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La desvergüenza

Sábado 29 de mayo de 2010
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LA NACION

Cuando San Martín se propuso crear una caballería napoleónica capaz de enfrentar al imperio más poderoso de la Tierra, antes que pensar en el adiestramiento, la técnica y las armas, pensó en el honor. Sabía que hasta entonces las tropas de las Provincias Unidas eran indisciplinadas e informales y que había un trato promiscuo entre sus integrantes. San Martín inoculó en sus granaderos un miedo superior a la muerte. El miedo a la vergüenza.

Pretendía crear así uno de los combustibles esenciales para cualquier gran empresa: el orgullo. Es interesante echar un vistazo a los catorce pecados mortales que ningún oficial de Granaderos a Caballo podía cometer sin ser expulsado o castigado con severidad extrema. Esas penas se aplicaban: "Por cobardía en acción de guerra, en la que aun agachar la cabeza será reputado tal. Por no admitir un desafío, sea justo o injusto. Por no exigir satisfacción cuando se halle insultado. Por no defender a todo trance el honor del cuerpo cuando se lo ultraje en su presencia, o sepa ha sido ultrajado en otra parte. Por trampas infames. Por falta de integridad en el manejo de intereses, como no pagar a la tropa el dinero que se haya suministrado para ella. Por hablar mal de otro compañero con personas u oficiales de otros cuerpos. Por publicar las disposiciones interiores de la oficialidad en sus juntas secretas. Por familiarizarse en grado vergonzoso con los sargentos, cabos y soldados. Por poner la mano a cualquier mujer aunque haya sido insultado por ella. Por no socorrer en acción de guerra a un compañero suyo que se halla en peligro. Por presentarse en público con mujeres conocidamente prostituidas. Por concurrir a casas de juego que no sean pertenecientes a la clase de oficiales, es decir, jugar con personas bajas e indecentes. Por hacer uso inmoderado de la bebida en términos de hacerse notable con perjuicio del honor del cuerpo".

En el combate de San Lorenzo, su segundo oficial, el valiente capitán Bermúdez, llegó unos segundos tarde a la carga planeada. Con esa tardanza redujo el impacto del ataque, y a pesar de que luego su actuación fue decisiva y heroica, San Martín anotó el error en el parte de la batalla. A Bermúdez tuvieron luego que amputarle una pierna, y se sentía tan avergonzado por su propio error y por el deshonor de haberle fallado a su regimiento que una noche se desató el torniquete y se dejó morir.

Casi doscientos años después, los conceptos de vergüenza y de honor han cambiado por completo. Para muchas mentes lúcidas del presente, no causan ni siquiera vergüenza los actos corruptos y mafiosos del poder, y para la sociedad entera, el valor del "honor" adolece de un anacronismo total. Vivimos la era de la impudicia: la intimidad es mostrada escabrosamente en los medios sin que el público se sorprenda o repugne. Internet es vehículo de actos desvergonzados de un strip tease perpetuo que, paradójicamente, esconde mucho mostrándolo todo.

La filósofa Diana Cohen Agrest, brillante autora del ensayo Por mano propia , se aboca esta vez a ese sentimiento tan humano e inquietante, la vergüenza. Lo hace con la misma profundidad y cuidada erudición con que abordó otros temas que fueron notas de tapa de este suplemento: la pereza, la envidia, la vejez, el aburrimiento y el autoengaño.

jdiaz@lanacion.com.ar

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