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Los riesgos de la intimidad electrónica

Daniel Collico Savio Para LA NACION

Miércoles 14 de julio de 2010
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Hace unos diez años, Alfons Cornella creó el término "infoxicación" para referirse a la fascinación por la información excesiva -y a menudo inútil-, y a los efectos de su prescindencia. Mucha información generaba ansiedad en momentos en que sólo había navegación de sitios web, e-mail y foros. Pero, incluso antes, en años de chats y juegos de rol en pantallas oscuras, otros académicos habían señalando efectos impensados en ese nuevo mundo bidimensional de la pantalla. "La tecnología no sólo afecta lo que hacemos, sino la manera en que pensamos", decía la experta Sherry Turkle. Ni Turkle ni Cornella preveían que las redes sociales ( blogs , wikis , Facebook, Twitter) provocarían un aumento exponencial en la cantidad y en las formas de las comunicaciones entre individuos. Y que esto afectaría a los propios individuos y a las organizaciones.

Todos hemos leído acerca de cuán útil puede ser la Web 2.0 respecto a conocimientos (Wikipedia, blogs ), eventos y noticias (Twitter) o vinculación social (Facebook). Pero hay un punto en el que el individuo no posee los filtros cognitivos o tecnológicos para hacer frente a la diversidad y a la cantidad de estímulos. Me remito a mi propio trabajo: suelo abrir unas diez o quince aplicaciones en forma simultánea, y dos o tres de ellas ( e-mail , MSN, Skype) son para comunicarme. Me digo que éste es mi ecosistema, mi caos creativo. "Ese caos creativo existe -me ha confirmado Manuel Castells-. Al conectar ámbitos diversos, la gente es más creativa. Pero en el trabajo, esa gente no cumple sus compromisos y se vuelve impredecible." Linda Stone va más allá y se refiere a la "atención parcial continua" que experimentan quienes pasan demasiadas horas frente al monitor y a las crecientes dificultades de concentración.

Hay dos fenómenos bastante más recientes. El primero es la aceptación indiscriminada de contactos en todas las redes sociales. Danah Boyd hace una lista sobre posibles motivos y deja para el final lo obvio: es más fácil decir sí que decir no. La aceptación indiscriminada y el mal uso de filtros provocan innumerables gaffes en medios sociales. Un ejemplo de la vida real: un empleado acepta invitaciones a Facebook indiscriminadamente, entre ellas la de su gerente de recursos humanos, que lo descubre como ávido jugador de aplicaciones del sitio durante horas de trabajo. El "muro" de Facebook lo ha delatado al diluir un límite: el que separa el ámbito personal del profesional.

El otro fenómeno es un exhibicionismo a toda prueba. Hay quienes suben a Facebook cientos de fotos de sus vacaciones, mientras otros ventilan los vaivenes de su estado de ánimo en Twitter. El concepto de James Surowiecki acerca de la "sabiduría de multitudes" podría debilitarse si las nuevas camadas de internautas no diferencian un contacto de un amigo o eligen divulgar los más nimios hechos de su vida. La privacidad, parece, se reduce a cero.

Vamos más allá. Si a la inmediatez y a la gratuidad de la Web 2.0 le faltaba un combustible para avivar el fuego, ése es la movilidad. Hoy con los celulares se accede a las redes sociales tal como con la PC. En la pantalla del celular, pueden aparecer dónde están nuestros contactos (FourSquare) e incluso un color que identifica su estado de ánimo (Glow). Me detengo en ese exceso de espontaneidad: ¿por qué alguien debería comunicar al universo en cada momento su estado de ánimo?

Vuelvo al comienzo. Aceptemos la "infoxicación", la necesidad de estar conectados, pero ¿cómo llamaremos al géiser de espontaneidad hecha de declaraciones irrelevantes en Twitter, o al exceso de fotos en Flickr o en el mismo Facebook? Tal vez haya ya otro neologismo que merezca acuñarse.

Sin embargo, estas novedades no son tales. Hace años, la gente se alarmaba con la dureza de algunos correos electrónicos. El texto, desprovisto de la moderación que aportan los gestos en una conversación, muchas veces puede transmitir una dureza y hasta una violencia que el emisor no ha tenido en cuenta. Con las redes sociales ocurre lo mismo: la necesidad de expresarse les ganó por mucho a las posibilidades tecnológicas de filtrar perfiles o incluso a la mera sensatez. Supongo que las normas de etiqueta en estas redes emergerán luego de algunos años de uso, tras mucha prueba y error. Mientras tanto habrá conflictos y disgustos para algunos, aunque la mayoría parezca estar disfrutando de este exceso de intimidad electrónica.

Imagino una vuelta de tuerca. Creo que en el futuro estará bien visto un comportamiento online más sosegado, con gente que elija comunicarse más esporádicamente y mejor a través de e-mails precisos o tweets relevantes, ambos con vínculos a datos precisos que el lector pueda explorar luego con libertad. Hasta en la red profesional LinkedIn ya se alienta con tono espartano a los usuarios a tener "pocos contactos fiables", en contraste con el orgullo equivocado de quienes proclaman tener "más de mil contactos". © LA NACION

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