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Ritos de escritor

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LA NACION
Sábado 12 de junio de 2010

Mientras recorríamos los mágicos prados de La Rioja española, a punto de llegar a dos monasterios de los siglos V y X donde se hallaron las primeras evidencias escritas del castellano, Manuel Vicent y yo no podíamos dejar de hablar de literatura. Vicent, uno de los más geniales articulistas que ha generado la España democrática, me recordaba, entre otras cosas, que hay muchas clases de escritores. Están, en principio, aquellos a los que les descubrimos el truco por la portada de un libro y aquellos a quienes se lo descubrimos inevitablemente en las primeras líneas o a mitad de una novela. Pero ya en los máximos niveles, están también aquellos excelsos a los que les descubrimos el truco recién al cabo de leer toda su obra, como Borges, y aquellos a quienes jamás logramos descubrírselo, como Shakespeare.

Más allá de la literatura experimental, que seguirá existiendo y tendrá siempre su valor, Vicent considera que ya no resulta creíble escribir "Julia se sirvió una copa y caminó hasta la ventana". "Es que no me lo puedo creer", comenta. La vida moderna, la intercomunicación instantánea, la posibilidad de ver y oír en directo a través de las pantallas de los medios o de Internet, la chance de entrar fácilmente en mundos cotidianos o viajar a cualquier rincón del planeta le quitan de algún modo verosimilitud a la novela actual y dejan al desnudo su impostura. "Es por eso que sostengo que si Dickens viviera, sería reportero", dice Manuel para provocar. El reportaje o crónica novelada le parece, por lo tanto, el gran género literario del siglo XXI. Tal vez tenga razón.

Luego hablamos de Frank Sinatra, a propósito de la legendaria crónica de Gay Talese, y pienso de improviso que hay también dos clases de escritores: los que componen y los que interpretan. Aquellos que dan a luz algo nuevo y aquellos que convierten esa obra ajena en nueva con su interpretación llena de matices. Los primeros son la vanguardia que va creando; entre ellos hay genios y mediocres. Pero luego están los que cantan a su manera esas canciones, poniéndoles su sello y haciéndolas sonar como si fueran propias y flamantes. También dentro de este grupo hay comerciales, bastardos y grandísimos artistas, como Frank Sinatra.

Los periodistas que escribimos literatura siempre estamos hablando acerca de estos temas misteriosos del arte, tratando de entenderlos más allá de lo que nos cuentan los críticos y los libros de ensayo. Nos interesan los métodos de la escritura: si el narrador aborda sin ideas preconcebidas y va creando página a página (Aira, Simenon, Marías), si conoce sólo el principio y el final del relato (Borges, Bioy, Poe) o si antes de sentarse lo imagina y planifica todo (Conan Doyle, Joseph Roth, Sarmiento, Galdós, Pérez-Reverte).

Finalmente, el renglón inconfesable y cholulo de nuestra curiosidad radica en saber además cómo escriben los que escriben. Pero ya no en un sentido de práctica literaria sino de mera operatividad de escritorio. En la mesa del narrador hay cábalas, caprichos, técnicas y secretos fascinantes que a veces revelan mucho más del autor que diez entrevistas de prensa. Acerca de estos secretos trata precisamente nuestra nota principal de esta semana.

jdiaz@lanacion.com.ar

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