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Pequeñas lecciones del jardín de bits

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LA NACION
Viernes 09 de julio de 2010
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Queriéndolo o no, el lector Mario Moscardi (ver Feedback, página 6) hizo blanco sobre una de las cuestiones más irritantes de la tecnología digital: ¿hay forma de asegurarnos que los datos almacenados se preserven durante, al menos, tanto tiempo como cuando usábamos papel?

La respuesta simple es: no, no podemos tener esa certeza. ¿Por qué? Porque ningún soporte tecnológico ha superado la prueba de los siglos, como el papel. No ha pasado todavía tiempo suficiente.

Pero las respuestas simples suelen ser engañosas. Y en más de un sentido.

Primero, no todas las formas de papel ni todas las tintas son igual de duraderas. Los más modernos se degradan mucho más rápido que los más antiguos, por ejemplo. Por añadidura, sólo se requiere de un fósforo para enmudecer una biblioteca.

Segundo, ¿quién dijo que no se pueden almacenar datos digitales en hojas de papel? Prepárese para una sorpresa más adelante en esta nota.

Tercero, la duración de un archivo no depende exclusivamente del soporte que se utilice; el gran dramaturgo griego Sófocles vendrá a darnos una mano con esto.

Cuarto, ¿no estaremos sobrestimando un poco esto de perdurar? Me parece que sí. Volveré sobre el asunto enseguida.

Por último: las computadoras a costos ridículamente bajos (en comparación con 30 años atrás) están cambiando todo lo que conocemos. Eso incluye el concepto de archivar . Durante siglos fue algo más o menos estático, sobre todo en el nivel hogareño, del tipo fire and forget . Ya no más. Ahora los datos son como las mascotas: si querés tener una tenés que estar dispuesto a ocuparte de ella a diario.

El juez entrópico

La primera parte de este cuestionario es, con todo y su sencillez, irrefutable. Aun cuando se pueden simular condiciones de desgaste para calcular cuánto durarán los medios de almacenamiento digitales, otras variables no están a la mano. Es lo que tiene de bueno y de malo el tiempo. Como decía mi bisabuela: El tiempo no enreda con nadie , y señalaba el reloj de pared.

No se trata solamente de que el CD, la cinta o el disco externo duren, digamos, cien años (lo que es bastante poco probable), sino también de que los formatos de archivo todavía puedan leerse con las plataformas existentes entonces. Por desgracia, también hay que poner en tela de juicio que esto vaya a ser así, por lo menos a costos razonables para el usuario doméstico. ¿Olvidó pasar algunos documentos de los diskettes a CD o a una llave de memoria? Si tiene suerte encontrará todavía una computadora con una diskettera que funcione. En otros 20 años, sinceramente, lo dudo. Si la encuentra, seguramente no será gratis. Por no mencionar el que es casi seguro que gran parte de los bits se hayan echado a perder.

Admitámoslo, tenemos más capacidad de almacenamiento, pero estos datos son mucho más frágiles que antes, y en varios sentidos: soporte físico, sistema operativo, software de aplicación, lectores de dispositivo, algoritmos de encriptación. Cuando voto a favor de los formatos abiertos no es por capricho o unas líneas de febrícula romántica. Los estándares y formatos abiertos garantizan un poco más la perduración de los documentos.

Papelbits

Almacenar datos de computadora en papel no sólo es posible, es también algo bastante viejo. En 2006 un estudiante hindú, Sainul Abideen, reflotó y actualizó la idea al demostrar una tecnología llamada Rainbow Storage , capaz de almacenar datos binarios en hojas de papel usando puntos y figuras geométricas en color. Los números que se difundieron al principio (hasta 256 GB en una hoja A4) eran simplemente ridículos, al menos con la resolución de las impresoras y los scanners actuales. De hecho, se acusó al desarrollo de ser tan sólo un hoax . Abideen salió a defender su invento diciendo que se había malinterpretado su demostración. Hoy todos los sitios de origen del Rainbow Storage (la página personal de Abideen, por ejemplo) ya no están en línea.

Sin embargo, en la práctica, no existe ningún impedimento para almacenar bits en papel. Las tarjetas perforadas y las cintas de papel son casos clásicos. Los códigos de barras son ejemplos cotidianos. El problema está en la limitada capacidad de almacenamiento que podemos extraer imprimiendo y escaneando, y en que conceptualmente es un callejón sin salida. A 500 KB por cada hoja A4, el backup de un disco rígido de 250 GB tendría casi la altura del Obelisco.

Ahora, ¿de dónde saco este valor de 500 KB? Aquí va la sorpresa prometida: encontré un programa que sirve para guardar bits en papel. Es gratis (obvio), se llama PaperBack ( www.ollydbg.de/Paperbak/index.html ), y requiere una impresora de 600 dpi y un scanner de por lo menos 900 dpi de resolución óptica. Su creador promete una capacidad mucho más razonable que la de Rainbow Storage : 500 KB en una carilla A4. También afirma que es una broma, quizás en el sentido de que guardar bits en papel es algo descabellado en la actualidad, quizá porque no funciona en absoluto. No queda claro, aunque un rápido vistazo al código fuente indica que el hombre se tomó el trabajo de crear un software que realmente guarda bits como puntos en papel.

