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Este rostro

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PARA LA NACION
Domingo 16 de mayo de 2010
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Esto no es algo que pasa todos los días. La costumbre, la prisa, mecanismos de defensa desconocidos, hacen que suceda sólo de vez en cuando. Pero no tan esporádicamente como para no poder decir que ocurre con bastante frecuencia.

Estoy en el baño lavándome los dientes distraída. O caminando por la calle apurada por llegar a una reunión. De pronto, una cara familiar me llama la atención. Soy yo. Yo en el espejo.

¿Yo? ¿Esa mujer adulta, yo? ¿Ese rostro tan extraño? ¿Esa persona seria y pensativa y que asusta un poco? ¡Pero si yo me siento infantil y temerosa y más bien traviesa! ¿De dónde salió esa cara, esas facciones? ¿Quién las eligió?

Me pasa lo mismo cuando miro algunas fotos. A veces me veo y digo: no quisiera ser su amiga. Otras me doy un poco de ternura. Pero, casi siempre, es asombro lo que siento. Porque yo no me siento esa que está ahí. Yo me siento mis pensamientos y mis temores y mis alegrías, esto que todo el tiempo llevo conmigo sin mirarlo, tan sólo percibiéndolo desde adentro. Como si a una casa acostumbrada a percibir todo lo que pasa entre sus paredes -el amor, las discusiones, los niños que dejan la ropa desparramada por el piso, la tortuga que se pierde tras la heladera, el hombre y la mujer que se desvisten, cansados, cada noche y, sin embargo, a veces, al amanecer se acarician y se aman entre susurros-, como si a esa casa de pronto alguien le mostrara una foto de cómo luce por fuera. Quieta. Muerta. Congelada. Con manchas de humedad en alguna parte y tal vez algún vidrio resquebrajado. ¡La casa siente que ella no es eso! Ella es la vida que lleva dentro: las huellas del triciclo sobre la vieja alfombra, la gotera que nadie sabe arreglar, las risas de los niños, las patitas de los perros que hacen ruido sobre el piso al caminar.

¿Esa cara seria y adulta? ¡Por favor, no! Esa no soy yo. Yo soy mis dudas. Mis deseos y mis razones. Pero soy, sobre todo, mis palabras.

Mi cerebro, eso soy. Un cerebro que no para de rumiar. Una contradicción andante, muchos sueños, mucho cansancio, mucho amor y un montonazo de deseos por cumplir. ¡Pero no esa foto! ¡No ese espejo criticón!

Me gustaría tener el valor de sacar los espejos de casa. Y de voltear hacia otro lado cada vez que me descubro en el de cualquier otro lugar. Pero no lo hago. Al contrario: me quedo mirando a esa mujer -aunque yo me siento una chica y no una mujer- como si no la conociera. Fijamente. Intentando descubrir lo que ella esconde.

-¿Quién eres? -le pregunto.

Y ella me mira, siempre muda, mayor que yo, más seria que yo. Un misterio que nunca entenderé.

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora

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