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Memorias de un libertino genial

Un film de Carlos Saura y la puesta de Don Giovanni en el Colón y en el Argentino de La Plata actualizan la figura del libretista de Mozart, cuya vida estuvo marcada por la aventura, la gloria, el riesgo y una sensualidad sin límites

Sábado 10 de julio de 2010
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Por Hugo Beccacece Para LA NACION - Buenos Aires, 2010

Sólo un libertino acosado por las deudas, ávido de gloria, perseguido por amantes despechadas, por enemigos profesionales, por maridos celosos y, sobre todo, por una sensualidad que no le daba respiro, podía escribir el libreto perfecto que Lorenzo Da Ponte, su autor, le entregó a Wolfgang Amadeus Mozart para que compusiera Don Giovanni .

La figura de Da Ponte cobró una actualidad inusitada en los últimos meses, a propósito del film Io, Don Giovanni , dirigido por Carlos Saura, que ya se ofreció en los festivales de cine de Toronto, Roma, Oslo y Málaga. Por una vez, la historia no se centra en Mozart sino en la existencia aventurera de Da Ponte. La película reconstruye el proceso de creación de la ópera mozartiana y se basa en las Memorias del libretista. Además, hace dos meses, Don Giovanni se representó en el Teatro Argentino de La Plata y la próxima semana se repondrá en una nueva versión en el Colón de Buenos Aires.

De Emanuele a Lorenzo

La pequeña ciudad de Ceneda (hoy Vittorio Veneto) era una población de muy pocos habitantes cuando en ella nació Emanuele Conegliano, el 10 de marzo de 1749. Era hijo de Jeremías, un zapatero judío. Tuvo otros dos hermanos: Baruch y Ananías. Apenas Emanuele cumplió los cinco años, la madre murió y el chico quedó, en parte, librado a sí mismo. El padre se ocupaba irregularmente de la educación de los hijos; con todo, Jeremías le puso un maestro al mayor de ellos; en realidad, el tutor era un campesino que sabía leer, escribir y pocas cosas más. Emanuele tenía, desde muy chico, una asombrosa facilidad de palabra y mucho ingenio; sin embargo, no progresaba a pesar de las lecciones. Jeremías sospechó que algo raro ocurría. Espió las clases que recibía su hijo y vio que el maestro se limitaba a dormir y, cuando se despertaba, le pegaba a su alumno. Los cursos se interrumpieron y Emanuele no estudió nada más hasta los catorce años. Por su agudeza para poner sobrenombres y dar réplicas lo llamaban "el ocurrente ignorante". Pasó el tiempo. El padre, aún joven, se enamoró de una muchacha católica y, para casarse con ella, abjuró de su fe junto con todos sus hijos, y adoptó la cristiana. El obispo de Ceneda, monseñor Lorenzo Da Ponte, procedió a los bautismos y, al mismo tiempo, cedió su apellido a la familia de los conversos. En el curso de un día, Emanuele pasó a llamarse Lorenzo Da Ponte, y su padre, Gaspar. La madrastra, como corresponde en los relatos tradicionales, les hizo comprender a los hijastros que no les tenía simpatía y Lorenzo entendió que, aunque era apenas un adolescente, debía pensar en su futuro. Le pidió entonces a monseñor Da Ponte que lo inscribiera con sus hermanos en el seminario que el sacerdote dirigía. En menos de dos años, los tres muchachos escribían con elegancia en latín. Lorenzo era el que más se destacaba, por lo tanto, el padre resolvió consagrarlo a la Iglesia. El joven Da Ponte era capaz de componer un sermón o más de cincuenta versos en latín, pero no sabía escribir una carta en italiano. Otro prelado, el abate Cagliari se apiadó de esa situación y lo inició en la lectura de Dante y de Petrarca. Pronto el muchacho logró expresarse en el italiano preciosista y retórico de los letrados; además leía todo lo que llegaba a sus manos de los clásicos de la lengua. Se aprendió de memoria El Infierno de Dante y los sonetos de Petrarca. A su vez, comenzó a componer sonetos, que enviaba a las muchachas de las que se enamoraba. Pero la calma de la juventud no estaba hecha para él. Gaspar, el zapatero, perdió la poca fortuna que tenía y cayó en la indigencia. A esa desgracia, se sumó la muerte de monseñor Da Ponte. Lorenzo se había quedado sin protector.

