar qué es posible hacer si se produce un choque contra nuestro planeta..

La idea de que la adquisición de conocimiento pueda considerarse ilegal ni siquiera se les ocurriría a la mayoría de las personas; es más, en principio les parecería ridícula. Pero, aunque no lo digamos, los hechos revelan que nos preocupa mucho el poder que da el conocimiento.

Nuestros actos también revelan una lamentable ambivalencia respecto de la libertad intelectual. Muchos menospreciamos la investigación en el campo de la técnica como algo vil, sin tener en cuenta quién la realiza ni cuáles son sus motivaciones. Muchos aplaudimos cuando desde los editoriales de los diarios se alienta la restricción del acceso al conocimiento peligroso. Normalmente justificamos este aplauso consciente asegurando que el conocimiento técnico difiere del conocimiento no técnico y sosteniendo que mientras que el primero es una amenaza, el segundo no lo es. Sin embargo, la distinción que hacemos, en realidad, es entre el conocimiento que confiere poder y el que no lo confiere.

El saber que no convierte a su poseedor en poderoso es benigno y también suele no ser importante. Entonces, la triste realidad es que la mayoría de nosotros no piensa que la penalización del conocimiento sea un problema. Ahora bien, cuando se trata de nuestro derecho de aprender, el panorama es distinto. No sólo nos parece correcto aprender y educar a nuestros hijos como nos venga en gana, sino que creemos que tenemos la obligación de hacerlo y que es nuestro deber enseñarles a nuestros hijos a continuar con la misma actitud combativa.

La actitud ambivalente con respecto a la penalización del conocimiento revela un profundo conflicto entre la estabilidad y la seguridad económica, por un lado, y los derechos humanos, por otro, conflicto para el que no hemos encontrado solución ni en nuestra mente ni en la sociedad. Exigimos que se respeten los principios de propiedad en nombre del bienestar económico y que se aplique la censura estatal en nombre de la seguridad. Al mismo tiempo, sabemos que limitar el acceso de una persona joven al conocimiento, en especial cuando esa persona es de origen humilde, es inmoral.

La penalización del conocimiento pone en peligro nuestras tradiciones culturales creativas. Degradar a los técnicos de modo que pasen de la categoría de héroes de Internet a la de ladrones y espías que amenazan a la economía y al Estado con su capacidad de cometer delitos intelectuales tendrá sus consecuencias. Lo que está cambiando es la economía del intelecto, las tradiciones por las que una persona se beneficia materialmente gracias a la creatividad, el conflicto entre las actividades intelectuales, por un lado, y las leyes de propiedad intelectual y la seguridad nacional, por otro, los fuertes incentivos a la creación de conocimiento desechable, el costo cada vez mayor que implica localizar el conocimiento relevante en un enorme río de basura. Frente a nuestras propias narices, la edad de la razón está siendo desplazada de su nicho ecológico por la economía del conocimiento, un término cargado de ironía para una época en la que lo que se promueve es la escasez de conocimiento. ©LA NACION

El autor obtuvo en 1998 el Premio Nobel de Física, junto con Horst L, Stôrmer y Daniel C. Tsui, por su explicación del efecto Hall cuántico.

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