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Con las narices rojas

Los payasos copan el teatro independiente y el oficial con por lo menos diez propuestas

Viernes 04 de junio de 2010
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Por Paula Gingins Para LA NACION

Importantes dosis de ternura, impulsos sin filtros, transparencia, cierta torpeza y enormes cuotas de un humor ingenuo y simple, de ese que no lastima. Tal vez allí puedan buscarse las bases del lúdico mundo del clown, donde el vínculo con el espectador se construye en cada función, en un espacio que se teje de ambos lados del escenario.

Como una búsqueda inagotable de nuevas formas de decir, de miradas poco convencionales sobre los temas fundamentales de la humanidad, de intentos por bucear en aguas profundas, el humor sostiene a quienes eligen el lenguaje del clown como expresión artística y lo transforma en cosa seria. Cada vez son más las personas que se acercan a los talleres que dictan maestros y profesionales del género en la ciudad. Así, la cartelera porteña ofrece más de una decena de propuestas para público adulto que buscan conmover a la vez que arrancan sonoras carcajadas.

"El clown tiene mucho rigor de verdad; no hay términos medios", reflexiona Marcelo Katz, el artista que se maravilló con este lenguaje hace más de 20 años y que en la actualidad dirige a Hernán Carbón, Gabi Goldberg, Virginia Kaufmann, Martín López Carsolio, Julieta Carrera y Sebastián Furman en Tempo , una pieza divertida, cargada de ternura y matices poéticos en la avenida Corrientes. "Lo que más disfruto es el contacto entre el clown y el espectador. Se trata de uno mismo puesto en juego: estás expuesto, no es que armás un personaje, sino que es verte y ver al otro en un mundo en que no podemos divisar realmente quién es el otro porque todo está muy barnizado", explica este referente del género.

Katz detalla que el clown le resulta atractivo porque hace reír, porque es vulnerable y amigo del ridículo, porque "vive en el presente" y su trabajo es construir puentes con los demás. "Me encanta jugar, disfruto las tonterías que el clown hace en escena en un juego zonzo y simple sobre los grandes temas humanos", cuenta a LA NACION.

Tal vez una de las armas más fuertes (y divertidas) del género sea la posibilidad de desplegar la capacidad de improvisar. Además, según explica, la improvisación es una de las formas de llegar al material que se llevará a escena. Una vez allí, no es necesario ir a buscar los problemas sobre el escenario, sino que llegan por sí solos. Porque el clown intenta hacer las cosas bien pero es torpe, demasiado impulsivo y apasionado. Aunque para el payaso la aparición inesperada de un problema es un premio que agradece. "Es un regalo para nosotros la posibilidad de salir a jugar con ese obstáculo. Somos muy amigos del ridículo y todo se relaciona con dejarse ver, con lo verdadero", explica el artista.

Exponentes del género

Histriónicas y apasionadas, Leticia Torres y Violeta Naón, dos actrices que proponen unipersonales, reconocen que sus entrañables payasas, Yoko Onda y Pupé Sordi, respectivamente, funcionan como una especie de álter ego que puede manifestarse con cierta "ilegalidad" y sin filtros arriba del escenario.

"Yoko Onda puede hablar de cualquier tema, descontracturándolo. Hay algo sanador de reírse de aquello que por ahí pesa mucho en lo cotidiano, y la verdad es que ella va a fondo pero desde un costado más ingenuo y puro", opina la creadora de esta payasa algo perdedora, que pretende detener el tiempo para lograr las metas que establecen los mandatos culturales y que ella nunca alcanza. "El clown propone jugar con mucha libertad y no permite mentir", expresa Torres con entusiasmo. Y sigue: "Para es como sacar la neurosis afuera. A pesar de que Yoko va al extremo y, a veces, los temas se juegan en el plano del ridículo, hace y dice cosas que no me animo a decir. ¡Y tiene una mirada mucho más copada que la que tengo a veces!", dice y suelta una carcajada la autora de esta obra a la que llamó Y.O .