Lo probé de muchas formas, para esclarecer este asunto, pero no hubo forma de recuperar los datos a partir de la hoja impresa con los diminutos patrones de puntos. Lo que nos lleva al siguiente problema.

Saquen una hoja

Lo he dicho unas 25 millones de veces (este valor es aproximado): el asunto no es el papel. Tenemos la capacidad de almacenar información en papel desde hace más de 50 siglos. Es una tecnología tan extraordinaria que todavía dependemos de ella, pese a su increíble edad. ¿Por qué?

Porque el papel es una tecnología que se contiene en sí misma. Cuando hablamos de textos y fotos impresos, ¿quién hace las veces del hardware y software que interpretan ese material? ¡Nosotros! No hay baterías, sistema operativo, formatos propietarios, código fuente, dispositivos lectores ni drivers de video para la pantalla. El único obstáculo que podemos encontrar es que esté en un idioma que no conocemos, pero ése no es un problema inherente a la tecnología del papel impreso, porque da lo mismo escribir en español que en chino. Con las fotos, por ejemplo, no se necesita traducción.

Pero hay algo más: como somos seres de una complejidad inconcebible, podemos decodificar páginas en pésimo estado de conservación, con poca luz, mientras nos encontramos en movimiento, con los ojos arrasados por las lágrimas, y podemos hacerlo incluso cuando falten caracteres. Las máquinas no son capaces de esta fabulosa flexibilidad.

Por eso, aun si pudiéramos desarrollar una forma más o menos confiable y práctica de usar papel para almacenar bits, el archivo no sólo sería tanto o más de fácil de corromper que uno en CD, memoria flash o disco duro, porque los papelbits se degradarían con sólo arrugar un poco las hojas, sino que volveríamos al problema inicial: necesitaríamos un conjunto de tecnologías, por definición perecederas, para decodificar esa información.

Deberíamos empezar a tomar conciencia de que el papel no es la solución a los problemas inherentes al almacenamiento digital. No, al menos, el papel tal como lo conocemos hoy. En el futuro quizá se desarrolle el papel basado en nanomáquinas que podría ofrecer lo mejor de los dos mundos.

No todavía.

Sófocles Seven

También tendemos, me parece, a sobrevaluar la perduración. Uno de los dos más grandes dramaturgos griegos, Sófocles, compuso 123 obras. Conocemos, de forma completa, 7. Y unas 24 más de manera fragmentaria. ¿Qué pasó? Tenían medios supuestamente muy duraderos para guardar datos. ¿Qué le ocurrió al 94% de los trabajos de uno de los mayores genios de la literatura universal?

Bueno, es muy probable que no fueran tan geniales como Edipo rey y Antígona . ¿Y cómo sabemos eso? Porque en la Atenas del siglo V antes de Cristo las obras competían en concursos para salir a escena. Eran una cuestión de Estado en aquella sociedad sin televisión, radio, cine ni libros. Sófocles participó, que sepamos, de 30 concursos. Ganó unos 24. Fue un innovador y su fama en la Grecia clásica era inmensa. De sus obras más populares se hacían copias para representarlas en cada ciudad que tuviera un teatro. Las más catárticas, las que hoy llamaríamos entretenidas , llegaron hasta nosotros no porque el papiro fuera perdurable, sino por el principio de redundancia: existían muchas copias. Cuando el original se quemaba o se destruía en un naufragio, había otro ejemplar. Más copias, más posteridad.

Dos lecciones nos da, todavía hoy, el caso Sófocles. Primero, no todo merece perpetuarse. La biografía fotográfica entera de mi familia se reduce a no mucho más de 500 hojas de papel en dos cajas.

Con medios digitales sólo en mi último viaje saqué más de 2000 imágenes ( www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1254568 ). La gran mayoría no resistirá el juicio del tiempo. Ninguna, casi con certeza. Así que, sinceramente, me conformo con que duren unas cuantas décadas.

La segunda lección es que una de las claves para que los datos digitales no se pierdan a causa de alguna de sus muchas debilidades es multiplicar las copias.

El cuidador de bits

Como muchas otras cosas, la idea de archivar y olvidarse es obsoleta. La caja de cartón con las fotos, los discos de vinilo repujado y las cartas en papel han pasado a la historia. Hoy tenemos MP3, mails y JPG. Bits y sólo bits.

Por eso, mientras sigamos pensando el concepto de guardar como lo hicimos hasta ahora, seguiremos llegando a la ominosa conclusión de que todo está perdido.

Almacenar datos hoy significa mantenerlos vivos. Hacer varias copias de respaldo en medios actuales (otrora, diskettes; hoy, discos externos o DVD), actualizar esos medios cuando cambie el viento técnico, verificar la integridad de la información regularmente, elegir el formato adecuado para que en el próximo lustro nuestros documentos no se conviertan en obsoletos.

Mucho de esto puede automatizarse, pero seguro tendremos que migrar a otro formato y otro soporte varias veces en el curso de la vida de ese archivo (y la nuestra). Es una regla de juego inevitable de estas tecnologías que mejoran sus prestaciones varias veces por mes.

El futuro quizá nos devuelva un método menos trabajoso, pero por ahora la información digital es un jardín de historias personales que debemos cuidar amorosamente.

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