Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

La felicidad es una cápsula esquiva

Mori Ponsowy Para LA NACION

Miércoles 14 de julio de 2010
0

En 1886, cuando Emily Dickinson murió, los obituarios resaltaron sobre todo su gran talento como jardinera. Pero unos días después, su hermana Lavinia encontró en su escritorio más de ochocientos poemas, cosidos en ordenados paquetes y, a partir de entonces, su fama fue creciendo, no ya como jardinera sino como poeta. Hoy es considerada una de las grandes escritoras del siglo XIX.

Dickinson se ocupaba de noche, siempre vestida de blanco, arrodillada sobre una manta roja, e iluminando el jardín con una lámpara de aceite. Su introversión la llevó a huir de la presencia de todas las personas que no pertenecieran a su familia. Mantenía contacto con sus pocos amigos por carta y, si acaso alguno iba a visitarla, ella sólo consentía conversar desde el otro lado de una puerta. Con frecuencia, se disculpaba por su ausencia enviando pequeños obsequios: flores, poemas. En 1862, en una carta a Thomas Wentworth, escribió: "Me pregunta por mis compañeros. Las Colinas - señor - y la Puesta del Sol - y un Perro - tan grande como yo, que me regaló mi padre - Son mejores que otros Seres -porque saben - pero no dicen".

Me pregunto si ahora, a principios del siglo XXI, hay artistas con el estilo de vida de Dickinson y, más aún, si sus familiares los dejarían llevar una cotidianeidad de esas características, sin instarlos u obligarlos a someterse a algún tratamiento. ¿Para qué disponemos de tanta psicología, psicoanálisis y psiquiatría, si no para aliviar a los inadaptados? No lo digo con ironía, sino con perplejidad: si lo único que somos es un cortísimo espacio de tiempo entre dos nadas, ¿por qué no vivir de la manera más plena y más feliz posible? ¿Acaso ocuparse de las plantas de noche y hablar a través de una puerta pueden traer felicidad?

Se estima que hoy el 10% de la población norteamericana toma antidepresivos, el doble que hace diez años. Más de la mitad lo hace no tanto por enfermedades graves, sino por malestares con los que podrían seguir funcionando socialmente, aunque quizá con más contratiempos y menos felicidad. Muchos empezaron a tomarlos tras visitar a un médico y pedir, explícitamente, que les recetaran algo para enfrentar con más entereza las presiones del trabajo, para tener un mayor nivel de energía o, incluso, para escapar de relaciones masoquistas y recuperar la autoestima.

En el libro Listening to Prozac , el psiquiatra Peter D. Kramer habla sobre los asombrosos cambios que la fluoxetina (el ingrediente activo del antidepresivo Prozac) ocasionó en muchos de sus pacientes. "Sam no sólo se recuperó de su depresión, -escribe-, sino que me dijo que se sentía más vital, menos pesimista. Podía terminar sus proyectos en el primer borrador. Su memoria era más confiable, su concentración más aguda." Hasta entonces, Kramer estaba acostumbrado a ver cambiar las personalidades de sus pacientes lentamente, a través de un largo y, muchas veces, doloroso proceso psicoterapéutico. Con la fluoxetina el cambio ocurría en cuestión de semanas. "La medicación actuaba como la interpretación en la psicoterapia: daba una nueva perspectiva a los pacientes sobre sus vidas." Muchos se vieron liberados de viejas obsesiones; empezaron a sentirse dueños de sus destinos; el presente y el futuro dejaron de ser tinieblas. "Esta soy yo," le dijo una paciente, con una sonrisa y sin el menor asomo de duda. Un mes antes, era incapaz de sonreír. Era como si la fluoxetina la hubiera ayudado a mudar la piel melancólica que la cubrió durante años. Pero, entonces, ¿quién había sido ella antes de estar medicada? ¿Qué responsabilidad tenía por haberse sometido a una interminable serie de hombres que la maltrataban? ¿Por qué estaba segura de que su yo verdadero era el que se manifestaba ahora y no el de todos los años anteriores? Y, sobre todo: ¿la medicina la había curado de una enfermedad o, acaso, la había convertido en otra persona?