Para Naón la técnica del clown apunta a "lo medular de lo humano y tiene que ver con reírse de esa humanidad". Si bien no todos los clowns eligen usar la nariz, ella (al igual que Torres) prefiere usarla: "Es una pequeña máscara que revela, porque no podés caretearla -dice-, aunque suene extraño. Todo el trabajo tiene que ver con desenmascarar y revelar algo de la esencia humana, lo emocional, lo afectivo", reflexiona la autora de Siento por ella . "Así vas sacando capas y llegas a aspectos duros o amargos, con una dosis de ternura, porque el payaso quiere que lo quieran. Es esa pulsión de ser aceptado, de sentirse parte y sobre ese lugar trabajamos, que es un poco la desnudez común a todos", explica Naón, cuya payasa se obsesiona con el objeto de su amor, se aferra a él con ternura y ciertas dosis de pasión, como si eso pudiera "tapar sus propios agujeros" y rescatarla de la soledad.

Por su parte, el clown Walter Velázquez, quien ya popularizó a su personaje Carlos Calostro Meconio, con su nariz negra, adelanta que en agosto estrenará su obra Rescate emotivo (¡No pasa res!). " Hace años que no trabajo solo para clowns, sino también para comediantes en general, y más allá del manejo de disociación, diversas calidades de energía y velocidades, creo que cuando un comediante comprende que hacer reír no es hacerse el gracioso sino «intentar estar en estado de gracia» está hecho", afirma Velázquez. Además dirige Neverland , por estrenarse próximamente y La última habitación (el despertar de Clara), que va por su segunda temporada.

Cuando se pregunta a los artistas porqué estiman que cada vez más gente se interesa por este género -los tres están al frente de talleres de clown-, ensayan varias respuestas: "otorga la posibilidad de usar el cuerpo como un medio para expresarse", "retoma lo lúdico como en la infancia", "permite dejar de intelectualizar todo", "ayuda a manifestar los estados de ánimo sin juzgarlos, sino aceptándolos". ¿Será, entonces, que el gran atractivo del clown radica en despojarse de los esquemas que abundan en la sociedad y animarse a abrir la puerta para salir a jugar?

Para agendar

Tempo. Dir.: Marcelo Katz. En el C. C. de la Cooperación, Corrientes 1543. Viernes y sábados, a las 20. $ 40.

Y.O. De Leticia Torres. En Tadrón Teatro, Niceto Vega 4802. Viernes, a las 21. Desde 20 pesos.

Siento por ella. De Violeta Naón. En Belisario, Corrientes 1624. Domingos, a las 21. Desde 25 pesos.

Cancionero rojo. De Darío Monti y Lorena Vega. En Noavestruz, Humboldt 1857. Sábados, a las 21. $ 30.

Querida Marta. De Irene Sexer. En Pata de Ganso, Zelaya 3122. Viernes, a las 23. Desde 20 pesos (ver crítica aparte).

La última vez (que me tiré a un precipicio). De Georges Lewis y Victoria Almeida, dirigida por Mario Luis Marino. En El Piccolino, Fitz Roy 2056. Viernes, a las 23. $ 30.

¡Payasos en banda! Dirigida por José Páez Toledo, con Roberto Catarineu y Cuatro Vientos. En el Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Sábados y domingos, a las 15. $ 25 (para toda la familia).

Bajo la luna. De Marcos Arano y Hernán Salcedo. En Espacio Aguirre, Aguirre 1270. Domingos, a las 19. Desde 15 pesos (para toda la familia).

Finimondo. Con el payaso Toto Castiñeiras (actualmente en el Cirque du Soleil). Lunes 28 y martes 29 de junio, a las 20; y jueves 1º y viernes 2 de julio, a las 23. En el Metropolitan 2, Corrientes 1343 (5277-0500). Entre 30 y 70 pesos.

La última habitación (el despertar de Clara). De Walter Velázquez. Sábados, a las 23.30, en Belisario, Corrientes 1624 (4373-3465). $ 30.

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