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Estalló la bomba bolivariana

Domingo 25 de abril de 2010
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LA NACION
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Dos ex funcionarios venezolanos tienen un pésimo recuerdo del gobierno argentino. Militares retirados al igual que Hugo Chávez, profesan un pulcro progresismo que desprecia los negociados y cree realmente en la revolución. Ambos tuvieron que tratar hace tres años, en momentos distintos, con el mismo enviado de la administración kirchnerista. No afloró, por lo menos en aquella oportunidad, la proclamada hermandad de estos pueblos.

Uno de ellos, chavista abocado entonces al área de la salud, contó su experiencia ese mismo día por la noche, durante una comida de ejecutivos a la que había llegado dos horas tarde por el encuentro con el argentino. No se habían puesto de acuerdo: el argentino requería permiso para que una firma fabricante de ascensores entrara en Venezuela y ofrecía fondos para el partido de Chávez y el propio interlocutor. El funcionario se levantó abruptamente de su despacho. "Los peronistas son como los adecos", resumió a la noche, ante testigos. Los adecos son los partidarios de la Acción Democrática. El otro ex chavista, que pertenecía al campo de la alimentación, vivió una situación similar.

La bomba explotó la semana pasada. Sólo una palabra le bastó al ex embajador argentino en Caracas Eduardo Sadous para horadar el núcleo de negocios más inexpugnable de la administración kirchnerista. Quien juzgue exagerada la frase puede tomarse el trabajo de pedir datos sobre las compras de fuel oil en el Ministerio de Planificación. Una cerrazón que en el Caribe creen exclusiva: "Te anticipo que, si necesitas estadísticas, seguramente las encontrarás en tu país y no acá, que están muy atrasadas y deficientes", advirtieron en la Cámara Venezolana de la Industria.

Venezuela es la tierra de los intermediarios y, en realidad, poco es ya lo que sorprende en el mundo de los negocios. "Un 10 o un 12 por ciento", reconoció un exportador de porotos argentino cuando se le preguntó cuánto había que pagarles a los integrantes de este semillero de famosos, muchos de ellos ya protagonistas estelares de la historia latinoamericana reciente: Carlos Kauffmann, Frankin Durán, Guido Antonini Wilson, Alex del Nogal, Rafael Sarría o Luis Benshimol. "Primero te piden eso –agregó–, pero después aparecen los gremios de la grúa, que te exigen otro 1,5 por ciento, y los que te facilitan el trámite para que no pagues tanta estada con la carga, que reclaman otro 1,5 por ciento."

Entre bolivarianos y sanmartinianos, algunas formalidades han quedado en desuso. Hasta que fue expulsado del Gobierno por el escándalo de la valija, Claudio Uberti, entonces jefe del organismo de peajes viales, fue en Caracas el gerente de lo que Sadous denunció como "diplomacia paralela". Ese lugar fue ocupado después por el subsecretario Roberto Baratta. "Ahora hay que hablar todo con él", dijo alguien que participó en reuniones bilaterales para una compañía venezolana.

Del otro lado es similar. Un hombre de empresa y un abogado argentinos comían, hace tres años, en Miami, con tres venezolanos espléndidamente acompañados en el restaurant Novecento. Uno dijo ser hermano de un ministro de Chávez y contó que quería importar equipos argentinos. Queremos hacer un negocio a la caribeña, se entusiasmó. Pero el elegante almuerzo terminó siendo un fast food. Uno de los argentinos cuenta que, al advertir otras presencias sospechosas en el recinto, los comensales se pusieron incómodos: "Empezaron a gritar ¡FBI, FBI! y salieron corriendo los tres".

Con o sin Uberti, el comercio bilateral avanza. La relación entre la Argentina y Venezuela creció más de 500% desde 2003. En una constructora recuerdan haber pagado un 10% para participar en una obra. Fabricantes de Maquinaria agrícola hablan de un porcentaje similar. Aunque la hermandad latinoamericana es hasta ahora asimétrica: mientras la Argentina le vende a Venezuela por casi 1200 millones de dólares, sus compras allá no superan los 30 millones.

Esto explica en Caracas la aparición de terceros. Hasta que cayó detenido, uno de los más importantes fue Ricardo Fernández Barrueco, a quien llamaban "El zar del Mercal" por su acceso fluido a la distribuidora estatal de alimentos. Importador con suculentos aportes estatales, Fernández Barrueco era un banquero que, sólo el año pasado, recibió 6500 millones de dólares de organismos gubernamentales. El más importante de esos entes es el Fondo de Desarrollo Nacional (Fonden), que se nutre de Pdvsa y financia proyectos: no sólo contribuyó a la central hidroeléctrica de Macagua I, construida por la argentina Impsa, de Enrique Pescarmona, sino que fue además decisivo en la compra de bonos argentinos por casi 5500 millones de dólares entre 2005 y 2007.

Durante 2009, sólo el 42,7% de las ganancias de Pdvsa (23.168 millones de dólares) fue liquidado en el Banco Central Venezolano: el resto (54.200 millones) fue al Fonden. De ahí las suspicacias con la petrodiplomacia. Porque, además, Chávez tuvo con el Fonden una picardía comparable a la creación de nuestra Enarsa: lo inauguró, en 2005, bajo la condición de sociedad anónima, algo que lo exime de controles presupuestarios. "No hay, en el mundo, gobernante democrático que maneje tantos recursos discrecionales como Chávez", dice el economista venezolano Orlando Ochoa.

Las operaciones con bonos fueron otro éxito y reportaron millones para bancos, funcionarios e intermediarios gracias a la diferencia entre el dólar oficial y el paralelo. Como las ganancias quedaban en bolívares y en tierra venezolana, sólo existía una forma de aprovecharlas: cambiarlas al dólar negro y sacarlas del país. Un argentino conocedor del tema explicó a este diario en 2008: "Tener un avión para sacarla sin controles vale más que cualquier petróleo a 140". A menos que una postulante para la revista Playboy o un ex funcionario verborrágico tengan ganas de amargar la fiesta.

folivera@lanacion.com.ar

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