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La TV escandalosa

Llama la atención que tantos televidentes sigan deleitándose con escenificaciones de peleas de pésimo gusto

Lunes 21 de junio de 2010
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El deslizamiento imparable de la televisión argentina hacia fórmulas y contenidos cada vez más torpes y groseros, como parece preocupar cada día a menos televidentes, continúa creciendo. Las últimas semanas, recrudeció esa TV en la cual las relaciones humanas se ven a menudo teñidas por lo escandaloso en chabacanos shows con apariencia de realidad, lamentablemente reproducidos, en pleno horario de protección al menor, por programas de la tarde dedicados a la televisión autorreferencial.

Aun los que hayan decidido no ver programas como ShowMatch ni sus "repetidores" no tienen más remedio que oír -sí, oír y escuchar, en ese orden- algunos tramos muy ilustrativos de las relaciones entre jurados y participantes en no pocos programas radiales matutinos. Se trata de un curioso fenómeno de "globalización" de un hecho que podría ser de interés para unos pocos y que termina, por ejemplo, siendo lo más leído, comentado y hasta votado en algunas páginas online de medios de comunicación. Curiosamente, no son las siempre positivas convocatorias solidarias de ese programa lo que se comenta, sino las tonterías a las que se prestan los protagonistas.

Muchos lectores podrán pensar que estas fórmulas cada vez más burdas y exhibicionistas han dejado de ser, paradójicamente, noticia, o que, a causa del Mundial de fútbol, de alguna manera, hay que competir para llamar la atención y distraer al televidente para que ponga su cuota de rating en el programa ya mencionado. Lo que ocurre es que esta escandalosa manera de concebir los contenidos televisivos parece no tener límites. Tanto el conductor, Marcelo Tinelli, como los cambiantes personajes que integran los distintos rubros (jurados, participantes, coachers ) llegan cada día un poco más lejos en sus expresiones (el nivel de lenguaje se hace cada vez más vulgar). Y últimamente han ingresado de manera franca en el artificio total: peleas e insultos que, al día siguiente, se truecan en abrazos y pedidos de perdón, todo regado con abundantes lágrimas o, como en algún caso reciente, con desmayos más que convenientes. Y es justamente este costado artificial el que más llama la atención de la audiencia: el público que sigue este programa se deleita con estas escenificaciones de peleas.

No importa si los organismos o las autoridades competentes siguen brillando por su ausencia; lo que asombra y perturba es que este tipo de situaciones ocurren dentro de una sociedad que cada día que pasa parece alentarlas y apreciarlas más. Por supuesto, no es cuestión de reclamar ninguna forma de control o censura que implique restringir la libertad de expresión. Lo que estamos observando es cómo se va degradando el gusto de los televidentes medios, al mismo tiempo que empeora el nivel educativo. Quizás una cosa sea consecuencia de la otra, pero no se trata aquí de enjuiciar a un medio de comunicación y de entretenimiento como es la televisión, sino de apuntar a la sociedad que consume este tipo de programas.

La sociedad argentina debe, por lo tanto, reflexionar seriamente sobre estas emisiones de difusión masiva y su innegable influencia, sobre todo en los más jóvenes, que muchas veces asisten a ellas como un entretenimiento más, sin reparar en que atentan contra su salud moral o rebajan la dignidad de valores humanos esenciales, cada día más necesarios para reconstruir un país que todavía no ha emergido de sus crisis económicas y espirituales.

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