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La euforia oficial y la realidad del pueblo

Jueves 27 de mayo de 2010
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LA NACION
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La Argentina del Bicentenario oscila entre la euforia del kirchnerismo, que pretende construir un mundo virtual, la depresión de una oposición que no alcanza a articular una alternativa prometedora y la realidad de una sociedad más madura que sus dirigentes.

Por cierto, la euforia y la desorientación son propias de la idiosincrasia nacional, pero no permiten resolver los problemas porque, ambas, se erigen sobre un mismo común denominador: imágenes distorsionadas y falsas.

Fueron el pueblo, volcado masivamente a las calles para homenajear s su país (no a su Gobierno), y la Iglesia, con su reclamo para que mejoren las instituciones y a la justicia concreta, quienes hicieron las lecturas más certeras.

* * *

La presidenta Cristina Kirchner y los actos oficiales buscaron construir un mundo autorrefencial, donde la historia mereció una interpretación sesgada y, la Justicia, que es una parte de esa historia y del país, parecía agotarse en la acertada pero insuficiente reivindicación de los juicios de derechos humanos.

Buena parte de la lucha que encaró el Gobierno contra los medios -que ahora, además, está en Tribunales- busca, precisamente, distorsionar el relato de la historia, porque la realidad no se ajusta al relato.

El presidente Hugo Chavez confesó esta visión: "Igual pasa en Caracas. Yo no lo pondría como que Cristina y Chávez tienen un pleito con los medios. Una buena parte de los medios, manejados por la derecha, tienen un pleito con la Patria y nosotros estamos al frente de la Patria", dijo en declaraciones radiales.

En esa visión, no queda margen para la división de poderes, ni para el equilibrio institucional. El líder político se erige como único interprete de la realidad.

La presidenta Cristina Kirchner también incurrió en algunos errores cuando dijo que la Argentina del Bicentenario está mejor que la del Centenario.

En efecto, el país ya no es la novena economía mundial, como lo era entonces. Y si bien es cierto, como recordó la Presidenta, que hace 100 años no existían los derechos sociales, eso no fue por una deficiencia de la política argentina, sino de toda la civilización: la idea de derechos sociales, en 1910, no se había siquiera desarrollado, pues sólo apareció en 1917, con la Constitución mexicana de ese año y, en 1919, con la creación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Para no cometer errores, mejor no hacer comparaciones.

Fue el obispo de Mercedes-Luján, Agustin Radrizzani, quien hizo una radiografía adecuada cuando reclamó mayor justicia concreta, además de mayor justicia distributiva y mayor institucionalidad.

La Argentina es un país donde la Justicia, en todas sus significaciones, muestra más fallas que fallos. No hay justicia distributiva, como lo evidencia el enorme número de pobres. Y tampoco hay un verdadero Poder Judicial capaz de limitar al poder y acotar la corrupción.

En efecto, las causas que tienen por protagonistas a Hugo Moyano, Ricardo Jaime y Mauricio Macri, la valija de Antonini Wilson y otros muchos son meros expedientes donde los jueces pecan por defecto de investigar a fondo o por excesos de arbitrariedades. Ocasionalmente, se llega a fallos correctos, pero muchos magistrados todavía tienen que dar pruebas de que son capaces de ser justos.

Fue también el pueblo, a pesar de los sinsabores que puede traer vivir en la Argentina, quien mostró más madurez que los políticos.

Le resta a la política leer la realidad y acercarse a ella.

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