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La primavera gay

Martes 25 de mayo de 2010 • 01:48
PARA LA NACION
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Escena 1: en la sala de maquillaje de un canal de televisión, un joven periodista se encuentra con un conocido bailarín, de proclamada homosexualidad.

Dice el bailarín en tono confidencial: "¿Sabés lo que yo te haría, bebé?".

- ¿Qué me harías? – responde el periodista, un poco asustado.

- ¡Te pondría lolas, mi amor…se te acaban todos los problemas!

- Pero es que yo no tengo ningún problema.

- Vamos, no seas hipócrita…

Es decir: se ha elaborado la pintoresca noción de que "lo normal es ser gay, y lo contrario pura hipocresía".

Escena 2: en la entrada de una discoteca de la Ruta 8, un equipo de camarógrafos registra los pormenores de la tumultuosa nocturnidad en el conurbano de Buenos Aires. Dos chicas bonitas se acercan con ánimo de entrar a bailar. Un reportero se interpone en el camino y, micrófono en mano, con la cámara encendida, interroga a una de las muchachas.

- ¿Vas a entrar?

- Sí, voy a bailar.

- Pero mirá que es una discoteca gay.

- ¿Ah, sí? No lo sabía. Yo estuve la semana pasada y era normal.

- Pero desde hoy es boliche gay.

- Ah… Entonces me voy a otro sitio.

- ¿No te gusta? ¿Estás discriminando?

- No, es que yo quiero bailar con chicos. Aquí a 20 metros hay otro boliche. Ahí lo puedo pasar mejor. Mi amiga y yo nos vamos…

- ¡Tendrías que abrir un poco tu cabeza! – concluye el periodista, contento de haber aportado un testimonio progresista a la libertad de pensamiento, o lo que sea.

De pronto, mientras el Congreso debate el matrimonio Gay, una furiosa invasión se ha abatido sobre los canales de televisión, el cine, las revistas, la comunicación, la cultura y, finalmente, la política. Algunos hablan de Malón Rosa: miles de homosexuales salen del closet.

Ya no se estila el viejo modelo del señor gay: discreto, refinado, reservado, solterón. No se le conocía una novia, sólo algunos amigos. Jamás podía afirmarse nada sobre su vida privada. Ahora lo que cuadra es otra cosa: subirse a la marcha del orgullo Gay-Lésbico-Trans, disfrazarse con plumas y perlas, pintarse los labios, mirar a cámara con lágrimas en los ojos y cara de víctima: "Me asumo gay".

Asistimos, pues, a un colorido desfile de mariquitas (vocablo tomado del propio léxico gay) con besos en la boca, anillos intercambiados, valientes proclamas de lucha y exhortaciones a "abrir la cabeza".

De vez en cuando asoma algún hombre del Pleistoceno como el honesto legislador salteño don Alfredo Olmedo, para decir en cámara:

- Yo tengo la cabeza cerrada, y la cola también.

"Machista" se ha convertido en el peor insulto del mundo. Algo entre nazi y pedófilo. Entre golpeador de mujeres y violador de niños. Entre genocida y torturador.

La nueva cultura gay, triunfante en este cuarto de hora, ignora que hombres como Simón Bolívar, José de San Martín, Domingo Faustino Sarmiento, Julio Argentino Roca, Marcelo T. de Alvear, Alfredo Palacios, Adolfo Bioy Casares, tuvieron amantes, quiero decir amantes mujeres, en plural, dentro del estilo de vida que algunos llamarán machista y donjuanesco, y otros calificaremos sencillamente como propio de una época. El Siglo XIX (cuando se construyó la República Argentina) fue signado por las revoluciones, las independencias, las batallas imperiales. Desde Napoleón Bonaparte hasta Wellington, desde Justo José de Urquiza hasta Lavalle, los hombres montaban a caballo, emprendían largos viajes y combatían por el mundo mientras las mujeres permanecían en casa, cuidando a los niños.

Así fue la vida humana, por otra parte, en todos los milenios que lleva sobre el planeta, y apenas se perfiló esta novedad de la "igualdad entre los sexos" y la "cultura gay" alrededor de 1950.

El discurso imperante establece, en estos días, que lo natural es ser homosexual, porque todos lo somos, aunque intentemos ocultarlo. Aquel hombre que intenta presentarse como "macho" o, menos enfáticamente, "varón en servicio activo" es considerado un hipócrita. Un pobre conflictuado que oculta sus problemas psicológicos en el desván. Un desviado sospechoso. Y las mujeres que "sólo" quieren ser madres, compañeras de un hombre, amarlo y servirlo (sí, servirlo) como sólo una mujer que ama puede hacerlo, para este momento de carnaval homosexual aparecen como unas pobres diablas. Limitadas. Esclavizadas. Obtusas. "Susanitas".

