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El comisario al que lo atraparon la novela y la historieta

Leila Guerriero LA NACION

Sábado 08 de mayo de 2010
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-Había tres tipos que hacíamos cualquier cosa: Robin, el Viejo y yo.

Bajo el viento cruzado de dos ventiladores, el despacho es un lugar común: boisserie , retrato al óleo, bandera argentina, escultura de un gaucho a caballo, caja fuerte, escritorio de madera oscura, máquina de escribir, una plaqueta de la comisaría 37a, revistas de la mutual de la Policía Federal y una lámina pegada en la puerta, que dice "Dios es ternura".

Tiene ojos claros, camisa blanca, corbata y anteojos. Frente a él, sobre el escritorio, hay una imagen de la Virgen, dos gallos de bronce (símbolo de la Policía Federal), una azucarera, un pocillo de café, un recipiente de plástico con escudos policiales.

"Si me dan a elegir entre el Pulitzer y la historieta, me quedo con la historieta, pues la historieta tiene cine, teatro, poesía y música"
"Si me dan a elegir entre el Pulitzer y la historieta, me quedo con la historieta, pues la historieta tiene cine, teatro, poesía y música". Foto: LA NACION / Andrea Knight

Robin era Robin Wood, guionista de historietas como Nippur de Lagash o Dennis Martin ; el Viejo era Héctor Germán Oesterheld, guionista de historietas como Ernie Pike y El Eternauta , y el tercer hombre era Eugenio Zappietro, comisario inspector de la Policía Federal, director del Museo de la Policía desde 1992, que pasó a la historia de la historieta argentina como un "guionista serial", cuyo seudónimo más conocido fue Ray Collins.

De ojos claros, camisa blanca, corbata, anteojos, guionista de historietas como El Cobra o Precinto 56, alguien que, en los años 60 y 70, en una época en que las revistas de historietas vendían 250.000 ejemplares por quincena, hacía veintidós guiones por mes y no necesitaba, para hacerlos, más indicación de su editor que frases como "Hacete una de cowboys" o "Traeme una de mafiosos".

-¿Por qué no firmaba las historietas con su nombre real?

-Por una cuestión de higiene. No quise mezclar las cosas.

Zappietro es de la generación de quienes iban al cine cinco veces por semana y se quedaban en la sala hasta que terminaban de pasar los títulos. De quienes conocían el nombre del director de fotografía de Bergman, leían a Dürrenmat, sabían quiénes eran Stanley y Livingston, tenían muy claro que Richard Burton no era sólo el nombre de un actor, podían escribir dos páginas sobre la vida de Kirk Douglas sin consultar bibliografía y citar de memoria a diez autoras de literatura policial sin que ninguna de ellas fuera Patricia Highmisth.

Se crió en unos años en los que no se hacía distinción entre Hora Cero y Charles Dickens, entre Ticonderoga y Lord Jim. Fue joven cuando Hugo Pratt no era un dios –aunque también– sino el tano que vivía en Beccar, cerca de lo de Germán Oesterheld.

Eso.

* * *

El padre de Eugenio Zappietro, José, llegó de Italia a los 14 años. Músico diestro en la interpretación del corno, casado con Matilde, argentina, profesora de piano, se dedicó al comercio, una actividad que le permitía mantener ese hogar formado por mujer y dos hijos, de los cuales el mayor, nacido un 29 de febrero de 1936, se llamó Eugenio y vivió toda su infancia entre su casa natal, en San Martín, y la casa de su abuela Albina, en Villa Urquiza.

-No, no, no. No es que viviera ahí. Es que como el colegio al que yo iba pertenecía a un plan de estudios que no tenía los grados superiores, tuve que terminarlo en Villa Urquiza. Mi abuela fue importante. Me enseñó que uno se cae cien veces y se levanta ciento una, sin preguntar por qué. Eso me hizo resistente, encajador. Un varón se medía por cómo encajaba la cosa. En aquel tiempo usted se quitaba importancia. Las nenas eran para brillar y el tipo estaba en un segundo término. Freud se hubiera muerto con nosotros. Hubiera dicho: "¿Dónde están los traumas?"

En una casa con una biblioteca donde se mezclaban versiones juveniles de clásicos con Pushkin o Benjamin Costand, aprendió esa deformación que lo persigue: la de ser un agudo lector.

-No, no, no. No se hablaba en términos de ser lector. Usted conocía a los autores del momento, y con sus ahorritos se compraba a Ridder Haggard, cosas que no leía en el colegio. Yo llegué a cuarto año y di quinto libre para entrar en esta empresa. Mi padre me dijo: "Quisiera que fueras oficial de policía". Los padres eran indiscutibles. Egresé, y primero me mandaron a la comisaría 37a., en Belgrano R. Después a la 45a., de Villa Devoto. Aprendí mucho. Sobre todo, la neutralidad: antes que usted, está lo que pasó. Usted viene, me dice: "Dejé la lleve puesta, me robaron el auto", y yo le digo "¡No ve, cómo puede ser, usted es una menesterosa psíquica, las llaves no las puede dejar en el auto!" No es así. Dejó las llaves puestas, le robaron, sucede.