La inteligencia de los hermanos Da Ponte había impresionado a monseñor Ziborghi, otro dignatario de la Iglesia, que se convirtió en el nuevo benefactor de los huérfanos. Ziborghi logró que ingresaran en el seminario de Portogruaro, en 1769. A fines de año, Lorenzo compuso los versos de una cantata en honor de san Luis, que recibió una ovación. Ese pequeño éxito le ganó una cátedra de retórica y la enemistad de muchos compañeros. Para demostrar la versatilidad de su talento, escribió varias poesías en latín y en italiano. En 1763 fue ordenado sacerdote, condición de la que renegó muy pronto: amaba demasiado la buena mesa y, sobre todo, a las mujeres. Un poema en elogio de los perfumes cautivó a quienes les pasó una copia. De nuevo, le hicieron leer un texto (el de los perfumes) en público a fin de año. La obrita se difundió por el Véneto y el renombre de Lorenzo creció, así como el odio de sus rivales. Cansado de las luchas para poder enseñar y ganar lo elemental, el joven cura resolvió abandonar la cátedra e ir a probar suerte a Venecia.

Dicen las Memorias : "En la efervescencia de la edad y de las pasiones, dotado de un físico agradable, arrastrado por la fascinación del ejemplo, me entregué a todas las seducciones del placer y descuidé la literatura y el estudio". Las actividades principales de Lorenzo en Venecia fueron el sexo y el juego en lo que se llamaba il ridotto , una especie de casino. Muchos de los asistentes se cubrían la cara con un antifaz o con una máscara, lo que permitía toda clase de intrigas, confusiones y libertinaje.

La Veneciana

Uno de los golpes de mala suerte de Da Ponte fue caer bajo el hechizo de una especie de bellísima cortesana a la que, en todo su libro, no menciona por su nombre. Para simplificar, baste llamarla la "Veneciana". Ella no le era fiel y tenía un hermano temible que perdía mucho dinero en el ridotto . Lorenzo se enamoró de un modo ciego, caprichoso y dañino. Se volvía loco de celos y, al mismo tiempo, participaba en fiestas y en orgías, a las que ella lo llevaba, y a las que también se acostumbró a ir solo. Lo curioso era que la Veneciana también celaba de un modo terrible al poeta y que podía llegar a ser violenta con él en cuanto sospechaba que había otra mujer de por medio. Una noche en que Da Ponte volvía a su casa después de haber estado con una desconocida (resultó ser la hija de un duque, que huía de una madrastra asesina), la Veneciana lo esperaba con una daga en la mano. Él la desarmó e hicieron las paces de un modo apasionado. Se durmieron, pero en la madrugada Lorenzo comprendió el peligro que corría al lado de su enloquecida amante, se escapó y buscó refugio en casa de la hija del duque. Una anciana le informó que los esbirros de la Inquisición se habían llevado a la muchacha, denunciada por la madrastra como una pecadora.

Dios se lo pague

Poco a poco, Da Ponte se convirtió en un adicto al juego. Había vuelto a vivir con la Veneciana. El hermano de esa terrible mujer, por si fuera poco, le quitaba a Lorenzo el poco dinero del que disponía. Los tres dilapidaban el tiempo y el resto de lo que poseían sentados a las mesas de juego. Una noche en que Lorenzo había ido solo al ridotto , tuvo mala suerte. Dejó de jugar por un momento. A su lado, había un anciano que se había quedado sin un centavo, arruinado. Da Ponte, en un gesto de compasión, le dio unas monedas que le habían quedado. El viejo agradeció, jugó y ganó. Unos días después un hombre, con máscara, le entregó a Lorenzo una tarjeta en el Ponte del Rialto y le dijo que fuera a esa dirección. Lorenzo decidió hacerlo. Llegó a un lujoso palacio. Golpeó. Le abrieron. Entró y llegó a un salón, donde lo recibió un hombre de poco menos de 80 años. Le contó a Lorenzo que era oriundo de Livorno. Su padre había sido un rico comerciante, muerto cuando el hijo tenía 22 años. El muchacho, tras la muerte del padre, había debido dedicarse a los negocios. Como no tenía ninguna experiencia, se había fundido y, al poco tiempo, había resuelto mudarse a Venecia.

