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Bergman: "De los 200 años que vamos a cumplir, tenemos 100 perdidos"

El rabino reflexionó acerca del próximo festejo en una charla con lanacion.com, ; se mostró crítico respecto de la poca participación ciudadana en política y la escasez de valores en la sociedad

Lunes 17 de mayo de 2010 • 18:17

Bergman: «Cada vez que rompimos el orden institucional, perdimos años»
Bergman: «Cada vez que rompimos el orden institucional, perdimos años». Foto: LANACION.com / Martín Turnes

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Por Víctor Ingrassia De la Redacción de lanacion.com vingrassia@lanacion.com.ar@vingrassia

Concreto, punzante, con frases claras y terminantes, el rabino Sergio Bergman afirma: "La idea de ser protagonistas de los 200 años de la Revolución de Mayo, bajo el concepto del Bicentenario, nos pone a los argentinos frente a una oportunidad de reflexión. Con un balance homogéneo: en los 200 años que vamos a cumplir, tenemos 100 años perdidos".

"Cada vez que rompimos el orden institucional, perdimos años. Cuando tuvimos la tensión fundacional, entre una revolución en el puerto de 1810, con una estación intermedia de abolición de la esclavitud en 1813 y una declaración de independencia en 1816, hasta tener en 1853 una Constitución Nacional. Eso te va dando la pauta que otras naciones en sus actos fundantes van resolviendo más consistentemente su visión", agrega Bergman en una charla con lanacion.com en su casa, la sinagoga de la calle Libertad, mientras reflexiona acerca del Bicentenario.

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El atraso y la pérdida de esos años, Bergman los fundamenta en "la sangre derramada, entre un país que sigue siendo unitario y feudal. La idea de que la patria es diversa en su riqueza geográfica, en su potencia, en sus oportunidades, y sin embargo hay gente hacinada y concentrada en bolsones de sometimiento y esclavitud de territorial electoral, donde no se puede cerrar la ecuación de que un país rico como la Argentina está lleno de pobres".

Con una ideología formada desde lo religioso, pero que trasciende y se vuelca al ámbito social y político del país, Bergman comenzó a cobrar notoriedad cuando las cámaras lo apuntaron al pronunciar un enfático discurso en la última marcha convocada por Juan Carlos Blumberg por la inseguridad. Los políticos empezaron a escuchar sus declaraciones que hablaban de ellos con un fuerte mensaje de alto impacto social.

Rabino liberal, seguidor de la tradición comprometida con los derechos humanos de Marshall Meyer, el religioso que integró la Conadep, actualmente es presidente de la Fundación Argentina Ciudadana, es líder de Fundación Judaica y dirige la Red de Acciones e Iniciativas Comunitarias por la Empresa Social.

- ¿Cómo ve a la Argentina hoy?

- La Argentina está en una emergencia por quebranto por evasión cívica. Tenemos muchos habitantes y pocos ciudadanos. Nuestros representantes toman el poder, no como delegado, sino como apropiado. ¿Quién va a lo público hoy? El que no tiene nada que perder y llega para quedarse con lo de los demás. No hay dignidad. Nuestros representantes eran dignatarios. Alguien digno que, al ser nombrado, entregaba a la República su dignidad al bien común. Hoy funciona en la cabeza de nosotros que la política sólo funciona para los políticos, que es donde prosperan. La gente vacía a la política y a la sana construcción de poder y la quita de su diccionario cívico. Propongo que de los doscientos años cumplidos, pongamos el foco en los cien años buenos, porque no es cierto que está todo mal, que está todo podrido y no servimos.

- ¿Entonces no hay que festejar el Bicentenario?

- Antes de festejarlo, hay que repensarlo. Debemos asumir el Bicentenario con la idea de que el futuro no es lo que viene, sino lo que construimos para que suceda. Si no somos culpables, somos responsables de la que la historia del país sea esta. Tenemos una sensación de oportunidades malogradas, de no haber madurado, porque creo que todavía somos un país adolescente.

- ¿Está enojado?