Por desconcertantes que sean estas preguntas, no lo son más que tantas otras originadas por la nueva generación de psicofármacos. Se trata de interrogantes que tienen que ver no sólo con el origen y la formación del carácter, sino también con el modo en que diversas culturas pueden hacer más felices y exitosas a distintas tipologías humanas. En los poblados rurales de Grecia, todavía se considera normal que la tristeza por la muerte de un ser querido dure alrededor de cinco años; entre nosotros, más de un año de dolor puede ser señal de que algo anda mal, de que convendría una visita médica y, probablemente, alguna medicación. En el siglo XIX y hasta principios del XX, la melancolía era bien vista. Ahí están el joven Werther, de Goethe, y tantos personajes de Dostoievski y Proust para demostrarlo.

El mundo de hoy parece estar en manos de los extrovertidos. La alegría, la fama y el éxito social son los valores más altos. No hace falta que nos lo digan padres o maestros: los valores están en el aire y se interiorizan por pura ósmosis. Tal vez el auge en las ventas de antidepresivos sea en parte una consecuencia de todo esto. La televisión, la música, los reality shows y el cine suelen dejar de lado a las personas calladas y poco pretenciosas. La mayoría de los líderes empresariales y políticos son optimistas, carismáticos, enérgicos, seguros de sí mismos. En muchos trabajos, el autobombo es recompensado más que la eficiencia silenciosa. No hace falta ser Emily Dickinson para sentirse fuera de lugar en un mundo así.

La diferencia entre estos valores y los de hace unas décadas se hace patente si comparamos lo que se esperaba de las mujeres en los sesenta y lo que se espera ahora. "Mamá necesita algo que la calme/ y aunque no está realmente enferma/ hay una pequeña pastilla amarilla?", decía una canción de los Rolling Stones llamada Mother´ s Little Helper. Se refería al Valium. Tranquilizantes, en vez de estimulantes. En efecto, lo que se esperaba entonces de las mujeres era dedicación al hogar, al marido y a los hijos. Hoy se espera -y nosotras esperamos de nosotras mismas- ser tan competitivas como ellos en el mundo laboral. Por eso al Prozac también se lo ha caracterizado como una droga feminista.

¿Cómo debe responder un psiquiatra cuando una empresaria acude preocupada por su falta de vigor y poder de decisión? "Habiendo visto cuán mal les iba a mis pacientes cuando eran cautelosos e inhibidos y cómo florecían una vez que la medicación los hacía confiados y más agresivos, ¿quién era yo para negarles la gratificación de la ciencia?", se pregunta Kramer. La respuesta a esa pregunta es obviamente afirmativa sólo si damos por sentado que la felicidad y el éxito social son los valores más altos, y que, por tanto, la cavilación y el pudor son desvalores. En muchas ocasiones en que se recetan psicofármacos para casos que no son verdaderamente severos, lo que se hace es permitir que una persona sea feliz adecuándose a los valores contemporáneos. Negarse a medicar por un prurito moral de esa índole, ¿no equivaldría a valorar románticamente la personalidad introvertida como superior a la sanguínea? ¿Qué diferencia hay entre aceptar ayuda química para modificar algunos rasgos de la personalidad y someterse a una cirugía estética para lucir más atractivos?

Las respuestas de psicoanalistas y psiquiatras difieren tremendamente en relación con estas preguntas. Unos dicen que la depresión tiene su origen en la historia de vida y no en la neuroquímica cerebral. Argumentan que muchos logros de la humanidad se deben a la creatividad de personalidades insatisfechas. Los otros responden diciendo que muchas interpretaciones psicoanalíticas son hipercríticas y poco generosas, y que reconocer lo animal y biológico que hay en nosotros también es una prueba de humildad.

Los psicofármacos pueden ser considerados como una versión más invasiva y cuestionable que la cirugía estética, pero, también, como una opción generosa para aliviar el sufrimiento de quienes no se pueden adaptar fácilmente al mundo contemporáneo. "Cuando uno ha visto la felicidad en el rostro de los pacientes -afirma Kramer-, lo único que le queda es estar agradecido a la farmacología moderna."

Tal vez no haya una respuesta unívoca y verdadera a todo esto. Los prejuicios y la visión personal sobre la vieja pregunta de para qué estamos aquí señalarán la postura de cada uno en relación con estas cuestiones. Respetar la decisión de cada persona, saber, pero no juzgar, eso que Dickinson amaba en sus perros, podría ser la decisión más justa y compasiva.

© LA NACION

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas