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La palabra ausente

Ni la potencia impulsora del pasado logró unirnos todavía en una celebración colectiva que honre la memoria de quienes nos legaron las primeras luces de esperanza de un mundo nuevo Tomás Abraham Para LA NACION

Domingo 23 de mayo de 2010
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A veces parece que lo que se festejará el 25 de mayo es el Centenario y no el Bicentenario. Concita más nuestra atención lo que nos inquieta en lo referente a lo conmemorado en el año 1910 y la comparación con nuestra situación presente, que el Cabildo Abierto de aquel día de lluvia de una pequeña ciudad convulsionada por los acontecimientos de la Metrópoli sojuzgada por la tropas de Napoleón.

En el 1810 no éramos un país sino una colonia cuyos habitantes debatían la situación política respecto de una España sometida a las botas de Francia. La fuerza de los "americanos" y de sus milicias en la resistencia a las invasiones inglesas había creado la consciencia de que se podían aunar voluntades para defender intereses locales y hacer respetar una dignidad humillada ante las prerrogativas de los españoles. Pero durante largos años se siguió discutiendo la conformación de la patria y las guerras civiles postergaron el diagrama de una identidad hasta bien pasada la mitad del siglo.

En 1910 había una nación y existía un Estado. El proyecto de la generación del 80, si bien festejaba sus logros al llevar a cabo una revolución productiva e insertar a nuestro país en el mercado mundial como proveedora de alimentos, también había abierto las puertas a una inmigración de tal magnitud que iba a terminar con la estructura política de la república conservadora.

Los dilemas sobre la argentinidad

No hay un ejemplo parecido en lo que respecta a políticas inmigratorias como la implementada por nuestro país desde 1870 a 1910. La mitad de la población porteña, la de la provincia de Buenos Aires y la rosarina eran extranjeras. Debemos imaginar lo que puede llegar a suceder hoy en día si en el término de unas pocas décadas ingresan a nuestro país contingentes de semejante relevancia. Pensemos en unos quince millones de inmigrantes, la mayoría de una sola nacionalidad, desde la década del setenta hasta nuestros días.

Todo cambia: el idioma, la gastronomía, las relaciones familiares, la memoria del lugar. Argentina, en su zona más poblada y desarrollada económicamente, se italianizó. Los italianos nos dieron una identidad que se basa en la pasta, el melodrama, el grito callejero, la mama mía, el fanfarrón y la opereta, para no abundar en el sainete, el del teatro y fuera de él. Y lo más preciado: la hospitalidad.

Una vez que la libra esterlina comenzó a retroceder en el mundo, el país quedó con puntos suspensivos sin saber a qué atenerse respecto de un proyecto ya gastado. Aquello a lo que se acopló se caía, y nada nuevo aparecía para reformular un proyecto.

Es en esa época cuando los dilemas sobre la argentinidad se hacen insistentes. ¿Quiénes somos los argentinos? ¿Italianos? ¿Españoles? ¿Aborígenes? ¿Criollos? ¿Católicos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?

A nadie se le ocurría sostener que no somos nada ya que los pueblos cuánto más "son" peor son, y cuánto mejor "hacen" mejor se sienten. De todos modos, la manía de identificar a pueblos y naciones con personas nos hace creer que las comunidades tienen temperamentos e identidades de una solidez fantaseada que ni siquiera los individuos poseen.

Me gustaría imaginar aquello que se pensaba en 1910 respecto de cien años atrás. ¿Acaso medían los cien años transcurridos cotejando proezas y fracasos históricos? ¿Discutían los hombres del Centenario si los argentinos estaban mejor o peor en 1810 que en ese momento? ¿Añoraban los tiempos de las jabonerías y logias, de las siestas coloniales, la aldea tranquila sólo habitada por criollos una vez expulsados los realistas?

Me temo que no, les gustaba más pensar en el futuro. El presente los estimulaba a mirar para adelante. Nuestro país irradiaba un porvenir promisorio, era una de las pocas tierras prometidas que había en el planeta. Pero nada impide que se generen en el futuro nuevas ilusiones. Las letanías y los anatemas sobre nuestro pasado son inútiles. Para una fecha como la que se festeja no hubiera estado mal inaugurar una gran obra, una represa gigante, el nuevo puerto de Buenos Aires, el fin de la limpieza del Riachuelo, un nueva universidad científica, y si no hay recursos para hacerlo, al menos se podía organizar un homenaje en el Cabildo en donde estuvieran todos los miembros del Congreso de la Nación, diputados y senadores, representantes de las principales religiones, acompañados por la presidenta, el gabinete nacional y los miembros de la Corte Suprema, etc.

¿Cómo vamos a pensar en construir un futuro si ni siquiera se puede llevar a cabo una evocación colectiva en memoria de aquellos hombres de Mayo que nos legaron para las generaciones venideras las primeras luces de esperanza de un mundo nuevo? ¿De qué porvenir podemos hablar si todo se reduce a una fiesta con pabellones que muestran comidas y tradiciones pero que no une a nuestros representantes actuales en un recuerdo común? ¿Cómo obtener una aspiración colectiva si una fecha ejemplar como ésta sirve para espantarnos y alejarnos como si un compatriota por tener ideas diferentes fuera un leproso? ¿Acaso estos son tiempos de peste? ¿De esto se trata el llamado "modelo"?

¿Cuánto tiempo seguiremos discutiendo el nombre de las calles y en qué momento terminará esta lucha por la apropiación de los monumentos y la fiscalización de la historia? Por supuesto que conocer la historia argentina no sólo es necesario sino además interesante. Siempre y cuando no sea un botín para que pirateemos del pasado lo que más nos conviene para legitimarnos a nosotros mismos y a las opciones políticas a las que adherimos.

Rendir justicia a la memoria se ha convertido en un pretexto ideológico. Barremos el pasado con una escoba puritana y separamos héroes y mártires, verdugos y traidores, ignorando las contradicciones que caracterizan a todo hombre público.

¿Acaso creemos que el pasado es más propicio para beatificar próceres que lo es hoy en que denunciamos la vacuidad y la falta de ideales de la clase política? ¿En cuántos pedazos partiremos a Rivadavia, Sarmiento, Quiroga, Artigas, Dorrego, Roca, para que cada uno de nosotros se lleve su pequeña reliquia a casa y la cuelgue como trofeo?

El Bicentenario queda lejos y el Centenario nos queda grande. Reinauguramos el Colón pero el glamour de aquel frac con galera y bastón ya no es el mismo. Montaremos grandes pabellones en la avenida 9 de Julio que rápidamente se desmontarán. Habrá cientos de cantantes y de bandas para nuestro solaz y alegría. Haremos todo el ruido posible par darle importancia y emotividad a la fecha, mientras pensamos en el Mundial, en los tres días después, el 28, en el que los muchachos se van a Sudáfrica en donde se juega la argentinidad pasional esta vez unánime y se canta el himno con más energía.

La afición que tenemos de abrazarnos al pasado, aferrarnos a mitos tantas veces rejuvenecidos, insistir en las divisiones pretéritas, y fragmentar de un modo maniqueo a nuestra historia y a la sociedad actual quizás tenga que ver con nuestro sentimiento presente. No tan placentero. Hoy se dice "crispado". Pero la palabra que no se pronuncia y está ausente del vocabulario político bien vale la pena recordarla y grabarla para nuestra memoria del futuro: grandeza.

© LA NACION

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