- El primer enojo es hacer trivial algo profundo. Saber que el Bicentenario va a pasar como algo superficial, de un merchandising cuasielectoral, de un feliz cumpleaños de los dueños de la torta que nos invitan a soplar las velitas como actores de reparto, de algo que no tenemos una posición seria, madura y comprometida de pensarnos. Primero debemos asumir nuestra historia. Somos hijos de la desmemoria. Ahora con la memoria se hace demagogia y abuso. Y enojo también por perder oportunidades.

- ¿Y qué debemos hacer frente a esto?

- Debemos pensar en los próximos 100 años, dónde vamos a estar parados. Creo sobre este punto que tenemos una oportunidad. Va madurando una nueva cultura cívica argentina que va a llevar un cambio generacional. Porque los mayores debemos empezar a hacer cosas que luego van a estar en manos de los jóvenes, porque esa es la idea de la trascendencia de la Nación. Debemos hablar de nosotros entre nosotros. Hablar que la crisis es de valores, que estamos quebrados espiritualmente como sociedad, que el problema es cultural y después tiene expresión en lo político, en lo social. Debemos hacer una reflexión, una introspección, de que no se cambia la Argentina si no cambian los argentinos. Comprometerse con algo heroico para salvar la patria. Hace 200 años eran los próceres de la patria. Hoy el héroe es el ciudadano, que además de lo privado quiere ocuparse del bien común. Para además del propio interés y bienestar, que es legítimo, se preocupe por el país".

- ¿Cómo se hace para recuperar esa conciencia civil?

- En el imaginario colectivo, se cree que cada uno debe salvarse, y allí es cuando nos hundimos todos. Idear una conciencia que cambie el concepto del ‘no te metás porque es peligroso’, por el ‘no hay nada más peligroso que no meterse’. Hoy deberíamos cerrar un círculo virtuoso. Nadie puede modificar lo que no asume. Y nosotros no asumimos que somos una Argentina inmoral. No es cierto que ningún funcionario o legislador sirva. Hay que cambiar la masa crítica de transformación y sincerarnos que de la Argentina inmoral a la ética de la Nación se requiere capital social moral, o sea gente. La sociedad es la que debe reponer el stock de esos representantes. El mal no se lo supera por confrontación, porque cuando lo confrontás, lo afirmás. La única manera de superarlo es multiplicar el bien. Eso se hace con educación, con valores y con ejemplos. Entonces debemos ir a despertar al ciudadano, darle una instrucción cívica práctica y no sólo teórica y generar que la gente ejerza una ciudadanía activa, plena y responsable, con un control del contrato efectuado con sus representantes, mediante el voto.

- ¿Y aprendimos algo en estos 200 años?

- Aprendimos que vamos madurando y tratando de salir de la adolescencia. Un ejemplo es la democracia, como algo que los argentinos ya capitalizamos con duras experiencias de que dentro de la democracia no solamente queremos vivir, sino sostener todas nuestras discusiones.

- Por eso no es imaginable un golpe de Estado

- Hay un consenso mayoritario de una defensa proactiva de las instituciones. Pero han variado algunos mecanismos. El último golpe de estado que tuvimos no fue militar, sino fue corporativo, cívico y político en 2001. Todos nosotros estuvimos. Eramos actores de reparto, pero actores al fin. Suponiendo que con una cacerola y bajo el hastío catártico, espasmódico, hormonal, pasional e irresponsable de pedir que se vayan todos y al final se quedaron los mismos para siempre. Pero además, salimos a la calle por lo único sagrado que podemos defender: el bolsillo. Acá nadie se moviliza si no es algo que le tocó a él. Siempre vemos al otro como una víctima circunstancial, de algo que le pasó porque es un drama de él y no mío. Porque no me doy cuenta que le pasa lo que le pasa porque no hay ley, no hay instituciones o garantías. Porque no hay pleno estado de derecho en términos, no formales, porque los tenemos, sino reales, y que es esa maduración de una democracia que hoy es electoral y delegativa, pero que tiene que ser participativa y representativa para tener en plena vigencia una república representativa y federal.

- ¿Cómo puede madurar la democracia?