Allí, el joven no había tenido más remedio que mendigar. Se dio cuenta de que, viviendo de un modo muy austero, podía ahorrar la mitad de lo que le daban. Resolvió entonces trabajar de mendicante y se hizo rico. El anciano que Da Ponte tenía delante de él había mendigado durante 47 años. En ese lapso, había llevado una doble vida. Había sido pordiosero y rico burgués. Se había casado con una muchacha, 35 años menor que él. Los dos habían tenido una hija, pero la joven esposa murió y el falso mendigo se ocupó de la educación de la niña, Annetta. El anciano le reveló entonces a Da Ponte que el harapiento al que Lorenzo, en el puente de San Jorge, le daba todos los días una moneda como caridad era él, el dueño del palacio donde hablaban. El viejo, que seguía ejerciendo, sabiamente disfrazado, su oficio de mendigo, había vigilado a Da Ponte durante mucho tiempo y había observado que, aun cuando había tenido una mala noche en el ridotto , como a menudo podía deducirse de la expresión de su rostro, jamás dejaba de aliviar la miseria de otros. Había averiguado todo sobre la vida de Lorenzo y llegado a la conclusión de que, por la bondad de su corazón, el poeta merecía ser el esposo de su hija. Durante la visita que le hizo Da Ponte, el viejo le presentó a la muchacha, que resultó ser muy hermosa, distinguida y culta, y el anciano padre le propuso al jugador que le había dado una moneda por día durante meses que se casara con la rica heredera. La oferta era muy tentadora, pero Lorenzo rechazó a la joven porque amaba a la Veneciana.

Da Ponte comprendió bien pronto que había cometido un grave error. Convivir con esa mujer se había hecho imposible. Las escenas de celos y de violencia (ella le pegaba a él) eran incesantes. Por último, Lorenzo resolvió alejarse de la ciudad para no ver más a la cortesana que había anulado su voluntad y que, llevada por el despecho, hasta había urdido una trampa para matarlo.

El exilio

Treviso fue el refugio elegido por Da Ponte. Allí se dedicó a escribir y, sobre todo, a improvisar en casa de los aristócratas y de los burgueses ricos de la ciudad. Le dieron una cátedra importante en el seminario, al igual que a su hermano. A fines del curso, Lorenzó escribió un ensayo sobre el tema "Investigar si el hombre no sería más feliz en el estado de naturaleza que en el seno de las instituciones sociales". Era un asunto muy relacionado con el pensamiento de Rousseau. Los rivales del poeta y los miembros más reaccionarios de la academia lo denunciaron al Senado de Venecia porque difundía ideas contrarias a las creencias de la Iglesia. La asamblea que juzgó a Da Ponte lo condenó a no ejercer nunca más la enseñanza en un colegio, seminario o universidad de los estados de Venecia. Era una pena levísima, porque Lorenzo se ganaba muy bien la vida improvisando cualquier tipo de composición en verso en los palacios de los señores. Lorenzo y su hermano se habían ganado el mote de "improvisadores de Ceneda" entre los nobles.

Las intrigas y los celos contra Lorenzo no cesaron. Un rico mecenas, Memmo, lo presentó al poeta Zaguri y también a Caterino Mazzolà, autor de varios libretos de ópera, que había trabajado en la corte del Elector de Sajonia y también en Viena. Era conocido y apreciado por Salieri, uno de los músicos más admirados y prestigiosos de la época. Además, Zaguri puso en contacto a Lorenzo con el patricio Giorgio Pisani, que pertenecía a una de las grandes familias de Venecia. Pisani, partidario de las ideas de Rousseau, como Lorenzo, puso al "improvisador" bajo su protección. El Senado de Venecia, que desaprobaba todo lo que pensaba Pisani, atacó no sólo al aristócrata, sino también a su poeta, que había escrito versos en defensa del noble. Lorenzo, según cuenta en sus Memorias , fue acusado de haber comido jamón en viernes. ¡Pecado terrible en esa época! También se dijo que había faltado a misa varios domingos. Más allá de la versión de las Memorias , su autor había estado mezclado en episodios confusos de seducción y de embarazo, además de alguna muerte no aclarada por completo. El resultado de todo eso fue una carta de denuncia depositada en la boca del León de San Marcos, como se estilaba, en la que se "revelaba" que Da Ponte había hecho juramentos sacrílegos y cometido adulterio. Recibió la pena de exilio.