-¿Y eso...?

-Si usted me pregunta: ¿la experiencia en la policía lo marcó?, le digo no. Le digo todo marca. Después usted lo canibaliza, como decía Raymond Chandler. Yo tuve el cable a tierra de escribir.

-¿Y eso...?

-Si usted me pregunta: ¿hice catarsis, elaboración?, le digo no; le digo que hice la digestión. Con la escritura hice la digestión de la cosa.

El joven agente de rondas nocturnas escribía desde los 14 años. Un día se atrevió a llevar cuentos –románticos– a las publicaciones femeninas de la editorial Abril: Idilio, Nocturno, Contigo.

-Y me los publicaron. Ahí empezó todo.

En su despacho de director del Museo Policial hay una mesa y dos teléfonos. Uno es blanco, el otro es negro y, a pesar de tener colores distintos, suenan igual. Cada vez que suenan Zappietro levanta, indefectiblemente, el equivocado. Dice "Hola, hola, hola" y cuelga después de un quejoso: "Nunca la pego".

Además de seguir publicando cuentos bajo seudónimos como Eugenio Reynal Arrigo, Mario Galván, Diego Navarro, Pedro Luján, Servando Mendizábal, Julia Salgado, empezó a trabajar como parte del staff en la redacción de Abril. Su labor consistía en recibir quinientas fotos desde Italia y reducirlas a docientas cincuenta, transformadas en fotonovelas para revistas como Anahí, Capricho, María Rosa, Fascinación.

-¿Le gustaba hacer eso?

- No, no, no. No es que me gustaba. Usted me pregunta, ¿le gustaba?, y yo le digo...

Los días se le iban durmiendo cuatro horas entre esos tres trabajos: escribir cuentos, armar fotonovelas, servir a la comunidad.

-Cuando estaba en la comisaría 45a. asistí a dos fugas de la cárcel de Villa Devoto, con once y diecisiete muertos, en 1960 y 1961. Si me pregunta si tenía miedo, le digo que no, porque eso es lo que uno hacía. Además, la valentía es el tiempo que usted demora en encajarlo, no otra cosa. En 1963 me trasladaron al Departamento Central. Ahí empecé a trabajar en la revista, el noticiero de la policía. Eso marcó el fin de mis traslados. Ser policía es una entelequia. Usted va incorporando todo, incluso lo que ve en la comisaría, como quien hace un trabajo, parece mentira, administativo.

Al cómic llegó por casualidad. Un día de 1959 alguien se acercó a la mesa donde organizaba las historias de amor y le dijo: "Te llaman de Revistas Juveniles".

-Voy, golpeo en el despacho del director, Julio Aníbal Portas. "Adelante". Entro. Me dice: "¿Usted es Zappietro?" "Sí." "Siéntese. Usted hace fotonovelas". "Sí, señor." "Usted va a hacer historietas. Se fue el guionista de esta serie del oeste que se llama Joe Gatillo, y tengo al dibujante sin trabajar. Usted mañana me trae tres argumentos, son ochenta cuadros, acá tiene un ejemplar, piense un seudónimo. Buenos días." Al día siguiente le llevé los tres argumentos, los miró, me dijo: "Empiece con éste".

Así fue como Joe Gatillo, dibujada por Carlos Vogt en la revista Misterix, empezó a ser "guionada" por un perfecto desconocido llamado Ray Collins.

-¿En las redacciones sabían que usted era policía?

-Flotaba por ahí.

-¿En la policía sabían que usted hacía fotonovelas?

-Una vez me llamó uno y me dijo: "Vení, oficial Idilio". Cuando yo tenía 24 años me ofrecieron un cargo en Abril, con la condición de que abandonara la policía. Fui a la comisaría, miré todo, dije: "Tengo seis años de antigüedad, es el momento justo de dejar todo y empezar una vida en otro lado". Después me dije no. ¿Conservador? Puede ser ¿Timorato? Puede ser. Pero esto tenía una música, como la tienen las redacciones.

En 1961, Hugo Pratt, el autor de Corto Maltés que por entonces vivía en la Argentina y dirigía Misterix, lo convocó.

-Ahí hice Garrett, que dibujaba Arturo del Castillo. Era una historieta muy amarga. Un día Pratt me dice: "¿Me querés decir por qué esta basura es tan triste?" Y le digo: "Porque la vida es triste". "Pero parece escrito por un tipo que ha sufrido horrores. ¿Cuántos años tenés?" Tenía 25 años. Si usted me dice: ¿lo que vio en la policía lo horrorizó? No, no, no.