- Primero, haciéndonos cargo de lo que votamos. Ver que esto que tenemos no es una tragedia. Es una elección. La primera minoría electoral eligió este gobierno. Nosotros tenemos que acompañarlo a que termine el mandato como corresponde. El 28 de junio hubo una modificación proporcional del Poder Legislativo. Pero no cambió el Ejecutivo y tampoco una serie de cosas que debían cambiar. Muchos de los que se quejan son nuestros hermanos del campo, que así como nos dieron una lección cívica ejemplar, donde tenían todo para perder, sin embargo resistieron, salieron de la tranquera y se acordaron que no sólo se puede cosechar la propia tierra sino que se puede sembrar una república con instituciones para que defiendan los intereses de todos y no solamente los de las retenciones. Y asumir que el campo la votó a la presidenta.

Somos pasionales y viscerales. No racionales. Todos sabemos que somos ingobernables. Es como si necesitáramos a alguien comprando la paz social con abonos prebendarios y discrecionales, de los que antes eran referentes sociales y ahora son operadores a sueldo para mantener por reparto la paz social que no tenemos. Porque cuando hay hambre, exclusión e injusticia social, no hay paz. También abonando la mafia sindical, que no tiene nada que ver con el sindicalismo. Además, tenés un país arrodillado a una caja, porque todos los gobernadores de las provincias que generan la riqueza tienen que peregrinar a Buenos Aires y pedir que le devuelvan algo de lo que ha generado su gente, su trabajo y su riqueza contra la sumisión obsecuente a un poder unipersonal feudal y no federal.

- ¿Se hizo todo mal?

- No. Y no soy opositor. Yo tengo pensamiento crítico independiente. Yo creo en la alternativa, no en la oposición. Respeto el juego de las instituciones. No me sumo a una oposición en términos partidarios, porque creo que una nueva oposición busca generar alternativas. Los referentes de hoy son una transición entre lo que ya teníamos y lo nuevo que va a venir. El cambio ya está sucediendo.

- ¿Cómo llegamos al gobierno actual?

- En 2003 Kirchner asume la presidencia a partir de un accidente electoral, con un 22%. Lo que demuestra que en la Argentina no hay ideas sino peleas. Que acá nadie llega a nada si no es que otro pierde. Por la pelea entre Menem y Duhalde, nadie se quedó con todo. Kirchner asume con el 22% de apoyo la presidencia de la Nación. Ahí no hubo mística, ni política ni proyecto. Y qué pasaba en la Argentina de 2003? Ninguna novedad, lo que no quisimos ver. En un país unitario y feudal, ¿a quién le importaba Santa Cruz? A nadie. Dieciséis años ininterrumpidos de ejercicio autocrático y hegemónico de una sola persona que gobernó toda una provincia. Tomó un avión, agarró a los amigos y dijo: "Muchachos, ahora todo el país es Santa Cruz".

La Argentina necesita estadistas, no administradores de turno coyunturales. Hace 200 años discutíamos si íbamos a ser españoles o ingleses, monárquicos o republicanos. Hace cien, si íbamos a ser europeos o norteamericanos. Ahora tenemos que discutir si vamos a hacer como Venezuela o como Uruguay. Ya no pretendo ni Brasil.

- ¿Ve una esperanza de cambio en la Argentina?

- En este sentido yo creo que los jóvenes son nuestro reservorio, porque no es cierto en que no están interesados en política o que no quieren participar. Lo que es cierto es que no tienen modelos o caminos claros. Tenemos que volver a la política y a la participación, porque con los gestos, reclamos y manifestaciones un país no cambia. Y que hay que diferenciar el poder para abusar, que es el que ya vemos, del otro que es para transformar y servir. Lo que significa una ética diferente.


¿Quién es el rabino que incómoda al Gobierno? Bergman es fundador y miembro de Memoria Activa, que recibió numerosos premios otorgados por organismos nacionales e internacionales en reconocimiento de su desempeño académico y de su continua labor social como el Konex 2008 al Dirigente Comunitario y el Laurel de Plata 2007, otorgado por el Rotary Club de Buenos Aires, tiene 48 años, cuatro hijos, y antes de ser un líder religioso se recibió de farmacéutico en la UBA e hizo un máster en Educación en el Melton Institute de Jerusalén.
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