El encuentro con Mozart

Da Ponte huyó a Gorizia. Para ganarse el pan, recurrió como siempre a los versos y a la adulación. Por casualidad, el colega de Lorenzo, Carlo Mazzolà, pasó por Gorizia y Da Ponte le pidió que le consiguiera un puesto en Dresde. A la partida de Mazzolà, Lorenzo continuó la rutina habitual de amores, poemas, intrigas y triunfos. Al poco tiempo, recibió una carta de Dresde: su amigo lo llamaba para trabajar en la corte. En realidad, el mensaje (apócrifo) no era de Mazzolà, sino de uno de los adversarios de Da Ponte en Gorizia, que había imitado la letra y el estilo de Mazzolà para desembarazarse de su competidor. Cuando Lorenzo llegó a Dresde y se encontró con su asombrado corresponsal, comprendió la trampa que le habían tendido. Mazzolà se apiadó de Lorenzo y le dijo que lo ayudara a componer, traducir o arreglar dramas para el teatro del Elector. Pero esa situación no podía durar. Da Ponte decidió partir a Viena. Mazzolà, que no había dejado de apreciarlo a pesar de los rumores, le escribió una carta de recomendación para Salieri, uno de los compositores más admirados por el emperador.

Cuando Lorenzo llegó a Viena, se enteró de que José II iba a abrir un nuevo teatro italiano. Le pidió entonces a Salieri que intercediera por él ante el emperador, que lo nombró poeta de los teatros imperiales. Pronto debió escribir su primera ópera precisamente para Salieri. Éste eligió como tema "Rico por un día", una comedia de enredos. Da Ponte se dio cuenta de que no era un asunto con el que pudiera lucirse. Cumplió con el encargo, pero no quedó satisfecho. A partir de ese momento, se vio inmerso en una jungla teatral, donde las intrigas, los celos y las enemistades superaban todo lo que había conocido hasta entonces. Por suerte, el emperador le había tomado simpatía y, a pesar del fracaso de Rico por un día , la ópera de Salieri, le dijo a Da Ponte que esperaba su segundo libreto y le sugirió que escribiera algo para el gran compositor español Vicente Martín y Soler (también llamado, a la italiana, "Martini"). Da Ponte se sintió esperanzado, pero no había contado con el despecho de un rival amoroso (Lorenzo había seducido a decenas de vienesas), que lo envenenó con lavandina. Por fortuna, el poeta no tomó toda la lejía y sobrevivió, pero no pudo trabajar durante casi dos años. La suerte empezó a favorecerlo cuando, por fin, pudo escribir El verdugo de buen corazón , libreto basado en una obra de Goldoni, para Martini. La obra fue un gran éxito. Además, en casa del barón de Wetzlar, riquísimo judío converso y protector de Mozart, pudo conocer al compositor austríaco y trabó con él una excelente relación.

Después del éxito de El verdugo... , Da Ponte le propuso a Mozart poner música a una comedia de Beaumarchais, Las bodas de Figaro . Lorenzo escribiría la adaptación. Poco antes, esa pieza había sido prohibida en el teatro alemán por orden del emperador porque se la consideraba demasiado ligera para un auditorio distinguido. En seis semanas, la música de Mozart y el texto de Lorenzo estaban terminados, contra toda prohibición, y Da Ponte le ofreció la obra al monarca. Éste, según las Memorias , le respondió: "Como usted sabe, Mozart, notable para la música instrumental, nunca escribió para el canto, sólo una vez, y esa excepción no vale gran cosa". A esas alturas, Mozart ya había escrito quince óperas, entre ellas El rapto en el serrallo e Idomeneo . Además, el emperador le recordó a Da Ponte que la obra de Beaumarchais estaba prohibida. El libretista le contestó que, al convertir la comedia en una ópera, había hecho desaparecer todo lo que podía ir contra la moral y el buen gusto. José II llamó entonces a Mozart para que le hiciera escuchar algunos fragmentos, quedó entusiasmado por esos anticipos y autorizó la representación. La ópera se dio a conocer y fue un éxito notable. A continuación, Lorenzo escribió La cosa rara , también titulada Virtud y belleza para Martín y Soler. De nuevo, tuvo un éxito formidable. El emperador le ordenó entonces que sólo escribiera para Martín y Soler, Mozart y Salieri.

De pronto, Lorenzo se vio enfrentado a una circunstancia que no había previsto. Los tres compositores le propusieron escribir sendas óperas. Cuando el emperador se enteró de la coincidencia, le aconsejó a Lorenzo que no aceptara el triple encargo porque iba a fracasar. Da Ponte replicó: "Quizá. Pero lo intentaré. Escribiré para Mozart a la madrugada mientras leo algunas páginas de El Infierno de Dante; por la mañana, para Martini, mientras leo Petrarca; y a la noche para Salieri con la ayuda de Tasso".

Da Ponte se puso a escribir. "Me sentaba delante de mi mesa de trabajo hacia medianoche; una botella de excelente vino de Toaky a mi derecha, mi escritorio delante de mí, una tabaquera llena de tabaco de Sevilla a mi izquierda". Lorenzo escribió doce horas diarias durante varios meses. Así terminó El árbol de Diana , para Martín y Soler; Don Giovanni , para Mozart (63 días), y Tarare , para Salieri.

Don Giovanni se estrenó en Praga en ocasión de la visita de la Gran Duquesa de Toscana. En la ciudad, se encontraba Giacomo Casanova y, por eso, posteriormente, corrió la versión de que éste habría ayudado a Lorenzo a perfeccionar el libreto de la ópera. La repercusión del éxito de Don Giovanni llegó rápidamente a Viena y el emperador hizo llamar a Da Ponte para decirle que quería ver esa ópera lo antes posible. Cuando la obra se dio en Viena, no gustó. Pero José II se dio cuenta de inmediato de que era un capolavoro : "Divina, quizá más hermosa que Las bodas de Figaro , pero no es un bocado para mis vieneses". Da Ponte la hizo interpretar varias veces. Poco a poco, los buenos súbditos de José II se habituaron a saborear el bocado y terminaron por elevar a Don Juan al rango de las obras maestras.

Más tarde, Da Ponte escribió el libreto de otra de las grandes óperas de Mozart, Così fan tutte . El emperador había elegido el tema de la obra, pero no pudo asistir a las representaciones porque ya estaba muy enfermo. Murió sin ver el último de los tres trabajos que realizaron juntos Mozart y Da Ponte. Éste, por otra parte, se había metido en problemas económicos porque había abierto un teatro italiano privado, por suscripción, y en él había dado un importante lugar a una cantante de la que se había enamorado, Gabriella del Bene, apodada la "Ferraresa". La rivalidad entre las artistas, los músicos y los libretistas en el nuevo teatro alcanzó una intensidad absurda que se vio incrementada por la intervención del nuevo emperador, Leopoldo II, que no veía con buenos ojos a Da Ponte. Los enemigos del libretista habían predispuesto al monarca en contra de Lorenzo, y tejido una conspiración que terminó con su carrera en Viena. El empresario-libretista fue intimado a abandonar la capital después de once años de vivir en Austria.

Un librero en Nueva York

Como Leopoldo II había dejado Viena para ir a Trieste, Lorenzo resolvió seguirlo para pedirle justicia. En Trieste, logró tener una entrevista con el soberano y convencerlo de que había sido acusado y condenado injustamente; de todos modos, el rey le dijo que debía dejar pasar un tiempo antes de volver a Viena. El resultado más favorable de esa estadía triestina fue que Da Ponte se enamoró de la hermosa y cultivada Nancy Grahl, hija de un rico comerciante inglés. Contra todo lo previsible, Mr. Grahl dio su consentimiento para que Nancy y Da Ponte se casaran. Lo hicieron el 12 de agosto de 1792.

Lorenzo comprendió que no podía esperar mucho más de Leopoldo II y forjó el proyecto de irse a París, pero antes visitó a Giacomo Casanova, que vivía en el castillo de Dux, donde estaba a cargo de la biblioteca del conde de Waldstein. Casanova le dio tres consejos valiosos: en primer lugar, le dijo que no fuera a París, sino a Londres; que, ya en Londres, no pisara el Café Italiano y, sobre todo, que no firmara ningún papel. Lorenzo, en sus Memorias , se lamenta de no haber seguido esas dos últimas recomendaciones.

En Londres, había un teatro italiano, cuyo propietario se llamaba W. Taylor, que ya contaba con un compositor, Vincenzo Federici, y con un poeta, Badini. Las esperanzas de que hubiera allí un lugar para Da Ponte eran muy pocas. Pero Badini cometió una sucesión de errores y locuras y fue despedido; entonces Taylor contrató a Lorenzo. De a poco, el empresario empezó a mostrar más y más confianza en el "improvisador" y, por último, le entregó prácticamente la dirección artística y la administración de la sala. Pero Taylor fue más allá de lo pensado e involucró a Lorenzo en sus negocios. Firmaba pagarés, cuyo garante era el infortunado Da Ponte, sin chistar. Durante tres años, Lorenzo se sintió el dueño de la temporada italiana de la ciudad. Taylor, para tener conforme a su hombre orquesta y, sobre todo, para mantenerlo en su estado de temeraria inocencia, lo envió a Italia en busca de nuevos cantantes y le dijo que se distrajera un poco y volviera a ver a su familia en Ceneda.