-¿Y entonces?

- Garret era un cowboy. Alguien con los mismos problemas que un gaucho. Un gaucho es un cowboy con chiripá. Un vikingo es un gaucho con cuernos. La distancia, la soledad, el desarraigo. Si usted me dice: ¿usted es un desarraigado?, yo le digo no. Si usted me dice...

Aquel día, Pratt lo invitó a tomar un café. Charlaron y Zappietro le dijo que era policía.

-Y me dice: "Y por qué no hacés una policial". Y le digo: "Bueno, cómo la querés". Y me dice: "Vos sabés cómo la quiero".

Así fue como nació la primera versión de una historieta emblemática, dibujada entonces por José Muñoz. Transcurría en Nueva York, llevaba por nombre Precinto 56 y su protagonista era el teniente Zero Galván, un ser desencantado que recorría la ciudad viendo miserias que lo llevaban a reflexionar –todo el tiempo, todo el tiempo– sobre soledad, sus miedos, los límites entre la ley y el delito. En La historieta argentina, el libro de Judith Gociol y Diego Rosemberg (ediciones de la Flor, 2000) se dice de Precinto 56: "La soledad del hombre, la inmensidad del paisaje y las mujeres son tres elementos clave de un estilo que –a veces– peca por explicitar, en lugar de sugerir, filosofías de vida". Una nota al pie recuerda lo que escribió sobre la tira Juan Sasturain, en Superhumor en 1981: "El teniente se mueve en medio de un lenguaje que entorpece la marcha de la acción como si fueran enmarañadas lianas con flores de colores empalagosos. Uno se aburre de tantas respuestas inteligentes, reflexiones existenciales y lágrimas".

-Mucha gente me ha preguntado si yo era él o si él era yo. Yo siempre digo: "El es mejor que yo". Porque puede hacer cosas heroicas, épicas, y en un policía de verdad el heroísmo está en lo cotidiano. En prevenir, no dejar que las cosas lleguen a suceder.

Su historia laboral son cinco hojas que dicen que publicó fotonovelas, cuentos policiales y románticos en Leoplán, Vosotras, Para Ti, Maribel, Damas y Damitas, Idilio, Contigo, Claudia, Noralí, Enamorada; que fue desde 1966 cronista de La Oral Deportiva con José María Muñoz; que escribió, en 1966, el guión de la miniserie televisiva Hombres y mujeres de bronce, dirigida por María Herminia Avellaneda; que dirigió, desde 1969, la revista Mundo Policial, en la Editorial Policial; que en 1967 una novela suya, Tiempo de morir, fue finalista del premio Planeta, en España.

"Los afanes portuarios los sedaba con mujeres sin rostro, oliendo a pescadilla frita y humo de pipa en agujeros que hubieran horrorizado a su madre, no obstante, nadie había escrito aún el manual del aprovechamiento integral del sexo, y Ciro Corvalán se olvidaba hasta de sí mismo cuando se zambullía en aquellas experiencias de aquelarre", escribía en Tiempo de morir. Otra novela, posterior, publicada en Losada, La calle del ocaso, tiene una faja que promete: "El sexo y la violencia reflejados con veracidad".

-Todo está imbricado. Si usted me pregunta: ¿era difícil hacer todo al mismo tiempo?, le digo que no. Si usted me pregunta...

En 1974 la editorial Columba publicaba revistas como El Tony, Fantasía y D’Artagnan que vendían 250.000 ejemplares por quincena. Ese año, a esa máquina de la aventura le brotó un rival de peligro cuando Ediciones Record, propiedad de Alfredo Scutti, decidió publicar historietas.

-Un amigo me dijo: " ¿Fuiste a Record?" Fui y Scutti se hizo el tonto. Me preguntó si yo había hecho historieta alguna vez. Le dije "algo, pero tengo la mano dura ahora". Una semana después me invitó a la casa e hizo algo que no me gustó: puso sobre la mesa un montón de historietas mías. Sabía que yo era Ray Collins, y no me había dicho nada.

Sea como fuere, Zappietro devino el principal guionista de la nueva revista de Ediciones Record, llamada Skorpio, que vendía 70.000 ejemplares por número. Allí, donde llegó a escribir siete de las ocho historietas que incluía una edición, resucitó el seudónimo de Ray Collins y firmó Precinto 56 -ahora dibujado por Lito Fernández-, El Cobra -un cowboy dibujado por Arturo del Castillo-, Mandy Riley -un niño huérfano de madre dibujado por Seijas.

