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Una estatua para el piropo

Viernes 16 de julio de 2010
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Mi propuesta de la semana pasada de construir una estatua a Juan Cabandié, el diputado kirchnerista porteño que a su vez había propuesto una estatua para Diego Maradona, ha suscitado, debo reconocer, una abrumadora ola de críticas. Por e-mail , por teléfono, por carta y en Twitter -gracias a Dios, no estoy en Facebook- he recibido reacciones indignadas de gente de todo el país, e incluso de otros países y de otras galaxias. Pero, para mi sorpresa, no es que esa gente, iracunda en su mayor parte, no estuviese de acuerdo con que Cabandié merece un mármol por tan iluminada iniciativa, sino que me hicieron saber que en la fila de los estatuables hay prohombres (y promujeres, o como se diga) con méritos muy superiores.

A estas alturas, no es que yo no siga creyendo en las virtudes cívicas de mi elegido, pero tengo que admitir que quizá me entusiasmé en exceso y que hay muchos otros argentinos con una trayectoria más aquilatada. El cúmulo de mensajes recibidos me lo dice claramente: "Señor, usted se apresuró".

Puede ser. De hecho, las sugerencias que me vienen llegando desde entonces me resultan más que razonables. Pero en ese amplio abanico de nombres hay uno que se repite una y otra vez. Es el de un dirigente político en el que yo francamente no había reparado. Imperdonable: ahora sé que ya tiene un lugar en la historia, y que esa historia se volverá contra nosotros si no le damos su justo reconocimiento.

Sin más preámbulos, me he encontrado con un consenso nacional y popular acerca de que mucho antes que Cabandié debería tener su estatua el diputado macrista porteño Enzo Pagani, autor del proyecto para que la ciudad de Buenos Aires tenga su Día del Piropo.

Pagani ha tenido la gentileza y la generosidad de explicar que el piropo "ha formado parte de la cultura popular tanto en el pasado como en el presente", y que constituye "una de las manifestaciones materiales, artísticas y espirituales transmitidas y creadas por el pueblo". Hablo de gentileza y generosidad de Pagani porque realmente no hacía falta decir nada: la propuesta se justifica por sí sola.

Según recogieron las crónicas del día en que fue presentada en una comisión de la Legislatura, hubo risas entre sus miembros y un diputado ibarrista, Eduardo Epszteyn, hasta se burló de ella. Ya lo sabemos: siempre hay gente dispuesta a poner palos en la rueda cuando del progreso se trata. Siempre hay gente que les da la espalda a la cultura popular y a las manifestaciones más genuinas de la argentinidad. Siempre hay gente insensible que opina que el tránsito en la ciudad, la contaminación o la prostitución infantil son más importantes que el piropo. Claro, aquellos tópicos tienen buena prensa y aparecen en todas las encuestas, mientras que el humilde piropo nunca va a figurar en la tapa de los diarios.

¿Cuántos congresos, seminarios o libros se dedican al piropo? ¡Ninguno! El piropo estaba oculto en el desván de los tiempos hasta que la providencia quiso que un sencillo diputado del que hasta entonces no sabíamos casi nada viniera en su rescate. El día de mañana, cuando el piropo prolifere y sea motivo de tratados sociológicos, inspire tesis doctorales, les dé nombre a cátedras y adquiera el rango de patrimonio de la humanidad, ese oscuro diputado macrista habrá sido por fin reivindicado. Hasta podemos imaginarnos que habrá un sitio www.piropos.com con millones de visitantes del mundo entero, que la Legislatura porteña se convertirá en una atracción para turistas que querrán conocer el magno recinto donde se aprobó el proyecto y que los futuros códigos regularán la institución del piropo para preservar su frescura y pureza.

Pero hoy, en el peor momento de las risitas burlonas con que fue recibida la propuesta en la comisión, por fortuna Pagani no está solo. María América González (Proyecto Sur) y Claudio Pressman (UCR) también firmaron la iniciativa, que, según parece, tiene buenas posibilidades de ser aprobada en los próximos días. Si, finalmente, prospera la idea -ya he dicho que no es mía, sino de los lectores- de elevar a un altar ciudadano al ingenioso y esforzado Pagani, sus cofirmantes González y Pressman deberían tener también su lugar, al menos en una placa de bronce puesta al pie del monumento. ¿Cómo no darles su premio a quienes han tenido la entereza de rubricar tan audaz propuesta?

Insisto: no hace falta que Pagani explique nada, porque todo está clarísimo, pero él igual se apiada de nuestra ignorancia y dice: "El piropo es una costumbre que estaba arraigada entre nuestros padres y abuelos. Por eso, en el proyecto se establece que será la Subsecretaría de la Tercera Edad del gobierno de la ciudad la que tendrá que organizar, cada 15 de junio [el día que él propone], actividades en los hogares de ancianos para festejar el Día del Piropo".

¿Cómo celebrar ese día entre señores y señoras mayores? Por ejemplo, se podría colocar una piñata en el techo y hacerla estallar para que cayera, sobre todos ellos, una lluvia de piropos: de los nuevos, de los viejos, de los de siempre. Porque para el piropo, gracias a Dios, no hay edad. El verbo "piropear" no se le niega a nadie.

¿Dónde ubicar la estatua de don Enzo Pagani? No es fácil, realmente: ¡todas las plazas del país y las grandes esquinas deberían tenerla! Todas. No es una broma. En serio. Es un piropo. © LA NACION

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