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Sudáfrica 2010: los cuartos de final

Epopeya: en un partido de locos, Uruguay logró la hazaña

Deportiva

JOHANNESBURGO.- Un país que no llega a los tres millones y medio de habitantes amargó a todo un continente. Uruguay se transformó en el ogro de África, le quitó la ilusión y le robó la alegría. Otra vez, como hace 60 años en el Maracaná, unos centenares de personas celebran a costa de la decepción de millones. Ese es el sentido de la epopeya futbolística que predica Uruguay. Con el ya lejano 3 a 0, la Celeste había dejado herida de muerte a Sudáfrica, primer país organizador de un Mundial que no supera la etapa clasificatoria. La gran mayoría de las 84.000 personas que ayer estuvieron en el Soccer City se volcaron a favor de Ghana, el único representante de África con posibilidades de cambiar la historia y alcanzar por primera vez las semifinales. Ghana fue local en un país que no era el suyo, pero que lo acogió con el suficiente afecto como para sentirse el depositario de una causa transnacional.

Después de 120 minutos y la tanda de penales, el visceral grito de "¡Vamos, Uruguay!" tapó a las ensordecedoras vuvuzelas. A los africanos no les quedaba aliento ni para suspirar, mientras todo el plantel y el cuerpo técnico uruguayo armaba una celebración bien rioplatense, de saltos y cánticos, junto a los 2000 uruguayos que estaban en la platea baja. En el Soccer City no se vivió el drama brasileño del Maracanazo, pero la garra charrúa convocó a los viejos duendes, pidió que le prestaran atención como hacía mucho tiempo no ocurría. Si, en definitiva, el candombe tiene raíces africanas, y en América del Sur no hay país que lo lleve más adentro que Uruguay.

El seleccionado de Tabárez ya se sentía con buena estrella en este Mundial. Incluso antes de conseguir esta inolvidable clasificación a las semifinales después de 40 años, trajinados entre épocas de ausencia y de tirón corto. Intuía que algo importante, capaz de movilizar las pasiones y los sentimientos, se estaba gestando. El equipo se iba encontrando y el espíritu crecía. Después de mucho tiempo había frenado esa dinámica declinante y sensación de pesimismo. Nunca perdió el orgullo, pero sí pasó varios años con la confianza en baja y desgastado en pleitos internos. Uruguay no se ponía de acuerdo y vivía evocando hazañas y rumiando por el presente. Agotado en su pequeño microcosmos futbolístico, ese mismo que décadas atrás le dio credenciales en el escenario internacional.

Desde ayer puede decir que dio una vuelta de página. A su estilo, a su manera, con ese sentido de la épica que le viene de antaño. En el fútbol, todo puede pasar. Nada puede darse por descontado. El emocionante partido de ayer lo ratificó. Mucho de lo que ocurrió excede la crónica deportiva. Es material de cuento, de piezas literarias. Explicarlo de manera cartesiana es despojarlo de lo más sabroso, de lo insólito, de lo increíble.

Un jugador que se va expulsado se transforma en salvador, en héroe. A Uruguay le pesaban las piernas, pero le respondía el alma. El último esfuerzo en ataque lo hacía Ghana; la entrega sin claudicaciones en defensa la corporizaba Uruguay, que había visto cómo sus mejores momentos (los primeros 25 minutos, buena parte del segundo tiempo) no le alcanzaban para ir más allá del empate. Iba el minuto 120, y ambos equipos se habían vaciado, habían jugado con gran dignidad. Vino un tiro libre a favor de Ghana en forma de centro desde la derecha; en el área de Uruguay se produjo algo parecido a una revolución, con centro en una pelota ingobernable y un montón de jugadores dudosos de estar ocupando el lugar adecuado. Uruguay tenía uno sobre la línea del arco, no enviado precisamente por el Maestro Tabárez, sino más bien por Dios. Era el centrodelantero Luis Suárez, al que el imprevisible arquero Kingson (se podía esperar de él la atajada más milagrosa como el error más burdo) le había tapado no menos de cuatro remates de gol. Con Muslera fuera de acción, deambulando en una montonera de jugadores, Suárez primero rechazó con las piernas un remate de Appiah. La pelota le cayó a Adiyiah, que definió alto, como para eliminar la oposición de Suárez, que quizá comprendió que para que Uruguay tuviera la posibilidad de seguir él debía sacrificarse. Y lo hizo: metió las manos para despejar el tiro. Penal y expulsión. Penal y se terminaba el partido porque ya se estaba en tiempo de descuento del suplementario. Para ejecutarlo se paró Gyan, que había convertido dos penales, ante Serbia y Australia. Un delantero temible, poderoso, que se había fajado como el que más para conseguir el gol en la hora y media que había quedado atrás. Lo tenía a su merced, pero el tiro dio en el travesaño y salió.

Uruguay llegaba a la definición por penales con el entusiasmo de un resucitado. Tenía otra vida, mientras a Ghana no le alcanzaría el breve descanso para hacer terapia de recuperación. Ya se había empezado a ir del Mundial. El fútbol tiene tantas vueltas que muchas veces es cruel: Gyan disparó el primer penal y lo convirtió con una seguridad y precisión que no parecía el futbolista que cinco minutos antes había desperdiciado una ocasión histórica.

El arquero Muslera, que había terminado con los guantes calientes por las arremetidas de Ghana, empezó a leerles las miradas a los apesadumbrados africanos. Sobre todo, las de Mensah y Adiyiah, a quienes les adivianó la intención con dos estiradas a su izquierda para desviar sendos remates. Y llegó Abreu, justo un trotamundos del fútbol para hacer un gol en uno de los pocos puntos geográficos que le faltaba. Seguramente Kingson no tuvo un asesoramiento como Lehmann en el Mundial anterior frente a la Argentina. Nadie le avisó que a este uruguayo desgarbado le dicen Loco , entre otros motivos, porque se le ocurre "picar" la pelota en un penal. Y no le importa que sea el decisivo de un partido histórico. La pelota ingresó mansa y remolona por el medio para desatar el alocado festejo uruguayo. Atrás habían quedado el golazo de tiro libre de Forlán y el temperamento general para absorber la adversidad de no tener a la pareja central titular (no estuvo el lesionado Godín y Lugano salió con la rodilla afectada en el primer tiempo). Uruguay también se había quedado sin Suárez y Lugano, dos fijos para los penales. La clasificación tenía algo de milagroso. Alguna vez lo dijo el escritor Eduardo Galeano: "Uruguay tiene dos milagros: el fútbol y la literatura. ¿Cómo puede ser que un país que tiene la población de un barrio de Buenos Aires o San Pablo haya ganado dos campeonatos olímpicos y dos mundiales? Es inexplicable". Tanto como que también haya enmudecido al bullicioso continente africano.

  • Para Uruguay, fue el debut en los penales
    La de ayer fue la primera definición por penales que afrontó Uruguay en la historia de los mundiales. Sólo había disputado dos tiempos suplementarios, con un triunfo (1 a 0 a la Unión Soviética en 1970 por los cuartos de final) y una derrota (4 a 2 ante Hungría, en 1954, por las semifinales).
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