No importaba adonde fuera Lorenzo, los problemas lo perseguían o quizás él corría detrás de ellos. Tuvo todo tipo de dificultades en Italia. En Venecia, adonde se le permitió volver, cometió una grave imprudencia: por defender a una mujer a la que el marido no sólo pegaba sino que había planeado matar, se vio envuelto en un enredo que casi le valió la cárcel. Debió huir una vez más de Venecia y emprendió el regreso a Inglaterra.

Cuando, por fin, Da Ponte regresó a Londres, a "su" teatro, los guardias del rey lo arrestaron por deudas (los pagarés de Taylor). Sus amigos y familiares pagaron una caución y fue puesto en libertad, pero después volvieron a arrestarlo por otro pagaré; lo liberaron de nuevo y de nuevo lo detuvieron. En el lapso de tres meses, fue treinta veces a prisión y treinta veces logró salir. Se declaró en bancarrota.

Comenzó entonces una nueva etapa en la vida del libretista. Para ganarse la vida, con el poco dinero que conservaba, abrió una librería italiana en Londres. Con muy buen criterio, fue adquiriendo libros y creando un público para su comercio. Entusiasmado, quiso abrir un local más grande y se endeudó. Incapaz de equilibrar su economía y de alejarse de las complicaciones, en poco tiempo alcanzó un récord: se enteró de que había once órdenes de arresto en su contra, por pagarés antiguos (de Taylor) y nuevos (de Lorenzo) impagos. No tuvo más remedio que escapar con su mujer y sus hijos a Estados Unidos, donde vivían su cuñada y sus suegros.

Da Ponte desembarcó en Filadelfia el 4 de junio de 1805 y se estableció con los suyos en Nueva York. Por consejo del padre de Nancy, abrió una especie de almacén y de taberna, donde vendía té, tabaco y gin, entre otras cosas. Todo fue muy bien al principio hasta que se desencadenó una epidemia de fiebre amarilla. Los Da Ponte se mudaron entonces a Elizabethtown, una pequeña población donde compraron una propiedad. Lorenzo inició otro negocio, pero no funcionó, de modo que regresó otra vez a Nueva York. Tenía sesenta años. Se le ocurrió recurrir al mismo recurso que le había dado buenos resultados en Londres. Abrió una librería de libros italianos en Broadway y dio clases de literatura en ese idioma con mucho éxito.

Apenas alcanzada cierta bonanza, Lorenzo, con su intacta vocación para el desastre, quiso hacerse de más dinero y se asoció a un destilador de licores. De inmediato, empezaron los problemas. Pero esta vez, Da Ponte prefirió alejarse de Nueva York y de la incertidumbre. Se refugió en Sunbury, donde también vivía su cuñada y abrió un comercio de drogas farmacéuticas. Volvió a dar clases de italiano y también instaló una destilería donde se fabricaba aguardiente de excelente calidad. La prosperidad llegó otra vez. Pero Da Ponte se accidentó y debió dejar la administración de sus negocios a un hombre, en apariencia confiable, que lo arruinó. Vendió lo poco que le quedaba y, después de muchas peripecias, regresó a Nueva York. Pudo alquilar una casita, amueblarla y ocuparse de la educación de sus dos hijos, Lorenzo y Carlos. Además, inauguró una librería y enseñó italiano de nuevo. Su actividad como docente y pionero de la difusión de la cultura italiana recibió un gran reconocimiento. Se publicaron artículos sobre él y su trabajo en revistas académicas. En 1827, escribió Historia de la literatura italiana en Nueva York , donde contaba de qué medios se había valido para elevar un "glorioso monumento" a las letras de su patria en América.

Las Memorias se cierran en el mes de octubre, cuando los alumnos y amigos de Lorenzo están por abandonar el campo para retomar los negocios o los estudios en la ciudad. El libretista escribe: "Espero que mis clases se reanudarán con éxito y que mi comercio florecerá: tengo como garantía la benevolencia y la generosidad de los que conozco. Termino este volumen con esa dulce esperanza". Esa frase final es del 14 de septiembre de 1830. Da Ponte murió el 17 de agosto de 1838, casi medio siglo después de Mozart.

© LA NACION

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