Sumó otros nombres falsos como Diego Navarro con el que firmó Henga, la historia de un habitante del neolítico angustiado por la búsqueda de sus orígenes, dibujada por Juan Zanotto. Y todos –El Cobra, Henga, Zero Galván, Mandy Riley, muchos otros– tenían la veta melancólica que fue su marca de fábrica. Mandy Riley se enamoraba de una joven india, pero debía dejarla partir: "Ella se fue, como la brisa. Y tuve deseos de gritar, de aullar al viento que con ella se iba mi primera tormenta de hombre". "Jamás odié a nadie cuando fui policía. El estaba en una vereda; yo en otra. ¿No es estúpido?", decía el teniente Zero Galván.

–Todas las debilidades que uno pudo haber tenido las puso ahí, en la historieta. El otro día me trajeron un Garret. Fue la única vez que Arturo del Castillo despejó el fondo. Cuatro cuadros a toda pluma, una cosa maravillosa. Y la letra. En este cuadro la tensión total. Y texto vertical: "La tarde sangró en la guitarra". Eso es mostrarle respeto al lector. Son cosas que hacían autores como Oesterheld.

-¿Lo conoció?

-En Record. Yo era un hincha fanático de él. Pero él se fue de Skorpio mucho antes de todo el lío.

-¿La dictadura, dice usted?

-Claro. Una vez en una reunión en la Universidad de Palermo la viuda de Oesterheld me fue a ver, nos dimos la mano. Había una historia atrás. Y yo estaba en una vereda. Es decir, si usted me pregunta: ¿el hecho de trabajar en el Correo hace que el hombre tenga un logotipo en la frente toda su vida? No. Sin embargo hay ocupaciones que parece que sí.

-No es lo mismo el Correo que la policía.

-No. Y uno tampoco es galletita que todo el mundo consume.

Héctor Germán Oesterheld es, desde 1978, uno de los desaparecidos de la dictadura militar.

* * *

En 1985 Zappietro se fue de Skorpio, trabajó para la editorial Columba y luego para Italia. Durante todos estos años escribió cuatro mil guiones de, entre otros títulos, Aguila Negra, Rocky Keegan, Odysea 2000, El escuadrón de las águilas. Fue continuador de historietas de otros como Dennis Martin, Big Norman, Jackaroe, Nekrodamus. En todas hizo dupla con los mejores dibujantes argentinos: Juan Zanotto, Francisco Solano López, Arturo del Castillo, Lalia.

- El sábado pasado vinieron los dibujantes, Solano, Lalia, Dalfiume, a comer un asadito a casa. Eramos doce. Caía una bomba ahí y se terminaba la historieta argentina.

Bajo el viento cruzado de los ventiladores, entre el ruido de los bocinazos que llegan de la calle, imita la postura de una estatua: el brazo en alto, mirada al horizonte.

-Hoy soy una figura de la policía. Estoy como el Cid Campeador, sin el caballo. Pero no sé si le puedo decir que me considero un buen policía. No pude demostrarlo. No pude desplegar. ¿Desplegar qué, me pregunta usted? Una mayor operatividad, investigación. Me considero algo así como un buen empleado de la policía, no un policía completo. Y si me da a elegir entre el Pulitzer y la historieta, me quedo con la historieta. En la historieta usted hace todo, cine, teatro, poesía, música.

Suena el teléfono. Levanta el blanco, dice "hola". Silencio. Levanta el negro, dice "hola", escucha.

-Qué hacés. No me digas. A mí también me entraron en casa, viejo. El disgusto no te lo saca nadie. Igual, de casa qué se pueden llevar. Una máquina de escribir, libros. Y vos sabés que los ladrones ni leen ni trabajan. Hablemos en una hora. Chau. ¿En qué estábamos?

- ¿Le robaron?

-Sí. Y la semana pasada venía en el subte y me sacaron veinte pesos. Yo sabía que me los estaban sacando, pero estaba apurado y los dejé.

Suena el teléfono otra vez. Zappietro se decide por uno. Levanta, dice "hola". Y esta vez escucha, al otro lado, un clarísimo: "¿Museo de la policía?"

-¡Le acerté, le acerté! Sí, perdón. Museo de la policía, buenas tardes.

EUGENIO ZAPPIETRO

Quién es: es policía con la jerarquía de comisario inspector de la Policía Federal Argentina. Desde 1992 es director del Museo Policial e Investigaciones Históricas. Avido lector, pasó a la historia de la historieta argentina como un "guionista serial", cuyo seudónimo más conocido fue Ray Collins.

Qué hizo: publicó fotonovelas, cuentos policiales y románticos en Vosotras, Para Ti, Maribel, Damas y Damitas, Contigo, Claudia, Noralí, Enamorada; en 1966 fue cronista de La Oral Deportiva con José María Muñoz; en ese año escribió el guión de la miniserie de TV Hombres y mujeres de bronce; en varias revistas de historietas fue el autor de los personajes como El Cobra, Zero Galván, Mandy Riley, muchos otros. Una novela suya, Tiempo de morir, fue finalista del premio Planeta, en 1997.

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