Los propios temas que surcan las páginas de revistas y que ocupan infinitos minutos de la tele delatan un tono terriblemente afectado. "Qué look que tenés…Contame tus últimos gadgets…Te voy a chusmear algunos tips…No hay como la seducción…". Se habla mucho de "discriminación", con persistente tontería, y de "asumirse" y de "abrir la cabeza". El homosexual declarado y aparatoso, ya por serlo, tiene chapa de intelectual sensible, comprometido con la realidad social. A partir de esto puede ser reportero en las cárceles, investigador dentro de las villas donde reina el paco, predicador de la new-age y hasta filósofo. ¿Por qué no?

El tono de charla de peluquería de señoras está muy lejos de la categoría intelectual de las verdaderas personalidades homosexuales como Truman Capote, Fernando Peña o Jaime Baily.

Esto es otra historia. Esto es el Carnaval de Venecia, donde todos se colocan una blanca máscara andrógina, que evoca a la muerte. Porque –no está de más decirlo- el macho y la hembra al unirse se sacan chispas y generan… vida.

No hay quien pueda negarlo.

La humanidad conoce la homosexualidad en varones y mujeres desde el principio de los siglos. Los homosexuales han sido tratados como enfermos, como pecadores, como anormales, han sido maltratados, a veces mirados con sorna o con desprecio. Optar por esa condición (o nacer con ella, no se sabe bien) es garantía de una vida difícil. La humanidad les debe, hoy, un trato respetuoso. No piadoso ni despectivo ni de consolación. No: respetuoso. Ahora bien: lo que no les debe es un baile de disfraces ni un show. Ni rendirse a sus pies para que nos enseñen cómo es la vida. Eso tampoco.

El matrimonio es la célula inicial de una familia, y lo componen por imperio de la naturaleza un hombre y una mujer. ¿Qué los homosexuales quieren constituir parejas estables y casarse? Hay mil maneras de asegurarse una mutua protección legal, social y laboral. Igualar el matrimonio hombre-mujer con el matrimonio hombre-hombre o mujer-mujer es conceder una igualdad artificial a relaciones humanas que no son iguales. No son ni serán iguales por más que lo diga la ley.

¿Qué los nuevos contrayentes quieren adoptar niños? Cómo no, pero antes debe crearse una nueva ley para que exista la adopción en la Argentina, porque en la actualidad existe poquito. Se necesita una adopción rápida, responsable, pensante, humana. ¿O es que no vemos a los niños durmiendo en la cale, inhalando pegamento, consumiendo paco, convirtiéndose en ladrones, asaltantes, violadores o prostitutas y prostitutos? ¿No vemos acaso que hay miles de chicos que no van a la escuela y, de hecho, no tienen mamá y papá? El lugar para esos niños no es un orfanato ni un comedor con psicopedagogas, donde (una vez por año) se registra la breve visita de la mamá o el papá biológico. Que de esa manera conservan su patria potestad. Los chicos están huérfanos los restantes 364 días del año. Eso no es justo. Esos niños merecen un hogar y la República debe garantizarlo.

En las listas de candidatos a padres adoptivos, han de ocupar los primeros sitios las parejas de mejores posibilidades psicosociales y económicas. Los más jóvenes, como ocurre hoy. Los juzgados valoran más a una pareja de 35 años que a una de 70. Será un concepto discutible, pero hay que aceptarlo porque no es gratuito. Los hijos adoptivos deberán contar con la protección de sus padres durante muchos años, de modo que no pueden ser demasiado viejos ni enfermos: esa es la verdad dura y pura. Ahora bien: que en esa lista pueden figurar solteros y solteras, parejas de hecho, parejas homosexuales. ¿Por qué no? Lo importante es que los niños no se queden solos y desprotegidos, o refugiados en instituciones. Necesitan amor, y sin duda una pareja gay lo puede brindar.

No necesitamos una cruzada rosa ni un malón gay-lesbian: tampoco una guerra entre los "normales" y los "raros". Necesitamos una nueva ley de adopción, que deberá respetar nuestra cultura. Tal vez podríamos mencionar que el 90 por ciento de los seres humanos (la mayoría silenciosa y un poco azorada ante el show actual de mohines y reproches) está compuesta por hombres y mujeres, heterosexuales, tanto si practican el credo católico como el judío, el islámico o el evangélico, y lo mismo da si son ateos convencidos o Testigos de Jehová. La mayoría está integrada por hombres que gustan de las mujeres y mujeres que gustan de los hombres.

No estaría de más respetar a toda esa gente.

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